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El Panamá: canción triste de un fuera de la ley 

Todos los caminos del crimen y la delincuencia en Madrid, en los años 80, conducen a San Blas. Por supuesto que este barrio del este de la capital no es el único foco de marginalidad en la ciudad. La gente era honrada, los árboles, recién plantados, pero las intrincadas calles de este barrio de casas baratas y apresuradamente construidas en los años sesenta se cuece una auténtica escuela del hampa que logrará fama en películas y canciones que retratan a una generación sin escapatoria a la que llaman quinqui. Sin embargo, muchos de los retratos que han perdurado de los protagonistas fuera de la ley son esquemáticos y ramplones. De cerca, estas personas resultan mucho más interesantes. Y, sobre todo, dan mucho más miedo que en cualquier película de Eloy de la Iglesia. Así lo cuenta Iñaki Domínguez, que en su último libro narra la vida de uno de los más temibles, José Manuel Cifuentes, «El Panamá», traficante y atracador de nervios de acero. «He superado las expectativas de mi coraje para hacer este libro», reconoce el autor en una cafetería a pocos metros del colegio donde El Panamá tomó su nombre. «Pero creo que mi fascinación superó mi miedo», sonríe el escritor. Bienvenidos al mundo crudo de la delincuencia profesional, donde muy poca gente ha entrado. Aquí hay droga, disparos, atracos, perros de pelea y todo lo que cabe en el maletero de un coche robado. Y también una parte de la verdadera historia de Los Miami, como cuenta en «El Panamá. Vida de un fuera de la ley» (Ariel).

El autor de «Macarras interseculares» recibió un día un mensaje por Instagram. Se trataba de Cris, Crístofer, cuyo perfil en la red social estaba lleno de imágenes del Panamá: se trata de su hijo, que le transmite su fascinación por aquel volumen y se ofrece para ponerles a ambos en contacto. El Panamá cumple condena en la cárcel de Estremera desde hace más de una década por un atraco a un Mercadona en Yuncos (Toledo) en el que quedó gravemente herido un Guardia Civil. «Fui a la cárcel y hablamos a través del metacrilato. Yo estaba fascinado y aterrorizado. Pero nos caímos bien y me autorizó a contar su historia –explica Domínguez–. Empezamos una relación epistolar, porque ‘‘dentro’’ no tiene internet, pero lo más importante es que autorizó a todo su círculo y sus viejos amigos para hablar conmigo del pasado». A partir de ese momento, al escritor se le abrieron las puertas de los recuerdos de un cosmos de personajes temibles. «Me aconsejaron que no me metiera allí –admite–. Estamos hablando de gente muy peligrosa y yo estaba cagado. Pero luego los delincuentes profesionales no son el típico tío con los tatuajes y la cicatriz, igual que un artista no es alguien que tiene una boina y un mostachillo. Son personas con una inclinación interior». Estaban reticentes, pero tenían la aprobación del jefe, el papá, como muchos le llamaban: eran libres para hablar.

La inclinación de El Panamá siempre fue la adrenalina. «No conoce el sabor de la cerveza, detesta las drogas. La esencia de su de su pasión, o más bien de su adicción, es la sensación de peligro. Eso es lo que le mueve a atracar bancos, más que el botín, que también es interesante, claro». Bueno, bancos, furgones, pisos de venta de drogas, casas de cambio, cualquier establecimiento que suponga un reto era una tentación irresistible.

Pero hagamos, como Domínguez, un retrato humano de la persona. «José viene de una familia perfectamente normal. Para mí fu un ‘‘shock’’ conocerles. La madre es muy inteligente y los hermanos eran artistas: uno joyero, otro guitarrista... Te puedes imaginar un entorno desestructurado y es lo contrario. Eso me lo he encontrado en muchos delincuentes, llamados, de raza». El Panamá se aficionó al heavy, como era normal en los barrios obreros de la época, y tocaba la guitarra eléctrica. Luego sintonizó con ideas de ultraderecha y se unió a grupos «skins» (“pero no estaba politizado, simplemente se identificaba con ello”, aclara Domínguez), aunque pierde pronto el interés por todo ello cuando conoce la euforia de un atraco. No le tiene miedo a nada: se atreve hasta con las viviendas prefabricadas del llamado “Guarrerías Preciados”, don de las familias gitanas venden la droga. Nada le detiene, sale indemne de las situaciones más complicadas. Incluso se atreve a atracar establecimientos solo con sus puños. En uno de los sucesos más inverosímiles, roba un Picasso y un Gauguin y, como ve imposible venderlos, termina por quemarlos para no terminar en la cárcel si algún día los encuentran. Sus peripecias son difíciles de creer. “No lo hace por presumir, al contrario. Hay muchísimas cosas que no me ha podido contar, claro, y también niega muchos delitos de los que se le acusan. El caso de Panamá es bestial, por las cosas que ha hecho e incluso surrealista, pero vacilar de ello solo lo hacen los raperos que se creen mucho y son unos “mataos”, pero no este tipo de personas. En este libro se representa una realidad de mucha muerte y mucho asesinato que existe en España, la delincuencia es así”, explica el autor, que corrió el riesgo de hipnotizarse por ello. “Me he fascinado en todo momento. Este trabajo para mí fue una pasión absoluta, todo el proceso. No creo que vuelva a sentir en mi vida haciendo un libro, porque ha sido realmente extraordinario. Pero hay que ser inteligente y no idealizar, digamos, en demasía cuando estás haciendo algo de ese estilo. De hecho, me interesa con toda su crudeza, con sus sombras, sin romantizarlo”. Después de mucho escribir sobre bandas, macarras y delincuentes, ¿cuál es la genealogía del crimen? «Creo que, en el caso del de poca monta, su origen es el entorno social, es gente que lo hace para sobrevivir. Pero los de primera categoría están hechos así». El Panamá vivió en busca y captura. Escapó muchas veces, fue traicionado y terminó, después de mil peripecias, en la cárcel. «Cuando ha tenido algún permiso siempre vuelve a San Blas, que es donde vive su hijo y su familia». Quizá a final de año obtenga el tercer grado. Pero ya es otro hombre.

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