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"Sueños de trenes", la gran desconocida de los Oscar

Esta es la historia de un hombre que durante la mitad de su vida espera el surgimiento de una revelación y también el milagro de un regreso. Un hombre que durante sus últimos años deambula con extrañamiento y curiosidad por la ciudad de Spoken (Washington) sin un propósito definido, se percata de la densidad del paso del tiempo después de mirarse por primera la barba y el rostro en un espejo tras una década sin hacerlo y sólo se considera capacitado para intentar comprender el sentido de la existencia justo en el momento en el que siente que su final está cerca.

Como si de una involuntaria metáfora se tratara, los días de Robert Grainier, jornalero y trabajador ferroviario del Oeste americano de principios del siglo XX, transcurren con la misma discreción, sencillez y hermosa dosificación austera con la que parece haberse colado la película –basada en la fascinante novela de Denis Johnson– encargada de contar su peripecia en la última edición de los Oscar: "Sueños de trenes". Silenciosa y elegantemente, casi con el traqueteo adormecedor de las ruedas encastrándose en las vías.

Grandilocuentes títulos subrayados como "Una batalla tras otra", el último trabajo de Paul Thomas Anderson, "Marty Supreme", la genial cinta de Josh Safdie con un espídico Timothée Chalamet en estado de gracia o el histórico y sorprendente acopio de candidaturas de "Los pecadores", la vampírica y política propuesta dirigida por Ryan Coogler opacaron significativamente las cuatro nominaciones obtenidas por esta hermosísima y delicada joya visual y narrativa en cuyo porcentaje mayoritario de planos y miradas resulta inevitable no acordarse de los encuadres y aproximaciones estéticas de Terrence Malick.

Sin embargo, es el realizador estadounidense Clint Bentley ("Sing Sing" o "El Jockey": no confundir con el filme argentino inclasificable de Luis Ortega), artífice de una comedida filmografía que no excede los cuatro títulos, quien se encuentra detrás de esta delicada y poética adaptación que acaba de arrasar en los Independent Spirits Award 2026 y que podría dar la sorpresa en los premios más importantes de la industria hollywoodiense el próximo 15 de marzo en el clásico Dolby Theatre de Los Ángeles. Tal vez una de las razones que explican con mayor claridad por qué "Sueños de trenes" no ha estado sonando en la colisión compartida de más bocas de la crítica especializada o pronunciándose hasta ahora con más fuerza y presencia en las decisiones de los académicos, es que su estreno en Estados Unidos se limitó a la presencia en pocas salas escogidas durante unas semanas y rápidamente se derivó con cierto disimulo su debut al streaming por parte de Netflix el 21 de noviembre del mismo año.

Hombres buenos arrodillados

Con ecos evidentes –pero en ningún caso forzados– de resignificación del western clásico americano como ocurría en la fabulosa "Los Hermanos Sisters", de Anderson, "El poder del perro" de Jane Campion o "First Cow", de Kelly Reichardt, en esta cinta protagonizada por un impecable Joel Edgerton y el oscilar tembloroso de su mirada redentora, se reivindica sin histerias la transparencia emocional alcanzada por hombres que lloran al volver a casa después de talar árboles. Hombres que sienten culpa, que tienen miedos, que aman sin dominación ni impulsos de territorialidad, que se sientan en mitad de la bastedad inabarcable de la naturaleza de los bosques mientras se limitan a contemplar acompañados, que acarician la cara de su hija, que necesitan escuchar su nombre pronunciado por la mujer a la quieren ("me gusta cómo suena cuando lo dices tú"), que trabajan con las manos y se recuestan junto al fuego metidos en tiendas de campaña que "aguantaron más tiempo que las personas a las que cobijaron".

Hombres que, como en la novela de Carnero, caminan solos sin la necesidad de que algo extraordinario suceda, porque lo extraordinario ya está sucediendo en ese instante: estar vivo, consciente, tocar la tierra con los dedos, escuchar el sonido de un arroyo, contemplar el cielo, respirar. "He visto a hombres malos ensalzados y a hombres buenos de rodillas", le comparte un viejo compañero de jornadas a Robert una noche de insomnio. No hay un mínimo resquicio de duda: él pertenece a los segundos.

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