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«Todos los ángeles alzaron el vuelo»: Un viaje poético por la periferia de la vida

Quizá resulte algo estúpido decir que La Zaranda está de vuelta, porque la mítica compañía creada en Jerez de la Frontera en 1978 –Teatro inestable de ninguna parte– no ha parado de estar siempre ahí desde hace 48 años con su lenguaje propio y fiel a una manera única de entender el teatro. Nave 10 Matadero acoge hasta el 25 de enero su nuevo proyecto, «Todos los ángeles alzaron el vuelo», un viaje poético a ese lugar, recurrente en todas sus propuestas, habitado por seres olvidados y personajes al límite, porque La Zaranda pone el ojo donde nadie quiere mirar y da voz a los que no la tienen, náufragos urbanos sin sitio instalados en los márgenes de la sociedad.

Dos prostitutas, un proxeneta, un expresidiario y un demente (personaje alegórico, trasunto de Caronte, que nos remite a «El idiota» de Dostoyevski), son los protagonistas del texto escrito por Eusebio Calonge y puesto en escena bajo la dirección de Paco de la Zaranda (Francisco Sánchez), que también actúa junto a Gaspar Campuzano, Enrique Bustos, Ingrid Magrinyá y Natalia Martínez, como homenaje a Laura Gómez-Lacueva, fallecida en 2023.

Las heridas

«Donde yo creo que ponemos el ojo es en lo más profundo de nosotros mismos –reflexiona el director–, en los tiempos que corren, donde todo es muy exterior, nadie quiere mirar dentro de sí mismo porque mirando para adentro ves al otro, y eso no suele ser placentero porque te ves reflejado en él. Nuestra mirada, humildemente, es hacia nuestra propia herida y en ella encontramos las heridas del otro. Esto nos revela que es el teatro el que nos hace a nosotros, no al revés –afirma Paco de la Zaranda–, una disciplina que nos mueve por dentro y sacamos para fuera. Nos vamos impregnando de lo que vivimos, de lo que leemos, y de ahí sale luego nuestro teatro y sus personajes, siempre de contextos marginales, del extrarradio, de dementes, yonquis, prostitutas, proxenetas… quizá porque poner voz a quien no la tiene es la misión del teatro». Eso le da una trascendencia espiritual, casi sagrada. «Porque no es quedarse solo en el plano social, hay que trascender, buscar la verticalidad, el teatro une cielo y tierra, y en medio estamos nosotros. Estos personajes residuales acorralados por la violencia saben de antemano que van a perder la partida porque las cartas están marcadas, pero están vivos, aunque sea en un mundo que no los quiere al ser marginados, por eso se fabrican un paraíso artificial», explica.

En la compañía hay elementos que nunca faltan, como el humor sórdido y corrosivo. «La risa es el escape de la tragedia, una explosión», y la poesía: «La búsqueda de belleza, incluso en la miseria y la ruina, es lo más importante. En la belleza está la verdad, sin poesía no se puede hacer teatro, ni vivir. Lo que hacemos es un viaje poético por la periferia de la vida –sentencia–. Estos personajes son ángeles, quizá con las alas rotas y sucias, ángeles acorralados a los que queremos dar dignidad porque están llenos de ternura y dar una esperanza porque sin ella no se puede vivir. Hay que buscar la luz siempre, la salvación, esa es la obligación del ser humano porque, incluso en la basura pueden nacer rosas», concluye.

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