World News

Habermas y la literatura como ensayo democrático

Hay mil anécdotas sobre un fenómeno que cambió el paradigma del lector literario: la novela por entregas en la prensa, en que era vital que el final de cada capítulo despertara el interés por seguir leyendo la historia en un nuevo capítulo. El origen de todo ello cabe buscarlo en el periodismo londinense, a finales del siglo XVII. Al reportero Daniel Defoe se le ocurriría escribir una historia pensando en el lector popular, y de ahí surgiría su historia inspirada en un náufrago real, combinando realidad y aventura. Más tarde, hacia 1800, como explica Arnold Hauser en «Historia social de la literatura y el arte», el analfabetismo dio un giro y nuevas generaciones aprendieron a leer, y a partir de 1840 los periódicos empezaron a ganar lectores gracias a la novela por entregas. He aquí el nacimiento de la literatura como mercancía, y por lo tanto como parte de la sociología.

En esa línea cabe interpretar los intereses culturales de Jürgen Habermas, que tan importante fue para cierta oleada de críticos literarios españoles que encontraron en libros como «El discurso filosófico de la modernidad», que publicó Taurus en 1989, una buena fuente teórica. Para Habermas, el lector atento miraría la literatura como un termómetro de la vida democrática, dado que la salud de una democracia no se decidiría únicamente en las urnas, sino también en la conversación que un libro fuera capaz de provocar. Eran otros tiempos, desde luego, en que la función del reseñador de literatura en la prensa era algo importante tanto para los lectores de a pie como para los estudiantes de Filología.

Estilo oscuro

En «Historia y crítica de la opinión pública» (1962), el autor alemán lanzó la idea de que la burguesía aprendió a discutir políticamente leyendo ficción; debatir la moral de un personaje o el destino de una trama fue el primer entrenamiento de la razón pública, de tal modo que la literatura funcionó como un simulador donde la sociedad civil ensayó el desacuerdo antes de trasladarlo a la política real. Esa intuición se prolongó en sus «Perfiles filosófico-políticos» (1974), donde observó a pensadores como si fueran también escritores de creación: Benjamin, Wittgenstein, Bloch, Marcuse, Adorno… Con ello, Habermas elevaba la dimensión del filósofo y abordaba el pensamiento como una forma misma de escritura. Así, es característico estilo oscuro propio de tantos pensadores de ideas abstractas fue para él un accidente literario: formaba tal cosa parte de una actitud filosófica que se distanciaba del debate público, hasta concluir que el modo de escribir ya sugeriría una política del lenguaje.

Pero ¿qué le dirá al lector actual este sistema filosófico-literario cuando hoy no hay discusión intelectual sino vulgar confrontación ideológica? ¿Aún será interesante de cara a los nuevos teóricos de la literatura conocer que Habermas vio el arte como laboratorio del lenguaje? En realidad, ¿cómo puede no serlo?, cuando menos si es arte literario de calidad, por lo que tal vez sí el pensamiento de Habermas es procedente ahora, pues en una sociedad donde el dinero y el poder administrativo tienden a colonizar cada espacio de la vida, la literatura está llamada a conservar algo singular: un lugar donde las palabras todavía buscan entendimiento; ello en una etapa en que el valor de la potencia, libertad y originalidad de las letras está siendo derribado por el libro como mero producto de consumo que ha renunciado a todo «discurso filosófico», en esta modernidad que llaman líquida.

Читайте на сайте