Épica y toreo sobrenatural bajo un diluvio bíblico
No cabía un alfiler en el callejón ni en los tendidos. En la sombra se clavaban los anteojos a las retinas para localizar al amigo que solo había encontrado entradas de sol en la reventa. Imposible divisarlo: era más fácil avistar una vela blanca en el horizonte que descubrir el rostro del conocido en medio de aquella marea humana. Se anunciaba la Corrida de Beneficencia, sin más Rey que Roca, y se palpaba en el ambiente derramado sobre la piedra: abanicos de marfil, perlas como lágrimas de virgen y aroma a Chanel y habano viejo. Sin embargo, antes de las ocho aquel olor se transformó en el de tierra mojada. El cielo se encapotó y sopló un viento con ecos... Ver Más