Por qué el dólar sigue tan bajo y qué puede hacer Costa Rica antes de que sea demasiado tarde
En una entrega anterior (La Nación, domingo 28 de junio) describimos cómo el colón fuerte no es accidental: es el resultado predecible de un modelo exportador exitoso cuyo superávit de divisas aprecia la moneda, de una gestión de deuda que favorece un colón apreciado y de la ausencia de mecanismos que protejan al turismo y a la agricultura del choque apreciatorio.
Este artículo examina tres elementos adicionales: el eurobono, la lección irlandesa y la pregunta sobre la dolarización, y concluye con las acciones disponibles.
El eurobono que nadie pide: cuando la política fiscal agrava el problema cambiario
Si quedaba alguna duda de que la gestión de deuda externa opera como un instrumento cambiario de facto, el debate del 25 de junio de 2026 la despeja.
El gobierno impulsa en la Asamblea Legislativa un proyecto para autorizar $13.500 millones en eurobonos en nueve desembolsos anuales de $1.500 millones, entre 2026 y 2034. Tres de los economistas más reconocidos del país reaccionaron con alarma inmediata.
Fernando Naranjo, exministro de Hacienda, calificó la propuesta de “una locura”: “Ningún país del tamaño y con el nivel de ingreso de Costa Rica ha hecho una propuesta de esa naturaleza. Más bien sería muy negativo en estos momentos, cuando ya se conoce internacionalmente –porque así lo ha manifestado el FMI– que existe un deterioro fiscal que el gobierno no quiere resolver”.
Norberto Zúñiga, de Ecoanálisis, señaló que el gobierno ya dispone de cerca de $5.000 millones ociosos en el Banco Central, con un costo financiero de ¢50.000 millones anuales según la propia entidad monetaria.
Rodrigo Cubero, expresidente del Banco Central, advirtió de que un solo desembolso adicional de $1.500 millones “podría seguir presionando a la baja el tipo de cambio, en momentos en que la apreciación del colón está generando efectos perjudiciales para la economía, particularmente en sectores dinámicos e importantes para la generación de empleo”. Y agregó: “Dicho efecto sí existe”.
La lección irlandesa: por qué la moneda importa, y por qué no hay atajo
Irlanda y Costa Rica comparten un perfil sorprendentemente similar: economías pequeñas y abiertas, de unos cinco millones de habitantes, profundamente dependientes de multinacionales en tecnología y Ciencias de la Vida, con exportaciones que pesan muy por encima de su tamaño poblacional.
La diferencia decisiva es monetaria: el euro diluye el impacto de cualquier éxito exportador irlandés dentro de una zona de 350 millones de personas.
En Costa Rica, ese mismo éxito se refleja, sin dilución, en una apreciación bilateral del colón que golpea directamente al turismo y la agricultura.
Primera lección: El diseño del régimen cambiario no es neutro. Un país puede ser víctima de su propio éxito exportador si no tiene forma de aislar a sus sectores más vulnerables del choque apreciatorio que ese éxito genera.
En Irlanda, el sector farmacéutico puede tener un año récord sin quitarle un punto de competitividad a un hotel en Dublín. En Costa Rica, el éxito de la zona franca y el sufrimiento de un hotel en Guanacaste están conectados por el mismo tipo de cambio, sin ningún mecanismo que los desacople.
Segunda lección: La opacidad en los flujos intercompañía infla artificialmente la presión apreciatoria. En Irlanda, la regulación bancaria europea obliga a registrar las salidas de utilidades multinacionales en la balanza de pagos –salidas netas de 35.200 millones de euros en un solo trimestre de 2023–. En Costa Rica, gran parte de esa extracción ocurre vía pagos intercompañía (regalías, precios de transferencia) que se liquidan directamente en dólares entre cuentas en el exterior, sin pasar por Monex. El primer reporte obligatorio de precios de transferencia para zona franca apenas se exigió para el ejercicio 2024. Transparentar y gravar adecuadamente esos flujos no es solo una cuestión tributaria: es también una cuestión cambiaria.
