Treinta años sin Fernando Múgica

Abc.es 
La mayoría de quienes lean estas líneas no conocieron a Fernando Múgica Herzog, y quienes hayan tenido noticia suya sabrán más acerca de su muerte que de su vida. Y esto es profundamente injusto, porque el asesinato de Fernando es un acto vil, cruel, despiadado e infame, que reduce a sus autores a la más ínfima condición humana, pero que no engrandece la trayectoria vital de Poto, ya lo suficientemente inmensa y brillante –como amigo, jurista, escritor, polemista– sino que la cercena y nos priva de la continuidad en el disfrute de su compañía. Malditos sean mil veces sus asesinos. No seré yo quien les dé ni un segundo de gloria en el recuerdo de sus nombres, cuya asociación al de Fernando sería obscena, como en el caso de cualquier otro asesino en serie que busca parasitar la vida de su víctima. Para quienes no lo conocieron, hay que recordar que Fernando era un hombre de Ley y de leyes. Un hombre de Ley, en el sentido tradicional castellano (lo escribo con toda la intención para aquellos para quienes este gentilicio es un insulto, aún hoy en el siglo XXI, en mi tierra vasca). Era, pues, un hombre honrado, franco, de palabra y de bien. Comprometido con la verdad, la justicia y los derechos humanos, en la más pura tradición de la Revolución Francesa, que tan bien había estudiado y tanto admiraba, por más que yo le provocara reivindicando la Gloriosa de un siglo antes, en esa polémica entre su francofilia y mi anglofilia, una de tantas que disfrutábamos cultivando. Fernando comprendía y explicaba a quien le quisiera oír –siendo en eso un pionero– que la democracia era condición necesaria, pero no suficiente, para la existencia y garantía de la libertad, que no era posible sin lo que en España venimos denominando el Estado de derecho. Fernando era, además, uno de los más brillantes juristas que he conocido, junto con mi también admirado José María Cervello, con quien compartía virtudes socráticas. Fernando era un jurista de estrados, brillante orador, tan rápido improvisador de una conclusión oral como calmado redactor de una calificación escrita. Hábil interrogador, osado en la lid con el tribunal, respetuoso en la forma pero vehemente y beligerante en el fondo. Fue un auténtico litigador, esgrimista de tribunal, en el extremo opuesto de los picapleitos miserables y de los engolados leguleyos. Era Fernando además un hombre de letras, un humanista cultivado, pero con permanente sed de conocimiento. Fue un maestro que me enseñó, más por sus actos que por sus palabras, a amar y defender la libertad y a conocer y practicar el Derecho como la más poderosa arma para la defensa de aquella. Hoy no conmemoramos un asesinato, sino que celebramos una vida hasta el segundo anterior a que fue vil y cobardemente truncada. Fernando no necesitaba dar su vida por la libertad; ya se la había ganado con creces. No merecía morir, de igual manera que sus asesinos no merecen haber nacido. Juan Carlos Olarra. Madrid

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