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Récord histórico del oro y la plata

El oro y la plata cotizan en máximos históricos: el oro ya ha rebasado la barrera psicológica de los 5.000 dólares por onza y la plata la de 100. Y si miramos la capitalización total de ambos metales, el fenómeno impresiona todavía más: más de 35 billones de dólares en oro y más de 6 billones en plata. Una cifra superior al valor de mercado de muchas de las grandes narrativas financieras del momento (como Nvidia, Alphabet o Microsoft).

Ante este escenario suele reaparecer un argumento clásico contra la inversión en metales preciosos, popularizado por Warren Buffett. El razonamiento es el siguiente. Imaginemos que reunimos todo el oro extraído a lo largo de la historia y lo fundimos en un solo bloque. Ese bloque formaría un gran cubo, sorprendentemente compacto. Ahora pongámosle precio: valdría varios billones de dólares. Llamemos a este activo el "montón A". ¿Qué es exactamente el montón A? Un bloque de metal que no produce nada: no genera rentas, no paga intereses, no reparte dividendos. Su único atractivo es que alguien esté dispuesto a comprarlo en el futuro.

A continuación, Buffett propone construir un "montón B" con exactamente el mismo valor. ¿En qué consistiría? En adquirir activos productivos: todas las tierras agrícolas de Estados Unidos, que generan cosechas año tras año, más un conjunto de grandes empresas altamente rentables que obtienen beneficios recurrentes. La pregunta final es demoledora: ¿qué inversor racional elegiría el montón A frente al montón B?

El argumento parece contundente, pero tiene un punto débil fundamental: da por supuesto que los activos productivos siempre están razonablemente valorados. Y eso no tiene por qué ser cierto. Si el inversor cree que las acciones, los bonos o el inmobiliario cotizan a precios excesivos —burbujísticos—, la comparación cambia por completo. En ese contexto, el oro y la plata no compiten con empresas baratas y rentables, sino con activos inflados.

Aquí es donde los metales preciosos recuperan sentido. No como motores de crecimiento, sino como refugios de valor. Y esta preferencia se refuerza cuando la alternativa de mantenerse en liquidez fiat resulta cada vez menos atractiva: déficits públicos crónicos, presiones políticas sobre los bancos centrales y tipos de interés reales negativos erosionan el valor del dinero.

La fuerte subida del oro y de la plata no es una excentricidad irracional. Es, en buena medida, una respuesta a la degradación de las monedas fiat y a la percepción de sobrevaloración de muchos activos financieros.

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