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Operación Barbarroja, la obra definitiva

Aunque nuestros cuerpos ibéricos hayan sobrevivido a las emboscadas de frío del inicio de este año, es difícil imaginar pasar una estación invernal en lo que en otros tiempos conformaba los límites occidentales de la Unión Soviética. En ese punto, en un año clave para la historia del continente como es 1941, en pleno desarrollo del conflicto que ha delimitado las sociedades actuales, se dio uno de los escenarios más rememorados: la Operación Barbarroja. O, lo que se conoce en términos más llanos, la ofensiva que ejecutó la Alemania Nazi en la URSS.

Sobre este hecho se ha sentado cátedra contundente. Existen muchos documentales en línea, libros publicados y, aunque en una menor medida, películas, como la bielorrusa “La fortaleza Brest”. Para añadir una nueva capa de profundidad, Jean Lopez y Lasha Otkhmezuri han estado quince años extrayendo información de heterogéneas fuentes para así construir la más realista recreación de estos hechos. Con "fuentes alemanas y soviéticas inéditas hasta el momento, algunas que solo fueron accesibles durante la Perestroika, para entender la mayor operación militar terrestre de la historia", aseguran.

El resultado es un tomo de más de 1000 páginas titulado “Barbarroja 1941: la guerra absoluta”. Con él, no tratan de emitir otra voz sobre estos acontecimientos, sino proporcionar algunos datos inéditos y sostenerse como la más completa guía de los meses en los que las estepas soviéticas fueron testigos de un enfrentamiento entre dos bandos enemigos, o quizá no tanto.

Ambos autores son historiadores y, además, redactores en la revista francesa “Guerres et Historie”, dedicada a la difusión de informaciones con respecto a los conflictos militares que han perfilado las enciclopedias a lo largo de los siglos. El rastreo concedido a este evento, para muchos el principio del fin de la política del III Reich, ya le ha concedido en el país galo distinguidos galardones en la materia histórica: es el libro del año de Historia para la publicación “Lire”, y ha obtenido el premio Guesclin y Chateaubriand del 2025. A España ha llegado este valioso documento gracias a la editorial “Ático de los libros”.

Cuando se menciona Barbarroja, una de las nociones más vindicadas es que el frente alemán no alcanzó sus objetivos por no calcular acertadamente el frío al que tendría que enfrentarse en territorios orientales, factor con el que se ha empezado esta página también. No obstante, si bien fue un factor clave, no fue el único que marcó la derrota. Ese es uno de los principales objetivos que los escritores pretenden demostrar con las líneas: la operación Barbarroja fue una contienda desastrosa, por ambos bandos, desde su propia concepción.

El pacto que lo inició

La misión tiene su despertar en 1939, año en el que se firmó el celebérrimo pacto Ribbentrop-Mólotov o, comúnmente apodado, pacto de no agresión. Efectivamente, antes de ser ejércitos antagonistas, Hitler y Stalin habían llegado a un acuerdo en el que dividirse el territorio polaco y por el cual cada país respetaría las fronteras del otro y no se atacarían en caso de implosión del inminente conflicto. Este polémico texto fue firmado por sendas partes el 23 de agosto. El 1 de septiembre la nación germana invadió Polonia dando comienzo a la Segunda Guerra Mundial.

De todos modos, las pretensiones expansionistas de Adolf Hitler chocaban frontalmente con lo acordado. Por ello, comenzó a elaborar el plan para entrar en el gigante comunista con especial fijación en sus bordes del viejo continente (San Petersburgo, en aquel entonces Leningrado, y Ucrania). Este panorama es una de las grandes incógnitas de la movilización; el dirigente soviético tenías certezas de que la acción nazi se daría. Las semanas previas recibió comunicados de diplomáticos, espías y gabinetes de inteligencia que le advertían de las intenciones hitlerianas. Incluso le llegaron a concretar el día exacto en el que sucedería. El georgiano optó por omitir todos estos avisos, justificando que eran únicamente “provocaciones británicas”, y no movilizó a los cuerpos militares. Confiaba en que el lado alemán no rompería lo estipulado. Es decir, Stalin no fue víctima de un embuste, sino de su obsesión por ignorar las señales evidentes.

