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Datos desaprovechados

Como en el resto del mundo, en Costa Rica se generaron datos por millones sobre la covid-19, de todo tipo: los puramente clínicos, los econométricos, los epidemiológicos y los sociales.

Los enfermos fueron cientos de miles; los infectados, aún más. Los fallecidos, aunque con una letalidad de las más bajas en los países de ingreso medio, fueron más de 10.000.

No se quedaron atrás los datos producidos en áreas económicas y sociales, sumados a aspectos atinentes a la salud mental, la convivencia, el bienestar o, simplemente, el vivir cotidiano.

Ni que decir en la educación, donde el paradigma de muchísimos años debió ser trocado por uno para el cual nadie, con pocas excepciones, estaba preparado. Se juntó el hambre con las ganas de comer; a los años previos, cuando hubo todo tipo de afectaciones negativas en el sistema educativo público preuniversitario, se sumó la pandemia. El producto fue el apagón educativo que ha disecado el Informe del estado de la educación.

A pesar de la apabullante masa de datos, el país no aprovecha la oportunidad de crear mayor volumen de conocimiento sobre la covid-19 en todas sus áreas. Específicamente, por ser nuestra área de conocimiento, estamos convencidos de que los datos sobre salud se emplean en una mínima proporción.

El Ministerio de Salud tuvo la oportunidad de promover investigación epidemiológica de muy alta calidad y fuerte impacto, dada la cantidad y el tipo de datos que recogía.

Con apoyo de los expertos de las universidades públicas y privadas, la cantidad de conocimiento, tanto para la explicación de esta epidemia como para la construcción de modelos predictivos en futuros eventos, habría sido diametralmente diferente de lo que es hasta este momento.

La CCSS atendió casi al 100 % de los pacientes, información que posiblemente representa muchos terabytes. Existen, nos atrevemos a decir, muchos millones de datos clínicos y terapéuticos con los cuales obtener los perfiles de los pacientes con mayores probabilidades de sobrevida y los que no.

Datos de vida real que expliquen sobre protocolos terapéuticos más eficaces frente a los que, definitivamente, no pasaron la prueba. Qué decir del tipo de análisis prospectivo para calcular el impacto de la covid-19 persistente en el sistema de salud público; incluso, prever escenarios de atención para cuando surjan las próximas pandemias.

Enfermedad desconocida

Cabe recordar que esta enfermedad es nueva y los protocolos médicos, diagnósticos y terapéuticos que se aplicaban para atender otras infecciones respiratorias agudas, graves o no, quedaron casi anulados.

Todos en el mundo estábamos aprendiendo. La diferencia es que mientras en otros lados publicaban intensamente cada descubrimiento, en Costa Rica fuimos receptores y no divulgadores del conocimiento localmente recogido. Los compartimientos estancos surgieron una vez más.

Quizás la vorágine producida por la epidemia, el cansancio físico y mental y hasta el dolor, ¿por qué no?, fueron elementos que llevaron a una muy escasa investigación sobre cada aspecto que esta pandemia nos deja. Pero hay aspectos más estructurales que impiden el aprovechamiento de esta oportunidad para generar conocimiento de óptima calidad y pertinencia en los servicios de la CCSS y el Ministerio de Salud.

El más importante, si hablamos de la CCSS, quizás sea el que no se considera la institución un centro de investigación, ni siquiera en el servicio y menos en la investigación clínica (experimental, observacional o con datos de vida real).

A los profesionales en salud de la CCSS se les contrata para atender pacientes —usuarios, los llaman—, no para investigar. Se investiga en el tiempo que sobra o en el tiempo personal. Esto impide la conformación de verdaderos equipos y centros especializados de investigación, a pesar de tener los ingredientes necesarios para la receta perfecta.

Obstáculos a la iniciativa

Por otro lado, la incorrecta aplicación de la ley de investigación biomédica, la 9234, frena iniciativas de investigación que, de forma casi estoica, no obstante los sacrificios personales, pretenden ejecutar muchas personas dentro de la institución con colaboraciones de entidades nacionales e internacionales.

Se juntó, parece, la imposibilidad material de los investigadores con el miedo de los comités ético-científicos que, más que oportunidades de creación de conocimiento, ven fantasmas de procesos punitivos.

Queremos ser optimistas. Los datos existen, y si las instituciones lo permiten estarán disponibles para que la información salga de las frías bases de datos a las publicaciones científicas. Lo que no está escrito no existe.

Juan José Romero Zúñiga, profesor de epidemiología en la Universidad Nacional.

Marco Vinicio Boza Hernández, médico internista e intensivista.

Agustín Gómez Meléndez, coordinador de Estadísticas del Centro de Investigación Observatorio del Desarrollo de la Universidad de Costa Rica.

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