Ritual de Año Nuevo en Japón: un atún rojo vendido por 2,7 millones de euros
En el mercado de Toyosu, Tokio, el Año Nuevo arrancó con un golpe de martillo y una cifra que corrió como pólvora. Un atún rojo de 243 kilos —llegado desde Oma, al norte, ese apellido geográfico que en Japón funciona como sello de aura— se adjudicó por 510 millones de yenes (2,78 millones de euros). La cuenta se vuelve casi obscena al dividir: 2,1 millones por kilo. Y, sin embargo, en esta liturgia la lógica no es nutricional. Aquí no se compra solo alimento; se adquiere relato, prestigio y buen augurio.
La escena tiene su coreografía. Antes del amanecer, el corte en la cola permite “leer” el destino del ejemplar mediante color, brillo, veta grasa, firmeza. Los ojos expertos interpretan ese mapa como si fuera un oráculo; el marmoleo no es solo textura, es promesa. Que el ganador sea Kiyoshi Kimura —rostro de Sushi Zanmai, veterano de estas pujas y autoproclamado “rey del atún”— remacha la evidencia de que la gastronomía japonesa, cuando quiere, también es teatro. Una demostración pública de deseo y poder, pero con un barniz ceremonial memorable que lo vuelve digno de festejo.
Toyosu, además, juega a ser termómetro de algo más que el apetito. En los mercados financieros nipones circula una superstición con eco de estadística: si el mejor atún alcanza un precio alto en la puja inaugural, las acciones tienden a acompañar el año con buen pulso. En 2013, cuando por primera vez se superaron los 100 millones de yenes por una sola pieza, el Nikkei subió un 57%. Casi una década despues, con precios deprimidos y un clima global de aversión al riesgo tras la invasión rusa de Ucrania, la bolsa también se apagó. Y el año pasado, cuando marcó el segundo nivel más alto registrado —207 millones de yenes (1,13 millones de euros) por un ejemplar capturado en el norte—, el Nikkei trepó a un récord por encima de 50.000.
Ese pez de 2025 terminó en manos del Onodera Group, asociado a la alta gama de Sushi Ginza Onodera, aunque también gestiona comedores corporativos, la paradoja perfecta entre lujo y cotidiano. La oferta la canalizó Yamayuki, mayorista de referencia que ganó para Onodera por quinto año consecutivo. He ahí otra clave, ya que estos montos no se leen únicamente como “coste de materia prima”, sino como inversión en visibilidad. De hecho, se calculó que aquel atún de unos 200 millones equivaldría a 30.000 yenes por porción si se prorrateara sin piedad contable. Aun así, se vendió al público a 1.160 yenes por dos piezas —una de toro y otra de akami—, como declaración de intenciones, perder en el papel para ganar en prestigio.
La fiebre no se quedó en los cortes nobles. Otros productos alcanzaron cifras récord en subastas de apertura de 2025: en Sapporo, el sanma llegó a 888.888 yenes por kilo; en Toyosu, el erizo se disparó a 7 millones por 400 gramos; en Kanazawa, un buri invernal se pagó a 4 millones. Ganaron supermercados locales y restaurantes, y el dinero —como la marea— empujó economías cercanas.
Pero el espejo exhibe grietas visibles. El atún rojo del Pacífico carga con la memoria de la sobrepesca y la presión climática. La buena noticia es que hay señales de mejora, ya que desde organizaciones como Pew Charitable Trusts se subraya que el plan de recuperación de 2017 está funcionando y que, si este año los gestores pesqueros del Pacífico acuerdan un marco sostenible de largo plazo, el futuro podría consolidarse “brillante”. La amarga es que el equilibrio sigue siendo frágil con cuotas, volatilidad y cadenas logísticas tensionadas hacen del suministro un juego de nervios.
Y bajo la superficie, la acuicultura —que prometía estabilidad— enfrenta su propio dilema: costos de engorde al alza, alimento encarecido, márgenes en rojo y una competencia que aprieta. Japón puede subastar un símbolo por millones al amanecer, pero también cuenta la historia de un sector que intenta, día a día, que el lujo no se coma su propia biografía.