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Hacer de la realidad comienzo

Si se sale de la refriega diaria y se observa el conjunto, es fácil percatarse de que nuestro sistema político no estuvo pensado ni diseñado para una política configurada en bloques, sino para una descansada sobre partidos. En concreto, sobre dos partidos mayoritarios capaces de acordar con fuerzas minoritarias, pero siempre desde una posición de absoluta primacía que mantenía estable el conjunto. Esto es lo que explica, para bien o para mal, la lógica institucional española.

La realidad ha mutado. Primero, por Pedro Sánchez y su política de pactos, que lejos de asentarse y ser expresión de la fortaleza de la democracia, son posibles y descansan, precisamente, en sus debilidades. Segundo, porque la fragmentación que ya vivió la izquierda y que se ha ido diluyendo en estos años, la está viviendo ahora la derecha, con la decisiva diferencia de que, en su caso, no tiene visos de dilución. No, al menos, a la luz de los resultados en Extremadura y en Aragón. Este panorama, más allá de desiderátums sobre grandes coaliciones que hoy son políticamente imposibles, además de poco recomendables, arroja una realidad: el acuerdo no es una opción. Si esto es lo deseable o no, da lo mismo. No porque alguien lo diga, sino por decisión del electorado.

Asumo que los párrafos siguientes puede criticarse por idealistas, pero me salen al amparo y en defensa Oakeshott (en «Political education»: «La actividad política es la actividad de atender a las disposiciones generales de un conjunto de personas a quienes el azar o la elección han reunido») y Scruton (en «Cómo ser conservador»: «El intento de realizar la perfección política conduce a la destrucción de los bienes reales que ya poseemos»). Veamos.

PP y Vox tienen la obligación, primero con el país y luego con sus votantes, de darle a España gobiernos estables, ambiciosos en las reformas y contenidos en las formas. Si esto es posible o no, corresponde a sus dirigentes y, en todo caso, les exige dejar a un lado los elencos de ambiciones personales o de partido.

El encaje es de bolillos, ciertamente, pero hay mimbres. Al PP le corresponde el primer paso, porque la victoria, por insuficiente para hacerse valer por sí misma, le obliga a la iniciativa, sin olvidarse de su posición primera y sin dejar de ver que su tren no tiene tantos vagones como quisiera.

A esa negociación, que serán muchas y no una, y que se irán repitiendo territorio a territorio con algunas salvedades, y se dará, seguro, en el ámbito nacional, los populares deberían acudir con un bien armado programa político y de acción institucional; un marco general que encuadre los gobiernos resultantes. A ser posible, sin aspiraciones imposibles y con la digestión ya hecha del ruido que sus adversarios políticos van a montar a su alrededor.

Es esencial que el PP asuma la diferencia entre la crítica y lo criticable. La primera, hay que darla por hecha porque nace del contrincante. Lo segundo, depende de la naturaleza y el contenido de esos acuerdos y es delicado, porque nace de tu mismo ecosistema. De ahí la importancia de ese programa amplio y bien construido, porque es esa la salvaguarda que tiene ante envites, órdagos e imposibles. Dentro de ese marco, que incluye, claro, referencias a las ideas que el partido defiende y que somete a la selección pública en las convocatorias electorales, todo debe ser posible. Fuera de ahí, nada.

Vox, por su parte, no puede confundir retórica con realidad ni dejar que el éxtasis por unos buenos resultados nuble los juicios. Afirmar con rotundidad que únicamente acudirán a las negociaciones para cumplir sus políticas es equivocar el lugar, es reconocer implícitamente que todo lo que no caiga dentro de sus propios intereses lo toman como ajeno y, por extensión, desentenderse del resto de las preocupaciones que tienen los ciudadanos. En definitiva, es creerse victoriosos, cuando no lo son, y asumir el comportamiento que, precisamente, tanto critican: el de ser minoría intransigente y no el tercer partido de España.

Nadie con cierta solvencia intelectual puede pensar en negarles la capacidad de hacer valer sus votos, de introducir medidas y políticas con las que se han presentado. Medidas y políticas, algunas, con las que, seguro, el Partido Popular se sentirá incómodo –y viceversa–, pero si los gobiernos son de coalición –es decir; de representación de varias sensibilidades reunidas por semejanzas–, lo son a todos los efectos; también en asumir cuestiones ajenas.

Eso les exige a ambos una generosidad y una inteligencia que harían bien, porque harían un bien a sus votantes, en expresar cuanto antes. Las confusiones nunca son buenas y los horizontes ocultos en niebla suelen acabar en despeñaderos. Y esa claridad pasa por decir qué quieren hacer y hasta dónde pueden llegar, sin prometer lo que no depende solo de su voluntad ni esconder los límites. Entre lo que se desea y lo posible hay un espacio posible que los perillanes pueden convertir en derrota. En que no se produzca se medirá la coherencia y la responsabilidad de cada uno; en hacer –o no– de la realidad, comienzo.

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