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Robert Duvall, el mejor capo del viejo Hollywood

Con 95 añazos, casi un siglo de vida a sus espaldas (o sobre su calva y noble cabeza senatorial), Robert Duvall ha muerto. No se puede decir, como en otros casos, que haya pasado a mejor vida, porque es difícil imaginar mejor vida para un actor que la suya. A lo largo de siete décadas representó una profesionalidad a prueba no ya de bombas sino de napalm (¡ah, ese olor!), interpretando todo tipo de personajes, desde protagónicos a papeles de carácter que en su caso nunca se pudieron llamar secundarios, y siempre con una perfección rayana en la maestría absoluta. Durante esos setenta años de carrera tuvo la ocasión de trabajar a las órdenes de Francis Ford Coppola, Robert Mulligan, Peter Yates, Henry Hathaway, Robert Altman, George Lucas, John Flynn, Sidney Lumet, Joel Schumacher, Barry Levinson, Kevin Costner, Herbert Ross, Bruce Beresford y Tony Scott, por citar algunos de los más sonados y sonoros de entre muchos, muchos más. Llegó a dirigir cinco películas, generalmente bien recibidas.

Fue nominado seis veces al Oscar y lo ganó merecidamente, aunque cualquier otro de sus papeles candidatos lo hubiera merecido tanto o más, como el maduro cantante de country que intenta rehacer su vida y su carrera en «Gracias y favores». Se llevó también por fin un Emmy en 2006 por su personaje de vaquero en la miniserie televisiva de Walter Hill «Los protectores», aunque hubiera debido ganarlo mucho antes como el también vaquero y antiguo ranger de Texas Gus McCrae de la serie «Paloma solitaria», basada en la gran novela de Larry McMurtry.

Se casó cuatro veces, la última y definitiva con la actriz argentina Luciana Pedraza, apasionada como él del tango, a la que dirigió, precisamente, en «Asesinato a ritmo de tango», y que le ha acompañado hasta el final. En definitiva, Robert Duvall vivió los estertores del Hollywood clásico, los esplendores del Nuevo Hollywood, los fastos decadentes del novísimo Hollywood y se ha despedido sin dejar casi de trabajar en cine, teatro y televisión, justo cuando Hollywood y, quizá el cine mismo, ya no se merecen actores como él. Aunque quizá cueste entenderlo un poco, Robert Duvall fue toda una estrella.

Sin brillantina ni boato, sin purpurina ni escándalos, sin espumillón ni portadas en las revistas de moda o anuncios de productos de lujo. Con una presencia, rostro y estampa que prácticamente no variaron a lo largo de más de medio siglo, era ese valor seguro que siempre estaba ahí. Puede que no fuera el Robert más guapo, pero podía robarle escenas a Redford en «El mejor». Que no fuera ni Brando, ni Pacino ni James Caan, pero los fans de «El Padrino recordamos tanto o más al serio, digno y eficaz consigliere Tom Hagen que al resto del soberbio reparto. Y es que había algo en su porte, en su ancho rostro, con cierta estatuaria nobleza de tribuno romano, que ya fuera sonriendo con franqueza o mirando con expresión preocupada y penetrante, te calaba dentro, muy dentro, y te decías: si en esta película sale Robert Duvall no puede ser mala. No siempre acertabas, claro. Pero sí muchas más veces de las que uno pueda sospechar.

Una estrella con carisma

Robert Selden Duvall era, sin por ello resultar nunca antipático ni al más antiamericano de los críticos o espectadores, un pedazo de Estados Unidos hecho carne. Alguien como caído de un Monte Rushmore mucho más digno y creíble que el real. Hijo de la actriz aficionada Mildred Virginia Duvall, relacionada con una de las ramas familiares del general sudista Robert E. Lee, y del Contraalmirante de la Marina de los Estados Unidos, William Howard Duvall, la familia de este se remontaba hasta los primeros colonos hugonotes franceses que se asentaron en territorio americano en el siglo XVII. Aunque su padre hubiera deseado que siguiera la carrera militar, Robert se atrevió a plantar cara y se graduó en arte dramático en 1953, lo que no le impidió alistarse y servir en el ejército hasta 1954, cuando se licenció para dedicarse definitivamente a la interpretación.

En 1955 se fue a la meca del teatro americano, Nueva York, para perfeccionarse en la Neighborhood School of the Theatre, donde compartió clases y sufrimientos con Dustin Hoffman, Gene Hackman y James Caan, entre otros. Tras unos más que prometedores inicios teatrales interpretando obras de Arthur Miller, Jean Anouilh, John Van Druten o Agatha Christie –nunca abandonaría las tablas– y después de hacer también sus primeros pinitos en la pujante televisión (de la que se convertiría en toda una estrella), debutó en la gran pantalla con un papel nada fácil que le ganó ya la admiración del público: el del patético y entrañable «Boo» Radley de «Matar a un ruiseñor», el clásico del gótico sureño que le valió el Oscar a su protagonista, Gregory Peck. Con un comienzo así nada podía ir mal. Puede que, como «Boo», no estuviera destinado a ser el más guapo, el más perseguido por las chicas, pero también como «Boo» resultaría siempre inolvidable e indispensable.

Ciudadano americano

Aunque fue capaz de todo o casi todo, drama, comedia, acción, crimen, música, ciencia ficción… Y de interpretar tanto héroes como villanos o antihéroes, de militares wagnerianos desquiciados como el Teniente Coronel Bill Kilgore de «Apocalypse Now», pasando por criminales profesionales como el Macklin de «La organización criminal» de John Flynn, según Donald Westlake, hasta llegar a ser el Watson de «Elemental, Dr. Freud», es obvio que su porte, rostro y sangre le hacían idóneo para encarnar personajes neta y profundamente americanos.

Vaqueros crepusculares y duros hombres de la frontera como los de «Paloma solitaria» o «Convictos», el de Al Sieber en «Gerónimo» (Walter Hill, 1993) o el de Boss en «Open Range» (Kevin Costner, 2003); entrenadores deportivos como los de «Days of Thunder» (Tony Scott, 1990) o «Camino hacia la gloria»; no menos duros pero siempre muy humanos policías como los de «Tras la huella del delito», la mítica «Colors» (Dennis Hopper, 1988) o el Prendergast de «Un día de furia». Joel Schumacher, 1993), y militares como el mismísimo Eisenhower en la miniserie «Ike» (1979), el veterano piloto de «El don del coraje» o, cosas del karma, el mismísimo general Lee en «Dioses y generales».

Todo ello al tiempo que podía ser también un hombre común y corriente en «The Stone Boy» (Christopher Cain, 1984), un predicador bíblico en «Camino al cielo», escrita y dirigida por él mismo –nunca dejó del todo el gótico sureño–, un músico de country o el héroe accidental de una odisea distópica en «THX 1138» (George Lucas, 1971). Robert Duvall, libertario y republicano de antaño (dejó de apoyar el partido en 2014, cuando tomó su deriva última), amigo de sus amigos (Gene Hackman, Billy Bob Thornton, James Bridges, el escritor Horton Foote…), amante del country, de las artes marciales –véase «Los aristócratas del crimen»– y del tango ha fallecido tranquilamente en su rancho de Virginia, sin escándalo, sin ruido, de la misma manera que fue una de las más grandes estrellas de Hollywood, casi sin que nadie se diera cuenta.

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