Javier Elorza: "Con González y Aznar nos respetaban en Europa, ahora no cuentan con nosotros"
Javier Elorza (Madrid, 1945) ha gozado de un asiento de palco en los entresijos europeos. En 1986 fue destinado a la Representación Permanente de España ante las Comunidades Europeas como adjunto y en 1991 se le reclamó de vuelta en Madrid para ocupar la Secretaría General para el mismo ámbito. Tres años más tarde, volvió como embajador ante la UE, donde permaneció hasta 2000. Su implicación en Europa ha sido directa y ha negociado desde la incorporación de España al Espacio Schengen a los Tratados de Maastricht y Ámsterdam. Ahora acaba de publicar «La India, ¿potencia mundial? ¿Tigre o pavo real?» (editorial Cuadernos del Laberinto) sobre sus recuerdos como jefe de misión en aquel país entre 2011 y 2012.
¿Se está quedando sola España por ese afán de ir siempre a la contra?
Sí, pero no es que nos estemos quedando solos porque sí. Es que cada vez que surge un conflicto, el Gobierno lo analiza casi exclusivamente en función de sus intereses de política interior. Eso se ha visto en América Latina, donde el enfrentamiento es casi inmediato si el interlocutor no encaja con su marco ideológico o con sus necesidades internas. Y en Europa han ido provocando tensiones con todos los grandes: Meloni, Merz, Macron —con quien no se lleva tan bien como parece—, los ingleses… Al final en Bruselas todos se conocen y todos entienden que puedas sostener una posición dura, incluso rompedora en un momento dado. Pero lo que no es de recibo es que no juegues el juego, que no respetes una regla elemental: que a veces tienes que perder. Si no aceptas eso, dejan de contar contigo. Tú sigues en la mesa, sigues votando, sigues estando allí, pero no cuentan contigo de verdad.
¿Cómo está jugando ahí su papel el Gobierno de Sánchez?
Muy mal. Porque el Gobierno de Sánchez lo condiciona todo a la política interior española. Ese es su verdadero criterio. En Bruselas eso se comprende, porque todos los gobiernos tienen condicionantes internos, pero hay que hacerlo con más habilidad, con más templanza y, sobre todo, sin que resulte tan descarado. Hay asuntos en los que está claro que la política interior no puede primar sobre la comunitaria. En la Unión Europea se acepta que todos tienen intereses, se acepta la dureza negociadora e incluso que puedas bloquear si estás defendiendo algo legítimo. Lo que no se acepta es que no respetes la regla del juego. Y la regla del juego consiste en que no puedes ganar siempre. A veces tienes que ceder, sobre todo cuando tus argumentos no son compartidos por la mayoría o cuando sencillamente no tienes fuerza suficiente para imponerlos. Si no aceptas ese principio, te van apartando.
Está claro que la UE ha dejado de contar con España.
Sí. No han convocado a nuestro presidente en determinadas reuniones, se han formado grupúsculos de los que España ha quedado fuera, y se ha ido generando una dinámica muy preocupante tanto en la OTAN como en la Unión Europea. Yo, en 46 años de profesión, no había visto algo como lo que pasó en la OTAN. Si tú no aceptas el 5%, perfecto: dilo en la sala. Di que España no puede asumir ese compromiso porque tiene otras obligaciones con sus ciudadanos en sanidad, educación o lo que sea. Habrá bronca, por supuesto, pero se entiende. Lo que no puedes hacer es callarte, firmar un documento y luego, al salir, desmarcarte ante tu prensa o mandar una carta al secretario general diciendo que no aceptas lo que acabas de firmar. Eso destruye tu fiabilidad. Y si no eres de fiar, has perdido lo esencial.
Pero de alguna forma le está rentando. Está cosechando elogios, no solo desde medios anglosajones de izquierda sino incluso de centro o de centro-derecha.
Sí, pero eso responde a lo que Felipe González llamaba "la teoría del paraguas". Tú abres el paraguas con una posición que otros no quieren defender en voz alta y varios se meten debajo. Pasaba cuando España defendía la cohesión y debajo estaban portugueses o irlandeses. España daba la cara y los demás se beneficiaban. Aquí ocurre algo parecido. Hay quienes aprovechan la posición española para cubrirse, o quienes utilizan a Sánchez como ariete contra Trump. Pero eso no mejora nuestra posición real. Y además es un mal negocio que nos utilicen los demócratas norteamericanos contra Trump, porque el problema que tenemos es Trump, no los demócratas.
Usted ha vivido desde dentro la construcción europea y nuestra presencia en las Comunidades Europeas. ¿Cómo ha evolucionado el papel de España?
Al principio, con González y con Aznar, España era un socio absolutamente fiable. Nos respetaban mucho en los Consejos Europeos. Se peleaban muchísimo, no tenían empacho en bloquear consejo tras consejo si entendían que había que defender intereses legítimos, y los demás sabían que esos intereses eran reales, aunque no les gustasen. Eran firmes, duros y europeos, pero no ilusos. No había buenismo. Había una idea clara del interés nacional dentro del marco europeo. Y además había otra cosa muy importante: asumían su responsabilidad y nunca echaban la culpa a sus subordinados cuando algo salía mal. Eso daba mucha cohesión al equipo negociador.
