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‘Sea un puente, no un muro’: carta abierta a doña Laura Fernández

Estimada presidenta:

Me unen a usted dos coincidencias que me impulsan a escribir estas líneas. Lo hago con el respeto que su investidura merece, y precisamente, al inicio de su mandato, porque creo que la franqueza de quien comparte una raíz y una formación puede ser motivo de reflexión para usted.

Espero que las particularidades de nuestras historias de vida no sean solo datos biográficos, sino potentes motivos para la toma de conciencia sobre la educación superior pública, especialmente en un momento en el que se requiere de voluntad y escucha para el diálogo sincero.

La primera coincidencia es nuestra procedencia. Nací en Puntarenas, soy cédula 6, igual que usted. Con apenas pocos años de diferencia compartimos el aire de la infancia en Esparza y, como en todo pueblo, el conocimiento de nuestros familiares. Conozco el pulso de esos primeros años, así como la realidad vibrante y a veces dura del pueblo y de la provincia. Sé que usted, al igual que yo, tiene claro que Puntarenas sigue siendo una zona que clama oportunidades genuinas, quizá hoy con más urgencia que nunca.

En mis recuerdos –y estoy seguro en los suyos también– habitan los vecinos honestos, la gente que busca salir adelante. Aquellos que depositan su fe en la educación como el único vehículo real para que sus hijos materialicen sueños que, de otro modo, serían inalcanzables. Usted y yo somos prueba de ello.

Sin embargo, también hay que reconocer, y lo tengo muy presente, a quienes, por diversos motivos, no se les abrió esa ni ninguna otra puerta. ¿Piensa usted en sus vecinos y su gente, señora presidenta? Luego de escuchar su discurso de toma de posesión, estoy seguro de que sí. Esa cédula 6 nos acompaña en cada trámite, y el sabor de un “churchill” o un vigorón es alusión sensorial de un compromiso ineludible con el lugar que nos vio nacer. Usted lo ha dicho bien en su investidura: “puntarenense, a mucha honra”.

Nuestra segunda coincidencia es la formación. Soy científico social, egresado de la Universidad de Costa Rica (UCR), igual que usted. Aunque cursamos carreras distintas, con pocos años de diferencia, nos nutrimos de marcos teóricos comunes, fuimos interpelados por docentes similares y compartimos un espíritu de conocimiento, ese de formación general y humanista que nos ha llevado a crecer como profesionales y, sobre todo, como ciudadanos.

Ambos entendemos –desde la teoría y la práctica– de las desigualdades, de las políticas públicas, de la historia de nuestras naciones, y sabemos que las decisiones trascendentales deben centrarse en el bien común, no en el ahorro cortoplacista.

Vivimos las giras, el contacto directo con las comunidades e instituciones donde la teoría académica se transformaba en soluciones visibles y tangibles para mejorar la cotidianidad de la gente y sus condiciones de vida. Esto era posible por los proyectos de los que participábamos como estudiantes, pero también con los trabajos finales y los análisis que procurábamos en cada curso. ¿Se le olvida ese conocimiento, señora presidenta? Estoy convencido de que no. En su narrativa, cuando la escucho, se perciben esos conceptos interiorizados, referentes necesarios para comprender el entorno. En usted, al igual que yo, el conocimiento adquirido es una certeza de que el mundo puede y debe ser distinto.

De Esparza a la UCR hay un camino extenso que no se recorre solo. Para nosotros (usted, yo, sus familiares y nuestros conocidos), ese tránsito fue posible gracias a un sistema robusto de becas, a la regionalización y a una visión integral de la educación.

Llegar a la universidad no se trata solo de sentarse en un aula, se trata de la investigación que resuelve problemas regionales y nacionales, de la acción social que acompaña a las comunidades y genera apoyo para los más vulnerables, de los beneficios innumerables que no se cuantifican y que las universidades le aportan a Costa Rica. ¿Se imagina usted, señora presidenta, a nuestro país sin el aporte y el compromiso de la Universidad de Costa Rica? Tengo la confianza de que no, porque ambos sabemos que, detrás de la UCR, hay una historia de oportunidades que abren puertas a personas, familias, comunidades y al país entero. Así lo reconoce usted al seleccionar muchos currículos en su gabinete, personas que, como usted y como yo, ostentan orgullosamente títulos de nuestra alma máter, testimonio de que las universidades han sido el motor del desarrollo nacional.

