Así ha cambiado la imagen del primer receptor de un trasplante combinado de rostro y doble mano del mundo, más de cinco años después de la operación
Cuando Joe DiMeo se mira hoy al espejo, lo que ve no es solo un rostro reconstruido. Ocho años después del accidente que lo dejó al borde de la muerte, su imagen es también el resumen visible de una medicina que ha avanzado a golpe de quirófano, horas de rehabilitación y una disciplina diaria que no se ve en las fotos.
DiMeo tenía 18 años cuando, tras terminar un turno nocturno, se quedó dormido al volante. Su coche se salió de la vía y acabó envuelto en llamas. Dos personas que estaban cerca lo sacaron del vehículo y dieron la voz de alarma, un gesto que le salvó la vida pero no le libró de las consecuencias: quemaduras de tercer grado en alrededor del 80% de su cuerpo y meses de hospitalización.
En las imágenes previas al siniestro aparece un joven con rasgos definidos, aspecto de gimnasio y una vida cotidiana sin demasiadas sombras. Las fotografías posteriores al accidente, en cambio, muestran una transformación radical: piel dañada, cicatrices extensas y un rostro que, además del golpe estético, implicaba limitaciones funcionales severas.
Los equipos médicos explicaron en su momento que, más allá del impacto visual, las lesiones afectaban a algo tan básico como proteger los ojos, mantener una correcta movilidad facial o recuperar destreza manual. La cirugía que llegó después no buscaba cambiar una cara, sino devolver autonomía: parpadear, sonreír, agarrar, escribir, vestirse.
Una operación histórica
En agosto de 2020, DiMeo se sometió a una intervención sin precedentes: un trasplante de rostro y doble mano (bilateral) que, por primera vez, se consideró exitoso en conjunto. La operación duró unas 23 horas y movilizó a un equipo sanitario enorme en un hospital universitario de Nueva York, con el cirujano Eduardo D. Rodríguez al frente del programa.
El resultado fue modificando su imagen de forma progresiva. Primero, con la reducción de inflamación y el asentamiento de los tejidos. Después, con la recuperación de gestos y expresiones. Y, por último, con una presencia más 'normalizada' ante la cámara.
Los médicos que han divulgado el caso han insistido en que lo más determinante no es el antes y después, sino el proceso intermedio: la rehabilitación intensa y sostenida para entrenar músculos, nervios y coordinación fina, especialmente en las manos.
La otra transformación
Con el paso de los años, la imagen pública de DiMeo también ha cambiado por cómo él mismo decide contarse. En entrevistas recientes ha explicado que parte de su supervivencia se apoyó en su condición física previa: había ganado masa muscular y llevaba un estilo de vida activo, algo que los médicos relacionaron con su capacidad para resistir la fase crítica tras el incendio y la larga estancia en coma.
Esa narrativa ha terminado por consolidarlo como creador de contenido y altavoz de la donación de órganos.
Este enero de 2026, DiMeo ha sumado otro capítulo a su relato con la publicación de un libro autobiográfico centrado en su experiencia y en la idea de resiliencia tras perder (y recuperar parcialmente) identidad, independencia y rutina.