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Quemar las naves puede ser el primer paso hacia el éxito

La Anábasis o Expedición de los Diez Mil, obra clásica escrita por el historiador Jenofonte hace más de dos mil años, relata cómo unos mercenarios griegos se adentraron en el Imperio persa y tuvieron que emprender una épica y peligrosa retirada para volver a su tierra tras la muerte de su líder. Transportaban carros y tesoros de diversas campañas. Jenofonte, quien asume el mando en un momento crítico, se plantea cómo marchar con la mayor seguridad posible. Cómo luchar con la mayor eficacia. Decide quemar los carros y las tiendas. No tenían utilidad alguna para combatir. Decide desprenderse de todos los bagajes superfluos y quedarse con aquello que solamente era necesario para la guerra, para comer y beber. Así dispuso de un mayor número de hombres sobre tierra y agua, al reducir los dedicados a transportar. Los griegos lograron pelear y sobrevivir, recorriendo más de 2.000 kilómetros hasta el mar Negro. Finalmente, llegaron a su tierra.

Se dice que Alejandro Magno consultó esta obra, una de las mayores epopeyas de la historia, para preparar la campaña que llevó a cabo contra el Imperio persa.

Comprometerse con una decisión, con una meta, concentrar los esfuerzos en una dirección, requiere firmeza, determinación y disciplina. No siempre contamos con garantías de éxito. El logro requiere tomar y medir los riesgos. La incertidumbre ha hecho personas valientes. Relata una antigua leyenda que Alejandro Magno, hacia el año 335 a. C., llegó a las costas de Fenicia y se encontró con un ejército tres veces mayor que el suyo. Decidió incendiar sus naves para que ningún soldado sintiera la tentación de huir. Salió victorioso. Algo similar le sucedió a Hernán Cortés, conquistador de México, en 1519, cuando hundió sus naves, para evitar que sus soldados pudieran dar marcha atrás. Tenían por delante una dura campaña de dos años. Aquello dio origen a la famosa frase “quemar las naves”. Una señal de no dar un paso atrás. Cortar la retirada. El coraje y la perseverancia son una de las formas más claras de valentía que muestra la historia.

Cuando pareciera que no existe un camino de regreso, suelen descubrirse nuevas rutas, recursos y capacidades. Frente a las metas de la vida, nuestras mayores limitaciones se originan cuando tenemos miedo a intentarlo. Cuando tenemos miedo a equivocarnos. Ahí, nos paralizamos. Pero no conoce el éxito quien no ha atravesado el fracaso. No conoce la primavera quien no ha atravesado el invierno. La peor imprudencia en la vida es no tomar decisiones. Estos relatos traen a mi memoria una frase que algunos atribuyen a Napoleón, otro gran estratega militar: “Las últimas luces vienen con la decisión”. Ese momento de final claridad llega cuando dejamos de dudar y tomamos una decisión, incluso si esa decisión marca el final de una etapa.

hf@eecr.net

Helena Fonseca Ospina es administradora de negocios.

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