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Educación y sentido común

Los que nos educaron desde el sentido común hicieron algunas cosas muy bien. Y los pequeños disfrutamos de lo lindo. Los juegos en la calle sin vigilancia, por ejemplo. Las madres nos daban el bocadillo al llegar del cole y nos mandaban a un lugar sin peligro a comérnoslo mientras jugábamos con otros. ¡Qué placer sentarnos en cualquier peldaño, contarnos peripecias mientras nos terminábamos el pan con chocolate deprisa para después pasar a la acción! Escondite, churro media manga, canicas… con los chicos. Y nosotras a la cuerda, la goma, las confidencias… Eso nos hacía enfrentarnos naturalmente a los pequeños desafíos de las relaciones, nos hacía criaturas resolutivas. Cuando teníamos que enfilar para casa a hacer los deberes, sin ayuda de los padres, por supuesto, venía la parte del esfuerzo que requería la vida. De tele poco. “Vamos a la cama que hay que descansar”. Y nosotros a dormir sin maquinitas desquiciadas. La disciplina era un valor. Los fines de semana la magia de quitarte el uniforme, ir a casa de los primos, tomar el aperitivo (a los niños una botellita de refresco para dos), ensayar coreografías o jugar a cualquier cosa. El planazo era divertirse, correr, descubrir a los otros. Cuando estábamos con niños jamás nos aburríamos ni solicitábamos dispositivos ni consumo. Un domingo en cualquier campo cercano, un día en la piscina, alguna vez al parque de atracciones, una visita al zoo… era ya el colmo de la felicidad. La ilusión la poníamos nosotros, criaturas que compartíamos tiempo con los padres, pero a los que no exigíamos demasiada atención. Ellos a sus cosas y nosotros a las nuestras, pero colaborando en lo domestico. Y si nos pasábamos de listos una zapatilla voladora más inocua que miles de discursitos fastidiosos. Nuestros padres nos dejaban aburrirnos, lo que nos hacía indagar en soluciones creativas sin coste. Nos ponían ropa heredada y estrenar era un acontecimiento maravilloso. Esto y muchas cosas más, todas de sentido común, nos enseñaron que los deseos había que ganárselos. Nos hicieron más fuertes, sin duda.

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