Y es que, como usted lo ha dicho, sus apellidos no fueron esculpidos en vitrinas de poder, así como tampoco lo fueron los míos. Por eso, ambos sabemos lo injusto que resulta que los privilegios y las oportunidades queden reservados para unos pocos; y sabemos, también, que las oportunidades son, en efecto, fruto del trabajo duro, pero requieren alternativas reales e instituciones capaces de abrir caminos, ensanchar horizontes y sostener el progreso del país.

Por lo anterior, me preocupa profundamente el rumbo que ha tomado la discusión sobre el Fondo Especial para la Educación Superior (FEES). No podemos ignorar que ese es el corazón financiero que permite que la UCR y las demás universidades públicas lleguen a las regiones y avancen con sus proyectos. Usted ha señalado que posee “la madurez para reconocer lo que está bien”, entonces, le pregunto con total sinceridad: ¿está usted dispuesta a desfinanciar la universidad que nos permitió estar donde estamos?

Los datos nos confrontan con la realidad: la inversión en educación superior no es un gasto; es el cimiento de la movilidad social. En las sedes regionales de la UCR, como la Sede del Pacífico, a la vuelta de la casa de sus padres, el porcentaje de estudiantes con beca socioeconómica suele superar el 70%. Reducir o estancar el FEES, sin considerar la inflación o las necesidades de crecimiento es, en la práctica, cerrar las puertas de la universidad a los jóvenes de Esparza, de Puntarenas y de cada rincón periférico del país. ¿Sería usted capaz de limitarle a la juventud de nuestra tierra y de las regiones las oportunidades que nosotros sí tuvimos?

La autonomía universitaria y el financiamiento constitucional no son privilegios: son salvaguardas democráticas; usted como politóloga, lo sabe. Estoy seguro de que usted, que cree en rendirle cuentas al pueblo y en servirle a ese patrono, no limitará el diálogo a cifras frías y a “listas de supermercado”, sino a una negociación sensible sobre el tipo de país que queremos ser y el apoyo que quiere darle a un pueblo que, como el suyo, requiere de las universidades.

Recuperar nuestra grandeza nacional pasa por tener la voluntad política de fortalecer, y no debilitar, el apoyo que las universidades brindan al Estado. El amor por esta tierra se demuestra reconociendo que ese “compromiso inclaudicable con Dios y con Costa Rica” no se resuelve quebrando la educación superior pública ni confrontando a las instituciones del Conare. Las universidades, como usted, siempre hemos estado dispuestas a “…trabajar con lealtad, con honestidad, con convicción y con esfuerzo que no conoce descanso”. Así lo hemos hecho en la UCR por 86 años. Usted lo sabe y lo ha vivido.

Señora presidenta, desde su posición, su experiencia personal y profesional, usted tiene hoy la oportunidad histórica de ser un puente, no un muro. El Estado costarricense no se basta a sí mismo; necesita el brazo técnico, científico y humano de sus universidades para enfrentar los desafíos de la seguridad, la educación, la salud, la desigualdad económica y el cambio climático.

Usted tiene hoy la posibilidad de un gran camino que se le abre como mandataria de la mano de las universidades. La insto, con la mayor vehemencia, a buscar diálogo y consensos. No permita que la retórica de la división nuble su perspectiva de largo plazo. La búsqueda de la eficiencia es necesaria, y las universidades hemos mostrado apertura, pero eso no se puede lograr cercenando el desarrollo que generamos. Imagínese la gran oportunidad que se abre en nuestro Esparza con el traslado de la Sede del Pacífico a Nances, para que más estudiantes de nuestra región, de ese 6 que llevamos en la cédula, vean a la UCR como una posibilidad real en su propia comunidad.

No limite al país privándolo de sus mejores mentes. No se limite usted la posibilidad de dejar un legado de fortalecimiento de la educación y la regionalización. Los dos sabemos, por lo que vivimos y estudiamos, cuál es el lado correcto de la historia. Mi invitación es cordial pero vehemente: acérquese a la academia, escuche a los jóvenes que hoy tienen los mismos sueños que nosotros tuvimos, y construyamos juntos un futuro basado en la educación de calidad.

Costa Rica espera de usted la sensibilidad de la niña de Esparza y la visión de la científica social de la UCR, aspectos claves para que sus decisiones reflejen siempre el compromiso con la verdad, la justicia social y el agradecimiento de quien tuvo la oportunidad de estudiar, debido al apoyo del Estado a través del FEES, en la mejor universidad de la región y una de las mejores de América Latina.

Jáirol Núñez Moya es vicerrector de Docencia de la Universidad de Costa Rica (UCR).

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