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Crítica de 'El caso de Villa Caprice': El 'buen patrón' y el maldito dinero

Abc.es 
Un poderoso empresario pillado con el carrito del helado recurre al mejor abogado, un divo con el que sostiene un sibilino pulso de poder, hasta el punto de que no siempre parecen viajar en el mismo barco, por supuesto pagado por el primero. La famosa Villa Caprice, que hace honor a su nombre, es el escenario principal y el MacGuffin de la película, un denso drama que sus actores logran hacer llevadero. Niels Arestrup compone al viejo zorro que se las sabe todas en los ambientes judiciales y Patrick Bruel, actor y cantante e incluso habilidoso hombre de negocios en la vida real, construye con credibilidad al 'buen patrón', que se cree capaz, quizá con razón, de poder comprar cualquier cosa con dinero.



Valoración de ABCPlay


Federico Marín Bellón








Bernard Stora, director marsellés poco estrenado en España, se apoya en sus grandes intérpretes, a los que se suma la gran Irène Jacob, para contar de un modo sinuoso un duelo entre pillos y divos. Lo que empieza como un juego infantil por ver quién llama a quién y cuál de los dos necesita más al otro se convierte poco a poco en un retrato oscuro sobre la corrupción. La política subyace, pero no es el interés fundamental poner el foco en un asunto tan conocido.


El debate es más original. Pese a la independencia irrenunciable del letrado, que remarca que él y su cliente no son amigos, su alma y su cerebro no dejan de ser propiedades en venta, como casi todo lo que rodea al personaje de Bruel en la película. La realidad cruel golpea a los personajes, incluido el potentado, al fin y al cabo otro ser humano.


La película es necesariamente discursiva y la confrontación psicológica deja poco espacio a lo físico, por lo que es mejor ir a ver la película sin sueño para disfrutar todos sus matices y el despliegue de talento y oficio de Arestrup. La voracidad del viejo actor puede con sus compañeros de reparto, que pese a todo le siguen el paso con estilo.

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