Los mandamientos de los españoles para reinar en los mares desde el siglo XII: «Podían cortar el cuello al piloto por errar»
«Cuando nació, el Consulado del Mar fue una de las instituciones más rompedoras del mundo occidental», sentencia Marçal Girbau, comisario de la conmemoración de los tres cuartos de milenio de la institución secular nacida en el siglo XII. 750 años. Siete siglos y medio. «El Consulado del Mar es un hito del gótico europeo (...). Ejercía, entre otras cosas, como tribunal formado por comerciantes y hombres de mar, que trataba cuestiones marítimas y comerciales y ejercía la jurisdicción penal 'sumariamente, de plano y sin pleito y escritura'», puede leerse ahora en una de las cartelas informativas de 'Del gótico al metaverso', muestra que explora y realza en el Museo Marítimo de Barcelona la importancia del Consulado del Mar en el derecho marítimo internacional, la regulación del comercio y la resolución de conflictos. Vale que, a primera vista, una exposición sobre todo lo anterior no se presenta como el plato más apetecible del menú, pero Ricard Mas y Plàcid Garcia-Planas, comisarios de la muestra, han encontrado la manera de conciliar rigor histórico y entretenimiento. ¿Un ejemplo? «Imagínate que en un barco los ratones se comían la ropa o estropeaban la carga. ¿Quién tendría que pagarla? », desliza Mas. «Al patrón del barco le tocaba poner los gatos, así que si no los ponía, le tocaba pagar él», resuelve acto seguido. ¿Otro? «Si se contrataba a un piloto para navegar una ruta concreta y luego el llegar al barco resulta que no se la sabía, se le podía cortar el cuello», ilustra Mas. Como para embarcar sin haber hecho los deberes. Eso sí, incluso ahí regía la democracia: sólo había sangre si la mayoría de la tripulación así lo decidía. Lo mismo ocurría en la Corona de Aragón a la hora de asaltar otra embarcación: el patrón planteaba el abordaje y los mercaderes que viajaban junto a sus mercancías votaban si lo atacaban o no. «Se arriesgaban a que se lo quitasen todo, a caer prisioneros y ser hechos esclavos, pero allá que iban. Porque todos los mercaderes tenían patente de corso. Y cuando saqueaban un barco, no dejaban ni las cuerdas, que eran carísimas», relata Mas. Se entiende así que todos los marineros tuvieran que embarcar portando una espada, una ballesta y una gorguera. Noticia Relacionada estandar Si Pompeya renace entre gladiadores y tecnología inmersiva en Barcelona David Morán Una exposición con piezas originales del Museo Arqueológico de Nápoles evoca en el Museo Marítimo los últimos días de la ciudad romana A ese nivel de detalle llegaba el 'Libro del Consulado del Mar', antepasado directo de los códigos de comercio y gran aportación al mundo de la institución. «Aún en 1908 una sentencia de Nueva York estaba basada en no respetar los usos y costumbres del 'Libro del Consulado del Mar'», asegura el cónsul mayor, Jordi Domingo. Ricard Mas, comisario de la exposición, durante la presentación a la prensa ABC En el Museo Marítimo, todo esto se explica a través de una docena de apartados que demuestran hasta qué punto estaba regulada y reglada la vida en alta mar. «Si el patrón no podía pagar al marinero al llegar a puerto, tenía que venderse la nave», destaca Mas. ¿Y la comida? Fácil: carne los martes, jueves y domingos; potaje de legumbres y verduras el resto de días. Para cenar, pan con queso, sardina y cabello. Y en el coleto, tres raciones de vino por la mañana y otras tres por la noche. «Son leyes elaboradas por transportistas, marineros, mercaderes, propietarios de barcos… No son juristas, por lo que están escritas casi como si estuviesen hablando», señala Mas. «La mayoría de los mercaderes tenían una copia de este libro y prácticamente se lo sabían de memoria», añade el comisario de una exposición que reúne mapas, monedas, ediciones facsímil del 'Llibre del Consolat del Mar', armamento de la época y maquetas de naves y embarcaciones utilizadas para el comercio. El viaje, de ahí el título, se cierra con una experiencia inmersiva en la que el visitante podrá izar las velas y manejar el timón de una cosa del siglo XIII. La cabeza, que se sepa, sigue en su sitio al salir del museo.