La amnistía de Txeroki
La más que previsible salida de la cárcel de quien fue jefe de ETA, Garikoitz Aspiazu 'Txeroki', beneficiado por un tercer grado encubierto, concedido por el Gobierno vasco, es un símbolo doloroso del manto de olvido extendido sobre la historia de la barbarie de ETA, de la impunidad que vive la izquierda abertzale y de las maniobras para sacar terroristas de prisión que ha posibilitado el Gobierno de Pedro Sánchez con tal de mantenerse en el poder. La amnesia intencionada se ha apoderado del 'relato' sobre el terror de ETA para así borrar la historia, gracias al pacto del sanchismo con los herederos y los verdugos que la protagonizaron. Son evidentes los esfuerzos por blanquear, contextualizar y, en definitiva, distorsionar esta etapa, en un intento inaudito por parte de un Gobierno que oficialmente se muestra preocupado por la memoria histórica. Con todo, la salida de la cárcel de quien fue jefe de ETA hasta 2008 –condenado a 400 años de prisión hace poco más de dos décadas– representa una indignidad nunca antes alcanzada. El cabecilla etarra no ha mostrado la más mínima señal de arrepentimiento, y durante los procesos judiciales a los que ha sido sometido siempre se mostró desafiante y sonriente, una clara burla a la memoria de las víctimas y a sus familias. Además, Txeroki sigue imputado por algunos atentados que presuntamente se cometieron durante su siniestra etapa como jefe de ETA, banda de la que 350 crímenes están aún por resolver, un agravio que exige una reparación urgente por el bien de la memoria colectiva de España. Lejos de pedir responsabilidades a los autores de estos crímenes y al movimiento político que heredó su causa, sus presos y sus asesinos, el Gobierno se pliega a la conveniencia y renuncia a solicitar una reparación de este daño en favor de la supuesta 'reconciliación' de dos bandos imaginarios, contendientes de un conflicto que nunca existió. Las nociones más básicas de historia nos cuentan que una parte de la sociedad asesinó, extorsionó y aterrorizó a otra parte, indefensa y amedrentada, más allá de las retóricas interesadas de la paz entre enfrentados y otros montajes que hieren la dignidad no solo de las víctimas de ETA , sino de todos los demócratas a los que la banda amenazó. El objetivo a batir eran las libertades. Como el de otros etarras, una treintena, el beneficio concedido a Txeroki gracias al artículo 100.2 –a la espera del informe del fiscal de la Audiencia Nacional– tiene una explicación que no hace más que redoblar el agravio que supone. Similar en la práctica a un tercer grado, esta gracia la administra el departamento de Instituciones Penitenciarias, cuyas competencias ostenta el Gobierno vasco desde que se las concediera La Moncloa a cambio del apoyo de Bildu a sus presupuestos. Es conocido que Arnaldo Otegi, cabeza de la izquierda aberzale , confesó ante sus simpatizantes que el apoyo a las cuentas de Sánchez se llevaba a cabo con el objetivo de sacar a los presos de la cárcel, que es exactamente lo que está sucediendo. Las víctimas del terrorismo asisten con dolor a este tipo de mercadeos alrededor de la memoria, la dignidad y la justicia de sus familiares y pagan el precio de que el PSOE alargue un tiempo más su permanencia en el poder. Ahora es el momento en que la Fiscalía debe retratarse en este asunto y recurrir la concesión de la salida de la cárcel de Aspiazu, o confirmar que el Gobierno del que depende, según las propias palabras del presidente, está comprometido a seguir propiciando su amnistía de terroristas.