De este modo, aunque con un mes de retraso, el 22 de junio de 1941 se dio luz verde al comienzo del ataque. El Wehrmacht, Ejército Alemán, había entrado en terreno soviético. Los soldados estaban divididos en tres misiones: una para llegar a Leningrado, otra a Moscú y, finalmente, la que tenía como intención obtener Ucrania. Esta situación desconcertó a Stalin, pero lo que su rival parecía desconocer eran los grandes medios que el estado socialista poseía.

Victoria inicial alemana

Las tropas alemanas seguían las indicaciones que se enviaban desde Berlín. Sin embargo, todos sabían que el objetivo del Führer, obtener la victoria en seis semanas, era inviable. Incluso hombres de la confianza del líder como Franz Halder y Erich Marcks pusieron en duda los plazos. Además, la toma de la capital rusa para Hitler era lo menos relevante. Él priorizaba los dos ejes restantes, mientras que los otros cargos lo consideraban crucial por la fuerza simbólica que tendría para el Kremlin. Contradecir los planes del mandatario podía ser considerado una traición, por lo que, aún con grandes dudas, se acataron las órdenes. Por ello, la operación no se formó a través de posibilidades, sino de ambiciones del dictador.

Las primeras semanas de combate resultaron victoriosas para la potencia del eje, con avances por los Bálticos, Bielorrusia y Ucrania. De hecho, parte de la población civil de estos territorios no se oponía a los pasos realizados por la Wehrmacht. El estalinismo años antes había llevado a cabo sus planes quinquenales que habían desembocado en hambrunas, esclavizaciones y muertes. La llegada del Frente Alemán les proporcionaba un escape al terror previo. No obstante, las tropas nazis arrasaron con todo lo que se les cruzó, destruyendo localidades y maltratando a los ciudadanos. "No se trataba solo de vencer, sino de exterminar a los soviéticos", aseguran los autores. Por ello, los autóctonos acabaron mostrando su resistencia.

A pesar de este complicado inicio para el Ejército Rojo, Stalin puso todos sus recursos humanos y técnicos, costaran lo que costaran, en marcha. Impactante es la Orden 270 que promulgó el 16 de agosto. Esta indicaba que aquellos soldados que se rindieran serían considerados traidores, y sus familias también serían castigadas. Por lo tanto, todos los combatientes soviéticos tenían que luchar hasta morir, pues en caso contrario se enfrentaban a un temible encarcelamiento en un gulag. A pesar del terrible coste humanitario, el bando comunista se mantuvo fuerte.

También destacado por su crueldad, y otro de los puntos claves del libro, es el asedio que vivieron los petersburgueses durante 872 días por parte de las tropas alemanas. A pesar de sus intenciones genocidas, dejando morir a más de un millón de habitantes, la resistencia popular hizo imposible un triunfo nazi.

Finalmente, en diciembre de 1941, los soldados germanos estaban entrando en terrenos moscovitas. Sin embargo, el cansancio de los retrasos en los objetivos a alcanzar, la gran artillería socialista, la resiliencia que mostró el pueblo y las bajas temperaturas, les hizo retroceder. La Operación Barbarroja había finalizado. Los alemanes no alcanzaron sus objetivos, y los soviéticos lograron no ceder pero dejando por el camino un incontable goteo de sangre.

Para muchos historiadores, y aunque aún faltaban otros cruentos tres años y medio para que las bombas estadounidenses en Japón dieran fin al más sanguinario conflicto en la historia global, esta derrota fue el primer anticipo del hundimiento del Tercer Reich. López y Otkhmezuri demuestran la contradicción en la que vivió siempre la operación. Hitler y sus irreales propósitos que le condujeron al fracaso, y Stalin y su indiferencia ante la obviedad que causó muchos más fallecimientos.

Este pequeño trozo de Historia, como los escritores afirman parafraseando a Carl von Clausewitz, merece ese tan desasosegante pero real apodo que a su vez da título al documento: “la guerra absoluta”. Y ojalá nunca más se tuviera que haber usado.

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