¿Con ellos se trabajaba mejor en Bruselas?
Sin ninguna duda. Eran muy diferentes entre sí, pero tenían rasgos comunes que los hacían muy eficaces: conocían Europa, peleaban de verdad y no confundían ser europeísta con ser ingenuo. Si había que bloquear, se bloqueaba. Si había que ceder, se cedía. Pero todo el mundo sabía a qué atenerse. Había coherencia.
¿Cómo ve la división que se ha manifestado esta semana?
Los Estados miembros siempre han tenido opiniones diferentes y siempre ha habido debates, discusiones y situaciones de tensión. Eso no es nuevo. En todas las negociaciones se producen. Lo que sí es insólito es que las propias instituciones estén absolutamente divididas, defendiendo posiciones que no siempre se corresponden con los tratados y que responden más bien a planteamientos personales de los titulares de cada puesto.
¿Nunca había pasado algo así?
El espectáculo entre Von der Leyen y Costa fue bastante revelador. La Comisión tiene muchos poderes, pero no los tiene todos, ni mucho menos. Y Costa estuvo bien recordándole cuál es su papel, porque la Comisión es la guardiana de los tratados, es decir, del Derecho. Si la Comisión cree que el Derecho puede quedar subordinado a la imposición de los fuertes, o a coyunturas de fuerza, entonces estamos aviados. La Comunidad Europea nació como una comunidad de derecho. Todo se guía por él y si eso se rompe se resiente la base misma del proyecto europeo.
¿Cómo ve el acuerdo de Gibraltar?
El acuerdo tiene una naturaleza mixta porque afecta a competencias comunitarias, sí, pero también a competencias estatales esenciales, y entre ellas está la cuestión de la frontera. Bruselas no tiene competencia para definir o modificar una frontera física. Por eso ese acuerdo tendría que llevar necesariamente la firma de España y tendría que respetar nuestra posición jurídica sobre el istmo y sobre el territorio ocupado ilegalmente. Si no es un acuerdo mixto ratificado como tal, no respeta la legalidad vigente. Y ese es el problema de fondo.
Le quería preguntar también por India, protagonista de su último libro. Junto con China, se ha convertido en uno de los nuevos focos de la política exterior española.
A mí ese planteamiento me parece bastante infantil. India es un país importantísimo y su diplomacia pública funciona extraordinariamente bien. Ha sabido vender al mundo la idea de que será la gran potencia del futuro. Pero una cosa es reconocer su peso y otra presentar a India o a China como una alternativa seria a nuestros intereses estructurales en Estados Unidos, América Latina o Europa. No lo son. Económicamente no tiene sentido. En India hacemos mucha maquila, mucha implantación industrial aprovechando mano de obra más barata y determinadas facilidades, pero eso no sustituye ni de lejos nuestro marco principal de relaciones económicas y estratégicas. Además, India tiene enormes debilidades internas: infraestructuras muy precarias, una burocracia pesadísima, una participación laboral femenina bajísima, tensiones religiosas, conflictos con vecinos y enormes lastres sociales. Tiene potencial, claro, pero no es la panacea ni mucho menos una alternativa al eje transatlántico y europeo.
¿Cómo ve la proyección internacional de India?
India, con Modi y con su ministro de Exteriores, Jaishankar, sigue una política exterior muy pragmática, basada en la llamada autonomía estratégica. Es decir, actúa siempre en función de sus intereses y no de afinidades ideológicas. Por eso puede mantener una rivalidad con China y, al mismo tiempo, compartir espacio con ella en los BRICS, o firmar acuerdos con Estados Unidos, Japón y Australia en el Quad. Esa flexibilidad es hoy una de las claves de su proyección internacional.
¿Qué es lo que más te llamó la atención de ese año en India?
Su diplomacia pública. India ha sabido vender muy bien su imagen de potencia emergente y está obsesionada con proyectar la idea de que será una gran potencia mundial. Ahí son muy eficaces. La narrativa la han vendido muy bien, pero la realidad es más compleja. India tiene un enorme potencial, pero también muchos lastres: pobreza, baja renta per cápita, burocracia, déficit de infraestructuras, castas y fuertes desigualdades.
¿Cree que ha cambiado mucho la diplomacia española?
Sí, y no para bien. España es una potencia media, con recursos importantes pero limitados. En política exterior necesitas información, anticipación y trabajo en equipo. Antes de actuar tienes que saber lo mejor posible qué van a hacer los demás y qué alternativas hay encima de la mesa. Si no hablas con los demás, si no te reúnes con tu gente, si no trabajas escenarios, no haces bien tu trabajo. Y hoy eso se ha deteriorado mucho. Me dicen que en el Ministerio no hay reuniones reales de trabajo, que no se escribe casi nada, que la gente se censura hacia arriba y que nadie quiere asumir riesgos. El subdirector que tiene que hacer una nota sobre un viaje evita plantear dificultades, objetivos o propuestas ambiciosas porque teme que eso moleste al escalón superior. El resultado es una administración retraída y acomplejada.