La psicología dice que las personas que crecieron en las décadas de 1960 y 1970 aprendieron nueve lecciones de vida que ya no se enseñan
La infancia de aquellos que nacieron en la década de 1960 y 1970 no tiene nada que ver a la de los niños de hoy en día y probablemente nada que envidiar tampoco. "Churro media manga manga entera", la comba, el escondite o el potro como pasatiempo en los barrios, beber agua de la fuente, los inviernos alrededor de una mesa camilla, charlar con las vecinas o ir a hacer la compra al autoservicio de siempre... la vida pasaba en las calles, alejados de los estímulos y pantallas más que para ver el "un dos tres" en familia.
Acudir a un psicólogo era de locos, no había actividades pensadas para que los niños pudieran desarrollar sus habilidades y a penas había margen de mejora. En los colegios no utilizaban unidades didácticas y en la mayoría de familias "la letra con sangre entra" era el mantra de estudio. Ni horarios, ni filtros. La extraescolar era la calle y el pan con chocolate, la merienda.
Sin embargo, pese a ser generaciones supervivientes, adquirían fortalezas mentales que son ahora cada vez más escasas.
Los investigadores han descubierto que quienes crecieron en esta época desarrollaron resiliencia por necesidad, moldeada por los rápidos cambios sociales, la agitación cultural y un estilo de crianza que literalmente desquiciaría a los expertos modernos. Aunque no todo fue mejor entonces, algunas de aquellas lecciones merecen ser revisadas por su impacto duradero en la forma de afrontar la frustración, la incertidumbre y la adversidad.
El aburrimiento como motor de la creatividad
Las largas tardes sin planes ni estímulos fueron una constante. No había campamentos, ni actividades organizadas, ni entretenimiento inmediato. Ante el aburrimiento, la respuesta era simple: buscar algo que hacer.
Hoy, la psicología reconoce el valor de ese vacío. Estudios del Child Mind Institute señalan que el aburrimiento favorece la planificación, la resolución de problemas y la flexibilidad cognitiva. Crear juegos, inventar historias o construir mundos imaginarios desarrolló habilidades mentales que la estimulación constante dificulta.
Aprender a convivir con el fracaso
Fracasar no se maquillaba ni se amortiguaba. No había premios de consolación ni discursos motivacionales. El mensaje era claro: perder forma parte de la vida.
Las investigaciones actuales respaldan esa experiencia. Afrontar fracasos manejables en la infancia fortalece la resiliencia y enseña que los errores no definen el futuro. Esa preparación emocional se tradujo en una mayor capacidad para recomponerse ante reveses en la vida adulta.
La paciencia como parte del día a día
Esperar era inevitable. Para comprar algo había que ahorrar, para ver un programa había que aguardar una semana y para encontrar información era necesario acudir a la biblioteca.
Los conocidos experimentos del malvavisco demostraron que la capacidad de retrasar la gratificación está vinculada a mejores resultados académicos y vitales. Aquella espera constante fortaleció funciones ejecutivas clave como el autocontrol y la perseverancia.
El valor del juego sin supervisión
La infancia se expandía progresivamente por el barrio, sin vigilancia constante. Los conflictos se resolvían entre iguales y los riesgos formaban parte del aprendizaje.
Según investigaciones publicadas en Scientific American, el juego libre favorece el desarrollo social, la gestión del estrés y la confianza personal. La ausencia de intervención adulta fomentó la autonomía y la capacidad de resolver problemas reales.
Crecer sin atención permanente de los adultos
Los padres estaban presentes, pero no disponibles en todo momento. Muchos niños regresaban solos a casa, preparaban su merienda y comenzaban las tareas por iniciativa propia.
Los psicólogos reconocen hoy que esa independencia temprana fortaleció la autonomía y los recursos internos. Una realidad muy distinta a la hiperorganización que caracteriza a la infancia actual.
Afrontar la vida y la muerte sin filtros
La pérdida no se ocultaba. Los funerales se vivían, el duelo se compartía y la muerte formaba parte del aprendizaje vital.
Aunque hoy pueda parecer duro, esta exposición enseñó que el dolor es parte de la vida y que se puede seguir adelante. Una lección que resultó clave para gestionar pérdidas en la edad adulta.
Ingenio ante la escasez
Los recursos eran limitados y eso obligaba a reutilizar, reparar y aprovechar. La creatividad surgía de la necesidad.
La psicología confirma que las limitaciones fomentan la adaptabilidad y la capacidad de resolver problemas, habilidades que se debilitan en contextos de abundancia inmediata.
Aprender observando, no escuchando discursos
Los valores se transmitían mediante el ejemplo. El trabajo, el esfuerzo y la responsabilidad se aprendían observando a los adultos, no a través de explicaciones teóricas.
Este proceso, conocido como modelado, sigue siendo uno de los métodos de aprendizaje más eficaces según los expertos.
La comunidad como red de apoyo
El barrio funcionaba como un entorno compartido de cuidado y corrección. Todos los adultos se sentían responsables de los niños.
Esa sensación de pertenencia generó vínculos sólidos y una conciencia colectiva que hoy resulta mucho más débil, pero que fue clave en el desarrollo emocional de toda una generación.
No se trata de idealizar el pasado ni de ignorar los avances logrados en bienestar infantil. Muchas prácticas de entonces eran mejorables y hoy existen herramientas más adecuadas para proteger a los niños.