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La ciencia postergada

La inversión en ciencia y tecnología sigue siendo una de las necesidades insatisfechas en México. No se destina lo suficiente y ello representa una enorme desventaja para el desarrollo y para la transición obligada hacia la economía del conocimiento. Mientras países como Corea del Sur e Israel destinan alrededor de 4.2 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) a la inversión en ciencia y tecnología, en el caso mexicano apenas se llegó -en su momento cumbre- al 0.5 por ciento, muy lejos de los referentes.

La física Julia Tagüeña Parga, coordinadora general del Foro Consultivo Científico y Tecnológico (FCCyT), lo resumió de manera contundente: “Si se juzga la importancia de la ciencia y la tecnología a partir del presupuesto, ningún gobierno ha logrado llegar al uno por ciento del PIB, lo que se considera un mínimo imprescindible para que impacte el desarrollo del país”. Esto indica que para que se tenga un impacto mínimo se requiere por lo menos duplicar la actual inversión.

En el anterior sexenio la promesa fue, precisamente, llegar al uno por ciento del PIB en inversión. En 2015 se llegó a 0.55 por ciento pero se acabó la administración sin acercarse siquiera a la meta. Ahora el reto pasó al gobierno de López Obrador, aunque como se ha visto no se trata sólo de un incremento de los recursos destinados sino de una planificación minuciosa que lleve a una inversión más eficiente y a resultados vinculados a la gente: que se tenga un impacto social importante.

El año pasado, un informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) dio cuenta de que México tiene los peores niveles para la innovación y el desarrollo de tecnología dentro de los países que integran el grupo. Ni la inversión pública ni mucho menos la privada alcanzan para tener un buen nivel en innovación. Y esto es delicado en un contexto internacional en el cual la capacidad de innovar, de inventar y reinventar, y de producir conocimiento representan la principal fuente de riqueza, tal como lo podemos ver en Finlandia, Corea del Sur o Singapur.

La cuestión de fondo apunta a saber cuál será la estrategia que permita mejorar la ciencia y la tecnología en México, lo que implica establecer cuánto y cómo se invertirá en el sector. Así como necesitamos de economistas de la educación que nos digan cuánto y cómo invertir para que en cierto periodo podamos cosechar resultados, lo mismo se requiere para la ciencia y la tecnología. Y aunque las experiencias de otros países son referenciales por el éxito que obtuvieron, el ajuste al caso local depende de numerosas variables y riesgos por sortear: invertir más no garantiza mejores resultados si de por medio están la corrupción y la burocracia.

Si necesitamos por lo menos uno por ciento del PIB en inversión para que la ciencia y la tecnología impacten en el desarrollo del país, habrá que llegar a esa cifra pronto y con eficiencia. Y esto debe venir acompañado de un impulso integral a la educación. Ya no hay tiempo para postergar la ciencia.


@hfarinaojeda

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