Alfonso Bullón de Mendoza: «Es un peligro que cierto catolicismo se encuentre a gusto dentro de su cueva»
A Alfonso Bullón de Mendoza (Madrid, 1963) le queda algo menos de un mes como presidente de la Asociación Católica de Propagandistas (ACdP) y de la Fundación Universitaria San Pablo CEU . Los ocho años en el cargo de este catedrático de Historia Contemporánea que, por cierto, han coincidido de pleno con la era sanchista, serán recordados como un periodo fecundo en el que la marca CEU no ha parado de crecer y consolidarse como uno de los grandes referentes educativos en España. Pero también ha sido una etapa de modernización para los propagandistas con apuestas como la ya archiconocida Fiesta de la Resurrección . Antes de 2023, ¿alguien se hubiera imaginado a los Gipsy Kings celebrando la Pascua en mitad de Cibeles ante 85.000 personas? Tranquilo y satisfecho con el rumbo que ha tomado la asociación, a Bullón de Mendoza le apetece ahora poder centrarse en aquello que siempre ha seducido a los historiadores, «esa gente rara a la que lo que de verdad le gusta es ir a la biblioteca y tirarse el máximo número de horas consultando archivos lóbregos y oscuros». Valiente y con precisión académica, responde a ABC sobre el mundo educativo, las obsesiones del Gobierno o el momento que vive la comunidad católica española. — El CEU ha aumentado en un 45,49% el número de alumnos en toda España desde el curso 2019-2020 al 25-26. ¿Cree que ha cambiado a mejor la percepción de los españoles de la universidad privada? —Sí, quizá puede haber algo de ello, pero creo que en el caso del CEU siempre ha existido una buena percepción de la sociedad española. Es verdad que cuando se han ido creando universidades privadas se ha sentido que unas podían ser mejores que otras, pero en el caso del CEU considero que siempre hemos tenido una imagen muy estable, muy buena. Lo cierto es que las privadas tienen más capacidad de adaptarse con rapidez a los cambios y eso la sociedad lo percibe. Desde ese punto de vista, sí que puede haber habido una influencia. —Por el contrario, la universidad pública no gana estudiantes. ¿Qué puede estar ocurriendo? —Es un tema difícil de explicar y tendría que ver con diversas cuestiones. Por un lado, muchas veces creo que la gente tiene la sensación de que en una universidad de iniciativa social se cuida más al alumno. Los currículums dentro de la universidad pública dependen fundamentalmente de la labor investigadora de los profesores, lo cual puede hacer que éstos no presten tanta atención al alumno como sí se hace en una universidad de iniciativa social, donde, independientemente de que se trate de mantener un buen nivel investigador, siempre se hace mucho hincapié en que la persona está en el centro. —Fueron la única gran universidad privada en España que recurrió el decreto 'anti-chiringuitos' de Sánchez, que trata de endurecer los requisitos para abrir nuevas privadas. ¿Por qué creyeron que debían hacerlo? —En julio del año 21 ya hubo una modificación de los requisitos para crear y mantener universidades. Lo hizo el ministro Castells con un director general de universidades que era Pingarrón. Ambos eran buenos técnicos y por eso el texto pasó bastante desapercibido. Sin embargo, el decreto que ha planteado el ministerio actual se dedicaba en los diez primeros folios del preámbulo a poner verdes a las universidades de iniciativa social. Su preocupación máxima era que en esos momentos representaban ya un 33% del alumnado universitario y argumentaban que eso podía ir en contra de la cohesión social de España. —¿Qué puntos en concreto del texto consideran más desafortunados? —El decreto no nos gusta nada porque impone una visión unificadora. Es decir, todas las universidades tienen que amoldarse al modelo de las universidades públicas españolas. Posiblemente, las de iniciativa social somos las que más nos parecemos a las públicas en la importancia que damos a la investigación y en otros aspectos. Pero para entender que esa uniformidad no garantiza la calidad basta mirar al sistema de Estados Unidos, que es mucho mejor que el nuestro. Allí, cada universidad es de su padre y de su madre. Hay 'colleges' excelentes que ni se plantean impartir doctorado, la investigación les importa un pepino y se dedican simplemente a dar la mejor formación posible a sus alumnos. Hay otras que priman fundamentalmente la investigación, con un nivel altísimo que aquí no lo tiene nadie. Es un sistema de gran calidad y muy variado. ¿Por qué a una universidad orientada al mundo profesional le exigimos un porcentaje determinado de profesores doctores como si fuera una universidad tradicional? ¿Por qué tiene que tener tres áreas de conocimiento? ¿Y si quiere tener sólo una? Si nosotros queremos crear una universidad que esté centrada sólo en humanidades, ¿por qué no la vamos a poder abrir? ¿Es mejor una universidad cuando supera los 4.500 alumnos? Es absurdo y va en contra de la libertad educativa. —¿Cuál ha podido ser la motivación del Gobierno para iniciar esta cruzada contra la privada que ahora continúa con un nuevo decreto contra la FP? —Este Gobierno suele buscar todo aquello que crispe para ayudarles a mantenerse en el poder. Y, además, tiene