Vuelven las cocinas “cerradas”: por qué la era de los espacios abiertos está llegando a su fin
A principios de los años 2000, eliminar muros se convirtió casi en una obsesión. Abrir la cocina al salón prometía luz, amplitud y una vida social más fluida dentro de casa. Cocinar mientras se charla con invitados, vigilar a los niños desde los fogones o presumir de isla central pasó a ser el nuevo estándar del diseño doméstico. Durante dos décadas, el espacio abierto reinó sin apenas discusión.
Sin embargo, como ocurre con casi todas las tendencias que se imponen con fuerza, el cambio de moda ha terminado por aparecer. Hoy, cada vez más reformas residenciales incluyen una petición que hace unos años parecía impensable: volver a cerrar la cocina.
¿Por qué las cocinas cerradas se volverán a poner de moda?
El rechazo no es tanto estético como funcional. Vivir sin paredes tiene ventajas evidentes, pero también una cara menos amable que muchos propietarios han descubierto con el uso diario. El desorden constante a la vista, los olores que se expanden sin control o el ruido de electrodomésticos durante una sobremesa tranquila han ido erosionando el encanto inicial.
A ello se suma una dificultad práctica: amueblar un espacio abierto no siempre resulta sencillo. Sin límites claros, las zonas se delimitan a base de alfombras, sofás o estanterías, soluciones que funcionan, pero que rara vez ofrecen una sensación de orden real. La privacidad, además, queda reducida al mínimo, algo que no todos están dispuestos a asumir.
Frente a este desgaste, la cocina cerrada reaparece como una respuesta lógica. No se trata de un simple regreso al pasado, sino de una reinterpretación contemporánea de un espacio con identidad propia. Separar la cocina del salón permite cocinar sin prisas, sin olores persistentes y sin la presión de mantenerlo todo impecable a cualquier hora.
Esta distribución también favorece una relación más honesta con la casa: no todo tiene que estar siempre preparado para ser mostrado. La cocina vuelve a ser un lugar de trabajo, creativo y a veces caótico, mientras el salón recupera su papel como espacio de descanso y recepción.
Uno de los grandes atractivos de las cocinas cerradas es la libertad decorativa que ofrecen. Al no compartir espacio visual con el salón, permiten arriesgar más: azulejos con carácter, colores intensos, muebles clásicos o incluso soluciones retro que serían difíciles de integrar en un espacio abierto.
Esta separación facilita, además, combinar estilos. Un salón sobrio y contemporáneo puede convivir con una cocina cálida y tradicional sin que uno invada al otro. Para muchos interioristas, esta posibilidad de personalización explica buena parte del regreso de los planos cerrados.
El auge del teletrabajo y el mayor tiempo pasado en casa tras la pandemia también han influido. Compartir llamadas, reuniones virtuales y vida familiar en un único espacio ha puesto en evidencia la necesidad de estancias diferenciadas. La cocina cerrada ofrece aislamiento acústico y visual, algo cada vez más valorado.
En hogares con familias numerosas, esta distribución resulta especialmente práctica. Cada miembro puede utilizar un espacio sin interferir en la actividad del resto, reforzando una sensación de intimidad que los espacios abiertos diluyen.
¿El fin definitivo del espacio abierto?
Pese a este giro, no se trata de una condena absoluta. Las cocinas abiertas siguen teniendo sentido en viviendas pequeñas, cada vez más frecuentes por el desorbitado precio de la vivienda, o en hogares muy orientados a la vida social. La diferencia es que ya no se presentan como la única opción válida ni como un sinónimo automático de modernidad.
El diseño de interiores entra así en una fase más madura, donde la funcionalidad y el bienestar pesan tanto como la estética. Volver a cerrar la cocina no es retroceder, sino ajustar el hogar a las necesidades reales de quienes lo habitan.