No digas nada
Hay cosas que se estropean en cuanto alguien abre la boca. Un anochecer o una buena canción en un concierto son dos buenos ejemplos. Siempre aparece uno que contempla cómo el sol se esconde en el mar y considera imprescindible decir: «Qué bonito». Como si el sol necesitara un comentarista. Nos cuesta quedarnos callados, porque hemos adquirido la costumbre de ponerle palabras a todo. Me interesan mucho esas cosas que paran en seco las conversaciones en una época especializada en lo contrario. Todo tiene comentario o nos exige una reacción u opinión. Nos mandan una fotografía y contestamos con un corazón. Alguien muere y escribimos un obituario. Nace un niño y ponemos una frase. Comemos, viajamos, queremos, nos despedimos y... Ver Más