un miedo a la competencia realmente espectacular. Lo que esperamos es que después de este Gobierno venga uno que tenga unas ideas más claras sobre cómo debe ser el funcionamiento de una sociedad libre y, por lo tanto, aspiramos a que estas medidas sean derogadas lo antes posible. Nuestra historia contemporánea española es complicada, muy movida, llena de conflictos civiles, pero si hay algo de lo que podríamos estar orgullosos es del espíritu que impregnó la Transición. Desde la época de José Luis Rodríguez Zapatero nos encontramos con el mensaje de que la concordia estuvo muy mal. Es volver al año 39 simplemente variando quiénes eran los buenos y quiénes los malos, algo que ya había superado la sociedad española. —Cambiando de tercio, la visita de León XIV a España ha sido histórica. No sé si le ha sorprendido ver a Sánchez aplaudir el discurso del Santo Padre en el que, además de defender la libertad educativa, condenó el aborto y la eutanasia. —Realmente tenía tenía curiosidad por saber cómo reaccionaría el Congreso y cuál sería el mensaje del Papa . León XIV hizo un discurso absolutamente impecable, dijo todo lo que tenía que decir y, por así decirlo, entró en todos los charcos. La forma y fondo fueron perfectas y, por ese motivo, le aplaudieron todos, sin embargo, apareció un cierto elemento de inconsistencia en algunos de esos aplausos. —Este año hemos hablado mucho del resurgir de la fe en los jóvenes. ¿A qué cree que se debe este repunte y en qué momento cree que se encuentra la comunidad católica en nuestro país? —Yo creo que la comunidad católica en España está en un buen momento. Es evidente que en las últimas décadas ha habido un retroceso del porcentaje de personas que se declaran católicas. Sin embargo, ha ido aumentando el grado, por así decirlo, de militancia o de no tener miedo a expresar la propia fe y eso se nota. Hoy se ve a los católicos mucho más activos, más entusiastas, mucho más deseosos de compartir su fe con los demás. Han aparecido fenómenos como el de Hakuna o, en nuestras universidades, se ve cómo cada vez más alumnos, ya adultos, se bautizan o se confirman. No se trata de una recristianización masiva de la sociedad sino más bien de que los católicos tienen cada vez menos complejos. Durante mucho tiempo parecía que la religión era para guardarla en casa. El católico podía pensar lo que quisiera, pero aquello no podía tener la menor traslación a la política, lo cual no tenía ni pies ni cabeza. Todo el mundo tenía derecho a poder defender sus creencias en la vida pública, menos los católicos. Eso ha cambiado y España ya no cree que la religión sea para guardarla en casa. —Otro de los grandes hitos de su presidencia ha sido la Fiesta de de la Resurrección. ¿Cree que ha servido para que los encuentros entre católicos se vean de otra forma en España? —Hay que decir también que la Fiesta de la Resurrección no la hemos concebido como una fiesta solo para católicos, sino que lo hemos hecho como una fiesta abierta. Es decir, los cristianos tenemos una gran alegría por el hecho para nosotros más importante de la historia que es la resurrección de Cristo. Porque, como dice San Pablo, «sin la resurrección de Cristo nuestra fe carecería de sentido». En esa fiesta hay, desde el primer momento, grupos que hacen música religiosa, como puede ser Hakuna, y que la fiesta comienza siempre con una bendición. Pero también vienen grupos de música de carácter profano como Boney M. o los Gipsy Kings. —¿Qué le diría a aquellos católicos que se sienten incómodos con este tipo de eventos por pensar que se acercan más a lo evangélico? —Hay que tener en cuenta que estas fiestas tienen un carácter ecuménico. En la pasada edición cantó uno de los grandes referentes de la música evangélica. En la anterior, nos trajimos a un grupo de Londres entre cuyos componentes había tanto católicos como no católicos. Hay que recordar, además, que se trata simplemente de una fiesta, no es una ceremonia religiosa, no está concebida como tal. Es un peligro que cierto sector del catolicismo se encuentre a gusto dentro de su cueva. Yo creo en la Iglesia que plantea el Papa Francisco, una iglesia en salida, era algo muy necesario dentro de la sociedad actual para dar a conocer cuál es el mensaje cristiano. — Echando la vista atrás, ¿qué le enorgullece especialmente de estos intensos ocho años? —Creo que, de forma general, ha sido una muy buena época para la asociación. Desde el punto de vista educativo hemos crecido mucho pues nuestros colegios también han aumentado en número de alumnos, lo cual es especialmente difícil en un momento demográfico como el actual. Hace sólo unas semanas, por ejemplo, inaugurábamos el centro universitario Beato Luis Belda en Baleares, que servirá para retener el talento de profesionales sanitarios en las islas. También hemos recuperado la presencia en medios, que es algo muy propio de la ACdP desde el principio de su historia y, creo, con bastante éxito. El Congreso de Católicos y Vida Pública, la Fiesta de la Resurrección... me encanta pensar que todo ello contribuye a ver a los católicos no como unos señores que están siempre protestando u oponiéndose a todo, sino que salen a la calle a compartir su felicidad.