«Te quiero»
La muletilla se deslizó culebrosa y sin prisa pero sin pausa nos acostumbramos a ella. Peor aún: la incorporamos a nuestras rutinas de palique diario. Las primeras veces que, hace mucho, la escuché en los pastelones de celuloide que se prejubilaban rapidito en el videoclub, el estómago se me revolvía. El padre, al teléfono, hablaba con su criatura: «Te quiero Johnny, papá te quiere mucho, ¿lo sabes, no?». El chaval, al otro lado, contestaba: «Yo también te quiero mucho, papá». Mi jeta adquiría el contorno del caballo del Guernica en pleno escorzo. ¿Cómo rayos podían ser tan empalagosos?
La sobredosis de babas amorosas sólo certifica una sociedad desestructurada donde necesitan reafirmar algo tan obvio como el afecto familiar. Me suelta... Ver Más