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La peluquera que rescata a Carla: de la prostitución al mundo de la belleza

Una silla en la peluquería es el altar de Carla. Cuando una señora entra y pide un flequillo de lado, unos tirabuzones o un baño de tinta para las canas, ella escucha atenta dentro del local desde una mesa arrinconada. No atiende ni opina, pues no es empleada, aunque allí se pasa horas y horas desde hace varios años. Algunos días se acerca sin más y otros se queda tras su corte; a menudo escucha cuidadosamente los trucos de la dueña y piensa en cómo los aplicaría. Espera con ansia una invitación que llega de tanto en tanto para empuñar una de las tijeras, una amabilidad cotidiana que la trabajadora del establecimiento guarda con ella, una recién entusiasta del mundo de la belleza. Y ese gesto, el de la empleada, no es solo eso. Es muchísimo más. La primera vez que la trabajadora tuvo el detalle fue hace mucho tiempo, y significó el empujón para arrancar un cambio trascendental que todavía hoy se sigue fraguando: la salida del mundo de la prostitución de Carla, donde esta mujer se ve envuelta desde hace más de ocho años.

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