'Tostonazo', la nueva novela de Santiago Lorenzo: la gran borrachera del cine (y su resaca)
Hay momento hilarante en ' Tostonazo ' en el que un equipo de veteranos del audiovisual consigue filmar una vomitona real, perfecta, de esas que suceden en dos tiempos, en dos envites, como sabe todo aquel que haya abrazado alguna noche la taza del váter. Lo celebran con ganas, porque después de un esfuerzo titánico han conseguido captar una verdad pura y esquiva como un gamusino, pero más tarde descubren que la escena se queda fuera del montaje final de la película que están rodando por un capricho de un hombre que no tiene talento pero sí poder: ay, la vida. En ese ascenso y caída de la euforia, en la impotencia y el cabreo consiguientes, se resume el nervio de la novela con la que Santiago Lorenzo vuelve a las librerías después de 'Los asquerosos', un éxito editorial sin precedentes y sin explicaciones más allá de la magia, que todavía resiste al algoritmo. Primero lo obvio: 'Tostonazo' no es ' Los asquerosos'. Aquella era la historia de una huida de la ciudad y del ruido, y esta podría ser una huida del alcoholismo, pero solo en parte. El protagonista, un joven sin nombre nacido en 1993, es decir, un precario de tantos, es adicto al orujo blanco (la más baja de las adicciones, sin duda), y solo encuentra un motivo para sobrevivir cuando encuentra un trabajo. He aquí el primer mensaje corrosivo del libro: lo que necesitamos es un oficio para quemar las horas, o nos volvemos locos. «Estar en el cine era encontrar lo que se busca en el orujo blanco apenas llega nunca a proporcionar. Era ser orujo blanco, no el que se lo bebe», escribe el autor, con esos jeribeques de la lengua marca de la casa. A partir de ahí la historia se despliega con una lógica de borrachera-resaca, un esquema algo cansino que explica el mundo pero no lo mejora. Por un lado está la felicidad del que se siente útil de repente y descubre un universo nuevo, un universo brillante con un idioma propio y una lealtad inigualable. Está el placer de hacer, de contar, de tocar, de mirar. De crear. Por otro lado aparece Sixto, un productor que es el hijo del jefe y tiene ínfulas de artista y talento de ameba, como mucho. Su única utilidad, en el fondo, es servir de diana de las frustraciones de su equipo. En ese maniqueísmo entre el bien y el mal, entre los que hacen posible la existencia y quienes la hacen insufrible, se revela una verdad antigua e incómoda: la camaradería en horizontal exige odio en vertical. MÁS INFORMACIÓN noticia Si Chuck Palahniuk: «Hay que mostrar a la gente lo que más teme» noticia Si Reescribir la familia noticia No Quevedo es el rey y nosotros hemos vuelto al Barroco La literatura de Lorenzo, claro, es moral: él señala y se ensaña con los vicios de la gente, así, en particular, y tal vez por eso se repite tanto que «retrata la sociedad actual». Nada más lejos de la realidad. Lo que retrata es la polarización entre los que sueñan y los que te quitan el sueño, entre los que mandan y los que obedecen: esa distancia. Lo que retrata, al cabo, es la mirada frustrada y agriada de quien tiene la lucidez para verlo pero no la fuerza para cambiarlo. La de quien ha rodado una escena maravillosa que se queda fuera de la película. Pero al menos nos queda la palabra.