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Espejo de España

Abc.es 
El 1 de octubre de 2016, Susana Díaz encabezó el golpe de los barones para echar a Pedro Sánchez de la Secretaría General del PSOE. Aquella jornada en Ferraz ha sido borrada de la memoria con la argamasa que junta a los que tienen el poder y saben después conservarlo como sea, salvo que medie error o conspiración interna. Aquella noche de cuchillos largos, Sánchez intentó colocar una urna detrás de un biombo y perpetrar un pucherazo que fue parado a gritos de rabia y tensión. Los mismos dirigentes regionales del PSOE que entonces le defenestraron hoy le contemplan con una mezcla de resignación y admiración por haberle dado la vuelta al PSOE y después, está en ello, a España.


Le echaron para evitar lo que ahora consienten. En su mayoría intuyen que Sánchez, con Iglesias al acecho, puede conducirles a la insignificancia de las socialdemocracias europeas, pero por el momento callan y otorgan. Entre La Moncloa y San Telmo, donde el PSOE tiene el poder continuado en régimen de monopolio desde hace casi cuarenta años, hay tendida una sonrisa forzada, sin química ni empatía. No hay nada que declarar entre ambos. Saludan juntos a la compañía que se traga la posverdad con un aplauso. Hace dos años y veinte días que al actual presidente del Gobierno le impidieron intentar una investidura con los mismos que se acaban de reunir en una cárcel para decidir cómo le mantienen. Sánchez y Díaz cumplieron ayer con su labor de guardar las formas más que las apariencias.


Juntos sí, pero cada uno con su plan. Ambos silencian la corrupción sistémica que ha contribuido a crear un método de poder singular y duradero salvo que una carambola, que el Partido Popular y Ciudadanos sumen 55 escaños, impida su prolongación otros cuatro años más. La cohabitación de Sánchez con Díaz no escatima el elogio: «Sois el espejo en el que nos vemos los socialistas de España». Al presidente del Gobierno le interesa que siga Susana Díaz, tan en minoría como está él, pero sin el poder que acompaña a La Moncloa. Mientras anunciaba un plan de empleo para Andalucía, el Gobierno español comunicaba a Bruselas que hará el ajuste, si fuera el PP sería un recorte de la derecha, para cuadrar las cuentas.


Sánchez camina con Iglesias mediando con la otra parte en una cárcel. La batalla no es el presupuesto sino el indulto tras el juicio en el Tribunal Supremo. Entre medias, una campaña electoral en Andalucía en la que el presidente aparecerá poco para no forzar más la sonrisa. No vaya a ser que el espejo esta vez se rompa de tanto usarlo.

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