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Mina Weil, judía italiana superviviente del Holocausto: «Nunca olvidaré cuando Mussolini obligó a los judíos no italianos a marcharse»

Quedan menos de 200.000 supervivientes judíos del Holocausto en el mundo. Mina Weil recuerda el nazismo y su huida de Europa en este 81º aniversario de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau por las tropas soviéticas. Weil vivió las leyes raciales de Benito Mussolini en Italia, escapó con su familia a Iberoamérica y acabó en Israel

Mina Weil nació como Mina Rozenbaum el 12 de febrero del año 1926, en la ciudad italiana de Monfalcone. Casi no había judíos en esa ciudad de gran astillero, pero eso tampoco le parecía raro a Mina, cuya vida transcurría tranquila, en el colegio, que le encantaba, y junto a sus amigas.

Su padre era polaco y su madre ucraniana. Ambos habían llegado a Italia en diferentes momentos huyendo del antijudaísmo que ya había asesinado al abuelo de Mina, un cantor de sinagoga en el pueblo de Szczyrk, en Polonia, y que murió a manos de cosacos.

¿A qué se dedicaban tus padres?

Tenían un negocio precioso, que tenía de todo, y todo el mundo quería mucho a mis papás. Al menos una vez al año llenaban su coche de mercancía y la regalaban en Navidad en el barrio más pobre de la ciudad. Eran como los Reyes Magos judíos, les decía yo. Todo el amor que yo siento es por lo que vi en mi casa.

¿Me haces un retrato de tus años de escuela?

Me encantaba la escuela. Cuando me prohibieron ir por las leyes raciales, fue un terrible castigo. Usábamos uniforme, pollera (falda) negra, blusa blanca, gorro, medias largas. Cuando Benito Mussolini hablaba, toda Italia tenía que escucharlo; todos marchábamos a la plaza a escuchar los discursos de Mussolini.

Había mucha insistencia en enseñarnos a coser y bordar, a ser sirvientas de la casa, porque había un desprecio muy grande por las mujeres. Yo sabía que éramos diferentes por ser judíos. Yo me sentía muy judía, pero igualmente iba a la iglesia con mis amigas y me sentía muy feliz en Monfalcone.

Cuando Mussolini atacó Etiopía en el 36, fue una guerra cruentísima. Recuerdo que el Gobierno obligó a todas las mujeres a entregar su anillo de oro y a cambio recibir un anillo de acero. Nunca me voy a olvidar, las filas de mujeres, mi mamá también, que hacían cola para tirar el anillo en una bolsa. Y, por cierto, cuando los partisanos agarraron a Mussolini y a su amante, la chiquita, iban con cofres, ¿y qué había en los cofres? Anillos de oro.

¿Cómo empezó la persecución?

Un día de septiembre del año 1938, mi padre nos llamó para que bajáramos rápidamente a la tienda, que estaba frente a la casa. Al entrar, lo vi sentado leyendo el diario en el que se anunciaban las leyes raciales de Mussolini, que daban a los judíos que no eran italianos un plazo de seis meses para irse. Nunca olvidaré ese momento ni su cara.

Los niños judíos nos quedamos sin escuela; no nos aceptaban más, y ese curso que empezaba en septiembre, el tercer año, para mí no existió. Alguien del partido fascista de la ciudad llamó a mi padre y le dijo que se fuera cuanto antes. Mi mamá le obligó a irse a Argentina, donde tenía un primo.

Nosotras nos quedamos un poco más. Mi madre quería liquidar el negocio porque no quería entregarlo a los fascistas y Monforte nos protegió. Dos policías vigilaron para que no nos hicieran daño hasta el día en que nos marchamos, y yo les compraba bocadillos de mortadela cada mañana.

En aquella época negra, de cuando en cuando aparecían muertos por las calles. Era la purga que hacían los fascistas por toda Italia. Les daban aceite de ricino y después ¡aceite de máquina! Me daba mucho miedo. Pero en mi ciudad no sentí nunca miedo por ser judía.

No había antisemitismo en mi ciudad, hasta el punto de que cuando nos fuimos se quedaron mi abuelo y mi abuela, y luego mi abuela quedó sola, y cuando entraron los nazis en la ciudad en el 43, nadie, nadie, abrió la boca para decir que había una judía allí.

Mina, su madre y sus hermanas partieron hacia Argentina desde el puerto de Trieste. Ella recuerda que fueron dieciocho días de travesía hacia el mundo nuevo y desconocido, del que no sabían nada, por supuesto tampoco el idioma, al que llegaron un día nublado y que relata con delicadeza en su libro «El último día» (Ediciones Torre de Babel, 2000). En Argentina creció, junto a sus padres y hermanas. Estudió y también conoció a su marido, Alfredo, con quien tuvo cuatro hijos. «Nuestro sueño siempre fue vivir en Israel. Cuando finalmente viajamos, en 1987, decidimos parar antes en Londres a trabajar durante dos años y así hicimos. Pero el sueño de llegar a Israel juntos nunca se realizó porque Alfredo se enfermó, tuvo un tumor en el cerebro y no se podía operar. Y en cinco meses nos dejó. Cerré la oficina en Londres e hice aliá (el proceso de inmigración de los judíos de la diáspora a Israel)».

En pocos días cumples 100 años. ¿Cómo planeas celebrar?

Bueno, si estoy… Vienen de Argentina los cuatro nietos con mis cuatro hijos, una nieta de Canadá. Espero es que el corazón me aguante tanta emoción.

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