Tercera lección: El éxito de Irlanda no fue la moneda por sí sola, sino la combinación de moneda, instituciones sólidas y consenso político sostenido. Adoptar unilateralmente el dólar no le daría a Costa Rica ninguno de los colchones institucionales que Irlanda recibió al integrarse a la Unión Europea. Un cambio de moneda sin esa base no es un atajo; es un espejismo.
¿Debería Costa Rica dolarizar?
Dado el desgaste del colón y la dolarización informal que ya existe –ahorro, crédito y precios turísticos en dólares–, es una pregunta legítima.
A favor: eliminaría el riesgo cambiario para empresas con ingresos en dólares, formalizaría una dolarización que, de facto, ya es muy alta y tendría un impacto positivo sobre la competitividad.
En contra: eliminaría al Banco Central como prestamista de última instancia; implicaría pérdida de señoreaje; trasladaría el costo del ajuste ante choques externos íntegramente a salarios y empleo, y congelaría de forma permanente el tipo de cambio actual sobrevalorado, eliminando para siempre la posibilidad de recuperar competitividad mediante un ajuste futuro.
La dolarización no debería descartarse de plano, pero tampoco adoptarse ahora, ni a este tipo de cambio. Si alguna vez llega a estar sobre la mesa, debería ser después de un realineamiento hacia una tasa más competitiva.
¿Qué se puede hacer?
Las opciones disponibles en el corto plazo son limitadas pero reales, ordenadas por velocidad de implementación:
● Bajar la tasa de política más y más rápido. El FMI sostiene que la tasa real está por encima del nivel neutral. El Banco Central no necesita nueva doctrina: necesita seguir la lógica que ya aceptó, en lugar de pausar el ciclo de bajas ante el primer ruido externo.
● Intervención esterilizada del BCCR. Comprar dólares en Monex para contener la apreciación excesiva, mientras emite instrumentos de corto plazo para absorber la liquidez en colones resultante. Las reservas ya están en niveles récord.
● Suspender las nuevas colocaciones de eurobonos. Como lo advierten Naranjo, Zúñiga y Cubero, el gobierno no necesita ese financiamiento: ya tiene $5.000 millones ociosos. Cada desembolso adicional de $1.500 millones profundiza la apreciación que destruye los empleos cuyos impuestos financian esa misma deuda.
● Transparentar y gravar los pagos intercompañía de zona franca. El primer reporte de precios de transferencia para el ejercicio 2024 es un primer paso. Su efectiva aplicación y el diseño de una carga contributiva mínima sobre esos flujos deben ser el siguiente.
● Extender cobertura cambiaria a pymes turísticas y exportadores. Los contratos forward existen en principio, pero son inaccesibles para pequeños operadores. Un mecanismo público-privado de cobertura básica haría más por su supervivencia inmediata que casi cualquier otra medida individual.
La conclusión honesta
El colón fuerte no es un accidente, ni es simplemente “el mercado” haciendo lo que los mercados hacen. Es el resultado predecible de un modelo exportador genuinamente exitoso, de una gestión de deuda que favorece el servicio barato en dólares y de un mecanismo de extracción de utilidades multinacionales que nunca aparece como salida formal de divisas.
La reforma estructural –infraestructura, tribunales, educación, mercados de crédito y la burocracia que frustra a todo inversionista– sigue siendo la única respuesta duradera.
Pero toma años que el margen político actual quizá no pueda dedicarle a la competitividad. Mientras esa capacidad no exista, la política monetaria y cambiaria son las únicas palancas suficientemente cercanas para evitar que la hemorragia se convierta en ruptura. Costa Rica debería usarlas, de forma deliberada y transparente, mientras todavía tiene las reservas, la credibilidad y la paz social para hacerlo.
Esperar a que el mercado haga lo que ya les está haciendo al turismo y la agricultura no es una estrategia. Es una rendición.
gbreymann@tech-point.net
Guillermo von Breymann es fundador de Banco Banex, Cinde y el complejo Multiplaza/Camino Real. Ha trabajado en banca y desarrollo inmobiliario de gran escala en Costa Rica desde la década de 1970.