El «no» de González y Guerra a Jordi Sevilla
Si hay dos nombres con ascendencia en el PSOE son los de Felipe González, expresidente del Gobierno, y el de Alfonso Guerra, su exvicepresidente. Ambos son considerados por buena parte de los exdirigentes socialistas como la quintaesencia de la organización. Por eso, según ha sabido LA RAZÓN, el incipiente sector crítico con la dirección de Pedro Sánchez maniobró para que los dos firmaran el manifiesto que difundió este lunes el exministro Jordi Sevilla, en el que reclama un cambio de rumbo al presidente del Gobierno para devolver a Ferraz al redil de la socialdemocracia clásica.
Pero tanto González como Guerra han preferido mantenerse al margen. «No han querido y eso explica, en parte, por qué el manifiesto de Jordi [Sevilla] no ha tenido los apoyos públicos esperados», cuenta una fuente al tanto de los movimientos internos del partido. Cabe reseñar que apenas un par de excargos del partido, como el exlíder en Madrid Juan Lobato, o el exdiputado aragonés Ignacio Urquizu, lo han aplaudido. En cualquier caso, la realidad es que se suceden los contactos de exdirigentes socialistas para reflexionar sobre el futuro del PSOE tras la caída de Sánchez. Pocos dudan de que el presidente abandonará la Moncloa más pronto que tarde. Pero todos temen que se quede a los mandos también en la oposición.
El pronóstico que hacen las fuentes consultadas es que, justo en ese momento, el partido revivirá un conflicto civil en el que se dirimirá un nuevo liderazgo y un nuevo rumbo. La corriente crítica apunta que es más que posible que entre el propio «sanchismo» se produzcan traiciones por la ambición de algunos de los ministros más cercanos al jefe del Ejecutivo. Pese a que la corriente que abrió Sevilla el lunes, que se espera que coja impulso poco a poco, ha carecido de la fuerza pública que algunos exdirigentes deseaban, estas mismas fuentes advierten de que «hay muchos militantes» que comparten el diagnóstico.
El problema es la «inacción» de los cargos intermedios, sintetiza otro socialista crítico. En cualquier caso, tanto Sevilla como el resto de dirigentes que alientan el manifiesto del exministro celebran haber hecho el suficiente «ruido» como para haber abierto en la conversación pública una grieta por la que trasladar a los españoles que el partido comienza a pensar en dar por liquidado a su secretario general.
Todos los críticos son conscientes de lo difícil y abrupto que será el fin de la etapa de Sánchez. Y, aunque la eclosión de casos de acoso sexual que ha movilizado al feminismo ha llevado a buena parte del partido a buscar una mujer para suceder a Sánchez, el sector crítico asegura que en estos momentos el banquillo de mujeres de la organización no cuenta con un liderazgo potente.
La relación del Gobierno con Felipe González es de máxima tensión. Una fuente muy próxima a Sánchez, con un puesto destacado en Moncloa, describe así, en conversación con este diario, lo que le provocan los comentarios del expresidente sobre la sucesión de Sánchez: «Su opinión vale lo mismo que la de Ana Rosa Quintana». Otra fuente, de la planta noble del partido, sostiene que es probable que el expresidente esté ya más harto del actual gobierno que ellos de él. Así están las cosas. El desprecio es mutuo y no se esconde. En el Ejecutivo critican ferozmente que González siga queriendo tener mando en plaza.
Las fuentes del sector crítico lamentan la falta de alternativas a Sánchez para hacerse con las riendas del PSOE. «No las hay, esa es la respuesta a por qué nadie se atreve a ser vehemente, a ser duro y a señalar lo que todo el mundo ve, pero nadie quiere contemplar», explica a este diario un socialista que tiene cuentas pendientes con el presidente del Gobierno. El mismo González se encargó de ungir al suyo: Eduardo Madina, el exrival de Sánchez, el «resentido» del sanchismo, la némesis. El liderazgo de presidente es el más vertical y personalista de todos cuantos han estado a los mandos de la organización en las últimas décadas.
Es cierto que tanto Felipe González como José Luis Rodríguez Zapatero dominaron con fuerza el coto de Ferraz, pero ambos tuvieron un relevante nivel de contestación interna, sobre todo en los territorios, donde debían consultar a los secretarios generales antes de tomar cualquier decisión. Entonces había corrientes, incluso familias. «En los comités federales se discutía», explica una fuente que participó en decenas de ellos. Pero ahora todo son aplausos. No cabe la crítica, que se tilda de deslealtad. Quienes no comulgan con Sánchez no concitan ni el 20% de los apoyos entre las bases.