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Trump dirige ahora su flecha hacia Cuba en sus deseos de conquista

El éxito de Venezuela ha envalentonado a Donald Trump, y el líder estadounidense busca replicar la estrategia en Cuba. Según ha revelado "The Wall Street Journal", Washington ya tendría la mirada puesta en La Habana y estaría tratando de localizar a personas del entorno del presidente, Miguel Díaz-Canel, dispuestas a llegar a un acuerdo que acelere la caída del régimen que se ha mantenido en el poder casi siete décadas. En el caso de Venezuela, la colaboración con un informante fue una pieza determinante, según la versión de la Casa Blanca, para que la operación prosperara, por lo que la administración estadounidense estaría buscando el mismo apoyo en Cuba. De ahí que el Gobierno haya intensificado los contactos y reuniones en Miami y Washington con exiliados cubanos o pequeños grupos dispuestos a ayudar a preparar el terreno desde dentro para un cambio de rumbo político.

Según el medio estadounidense, la Casa Blanca está convencida de que la economía cubana se encuentra al borde del colapso, y el régimen del país nunca ha estado tan frágil tras perder a un benefactor vital como Maduro, con una importante escasez de productos básicos y medicamentos, apagones constantes y con riesgo de quedarse sin combustible en cuestión de semanas porque hasta ahora dependía del petróleo que le suministraba Maduro, en torno a 26.500 barriles diarios de barriles que alimentaban la mitad de las necesidades energéticas de la isla.

¡NO HABRÁ MÁS PETRÓLEO NI DINERO PARA CUBA, CERO! , dijo Trump en su plataforma Truth Social el pasado 11 de enero, les sugiero encarecidamente que lleguen a un acuerdo, ANTES DE QUE SEA DEMASIADO TARDE, amenazó.

El ultimátum no aclara que acuerdo estaría buscando Trump, pero sí deja claro el cómo piensa lograrlo. El objetivo es que Cuba no sea capaz de encontrar suministro en otro lugar, y así poco a poco, por desgaste, el país se vaya debilitando. Se planea seguir bloqueando el movimiento de buques petroleros, y apretar por otros flancos de divisas, como las misiones cubanas en el extranjero, que son uno de los grandes ingresos de la isla.

En definitiva, se estudian pasos muy similares a los seguidos en Venezuela. En este esquema, primero se intentaría llegar a un acuerdo en el que también se negocie la salida de los líderes del país, Raúl Castro (de 94 años y hermano del fallecido Fidel Castro) como símbolo histórico, y el actual presidente. Si las negociaciones no prosperan, el plan pasaría por conseguir el apoyo del círculo íntimo del presidente para forzar una transición política.

La reacción de La Habana hasta el momento ha sido de un no rotundo. Su presidente asegura que no hay conversaciones en curso con EE UU tras las amenazas de Trump, y el pulso se ha trasladado a la calle, donde miles de personas se concentraron el pasado 16 de enero en una protesta encabezada por Díaz-Canel en uniforme militar y con un discurso desafiante.

Desde el departamento de Estado norteamericano ya han empezado a perfilar el marco y el discurso que les permitirá justificar su estrategia. Repiten en que derrocar al líder cubano es una cuestión de seguridad nacional, e insisten en que Cuba sea gobernada competentemente por un gobierno democrático y se niegue a albergar a los servicios militares y de inteligencia de nuestros adversarios.

La hoja de ruta apunta a un calendario corto, y se espera que el proceso, pacífico o no, culmine antes de que termine el año. En uno de sus habituales gestos de buscar sorprender al espectador hace dos semanas, Trump, no descartó que una vez consumada la caída del régimen, Marco Rubio, exsenador cubanoamericano de Florida y ahora secretario de Estado, pueda convertirse en el presidente de Cuba. Una idea que quizá esté fundamentada en aire, pero que ya ha permitido poner cara a quien capitaneará la cruzada contra el comunismo latinoamericano, la de hijo de cubanos que ahora pelea por los intereses de EE UU.

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