Los cinco sentidos del caballo
Los caballos poseen vista, oído, olfato, gusto y tacto, como las personas, pero la jerarquía y la agudeza de estos sentidos están condicionadas por su condición de animal de presa y por una vida basada en la vigilancia constante del entorno y en la convivencia en grupo. Su percepción del mundo está adaptada a la detección temprana del peligro, al reconocimiento social y a la supervivencia en espacios abiertos.
La vista es el sentido dominante y la principal fuente de información. El ojo equino es el más grande entre los mamíferos terrestres y la corteza visual ocupa una parte muy significativa del cerebro, lo que da idea de su relevancia. Los ojos situados a ambos lados de la cabeza proporcionan una visión lateral muy amplia. Sin mover la cabeza, el caballo puede abarcar aproximadamente 340 grados de su entorno, una capacidad fundamental para detectar movimientos a gran distancia. Esta disposición genera dos puntos ciegos, uno justo detrás del animal y otro directamente delante, oculto por la frente y el hocico. Para compensarlos, el caballo ajusta su postura, desplazándose lateralmente o bajando la cabeza y retrocediendo ligeramente.
La mayor parte de la visión equina es monocular, lo que significa que cada ojo capta imágenes de forma independiente. Sólo en un arco frontal estrecho se produce visión binocular, que es la que permite calcular la profundidad. Esta limitación explica por qué los caballos pueden dudar ante sombras, charcos o cambios sutiles del terreno. En la retina predominan los bastones, responsables de la visión con poca luz, mientras que los conos, asociados a la percepción del color y la nitidez, están presentes en menor proporción que en el ser humano. El resultado es una visión menos precisa y con menor riqueza cromática, pero muy eficaz en condiciones de baja iluminación. La presencia del tapetum lucidum, una capa reflectante situada detrás de la retina, refuerza la visión nocturna. Además, el caballo es muy sensible al movimiento dentro de su amplio campo visual, lo que explica su tendencia a reaccionar ante estímulos mínimos o inesperados.
La audición ocupa un lugar destacado. Sus orejas, grandes y móviles, funcionan como antenas. Cada una puede girar de manera independiente hasta 180 grados, lo que permite localizar con precisión la procedencia de los sonidos y atender a varios estímulos. Los caballos perciben un rango de frecuencias más amplio que el humano y muestran especial sensibilidad a sonidos agudos y repetitivos. La posición de las orejas es también una herramienta de comunicación. Orejas orientadas hacia atrás de forma rígida suelen indicar incomodidad, dolor o tensión, mientras que unas orejas atentas y móviles reflejan interés por el entorno.
El olfato es un sentido clave para la identidad y la interacción social. El caballo utiliza el olfato para reconocer a otros individuos, evaluar su estado emocional y establecer vínculos. El saludo mediante el intercambio de aliento es una conducta habitual que permite recopilar información química del otro. La estructura de la nariz equina, con una superficie interna muy extensa y una gran densidad de receptores, hace que el área dedicada a la detección de olores sea muy superior a la humana. En el ámbito reproductivo, el olfato adquiere un papel determinante, especialmente en los sementales, que identifican el estado reproductivo de las yeguas a través del reflejo de Flehmen.
El gusto está muy ligado a la alimentación y al comportamiento ingestivo. Las papilas gustativas se distribuyen en la lengua, el paladar blando y la parte posterior de la garganta. Está demostrado que los caballos distinguen con claridad los sabores dulce y salado y que muestran preferencia por alimentos con alto contenido en azúcares naturales. Al mismo tiempo, toleran sabores amargos que resultarían desagradables para el ser humano, una característica que facilita la administración de ciertos medicamentos.
El tacto completa el sistema sensorial. La piel es menos sensible que la humana, pero cumple funciones esenciales de protección y regulación térmica. El pelo actúa como aislante y se adapta a las estaciones mediante la muda. En invierno, el caballo desarrolla un pelaje más largo y denso, mientras que en verano se vuelve más corto y fino. A través de la piloerección, puede erizar el pelo y atrapar aire, creando una capa aislante adicional, reforzada por una mayor producción de sebo. El estado de la piel y el pelaje es un indicador directo de salud.