Rodri, el delirio de un no fichaje
En agosto del 2009, hace una eternidad, mi hermano, mis primos y yo íbamos de camino a casa de mi abuela. Atravesábamos «el desierto» –así llamábamos al secarral que era en esa época la sierra de Madrid, y eso que entonces no hacía tanto calor como ahora– y alguien lanzó una pregunta al aire: «¿Quién creéis que va a marcar el primer gol en Liga?». Yo, irredento, dije que Raúl, por supuesto. Unos días después acerté; fue él quien abrió la lata contra el Dépor. Pero en aquel encendido debate, todo fueron carcajadas. Normal. Ese verano, no en vano, fue el del desembarco de Cristiano Ronaldo, Kaká y Benzema. Dos balones de oro y una joven promesa a la que Florentino Pérez fue a buscar a Bron, 'el Bronx de Lyon'. En los últimos días, diecisiete años después, ha vuelto a mi memoria esa conversación. En mi mente la revivo con nostalgia y con una sensación extraña. Hubo un tiempo, pienso, en que verano y madridismo eran sinónimo de ilusión. Ya no. Tras dos temporadas en blanco, sin grandes títulos que celebrar y con lagunas evidentes en la parcela deportiva, el mercado de fichajes madridista resulta desconcertante. En los laterales han llegado dos incorporaciones obligadas: Dumfries, tras el adiós de Carvajal y la decepcionante primera temporada de Trent, y Cucurella, con la complicada misión de que el Bernabéu deje de suspirar por el recuerdo de Roberto Carlos y Marcelo, dos leyendas. El club ha reforzado la zaga con Konaté, arriba ha atado a un buen actor secundario, Carlos Espí, aterriza Bernardo Silva, todo clase y gran noticia si recupera su mejor versión, y en el extremo derecho, el de un Rodrygo lesionado e irregular y un Brahim que no se asienta en la titularidad, ha desembolsado 140 millones de euros por un hasta ahora desconocido como Diomandé . Cuando Florentino Pérez se comprometió a hacer una oferta millonaria por un galáctico si ganaba las elecciones, para contrarrestar las promesas populistas de Enrique Riquelme, nadie se imaginó que Diomandé se iba a convertir en el fichaje más caro de la historia del club. El troleo al Atlético –y al Barça– con el órdago por Julián Álvarez fue divertido, lo admito, pero con el Mundial de por medio, la imaginación se iba a Haaland, a Olise. Ninguno de los dos, salvo sorpresa y enmienda a la totalidad a este artículo, vestirá de blanco la próxima temporada. Pero ese no es el drama. El único consenso en el madridismo a día de hoy, probablemente, sea que desde la retirada de Kroos –ahora gurú espiritual al que en los despachos blancos deberían escuchar más–, adolece de poco fútbol. Falta inteligencia en el centro del campo, un motor. Quizá uno vea señales donde no las hay, pero hombre, cuando un chaval de Madrid desliza que se quiere ir del Manchester City para cumplir un sueño y en plena celebración mundialista entona sin complejos un «¡viva el Rey!», no sé, ¿será que Rodri quería jugar en el Real Madrid? Tras semanas de rumorología, el cerebro de la selección española, el balón de oro del Mundial, el jugador por el que se explica todo, no ficha por el Real Madrid, no, sino por el Barça. Decía Valdano estos días, con toda la razón, que en el Madrid el centrocampista habría supuesto una revolución. Una revolución necesaria, añado. En el Camp Nou, más allá de consolidar una idea, sube el nivel. ¿Quién sabe? Quizá Diomandé sea el próximo 'crack' del fútbol, pero cuanto menos es una operación de riesgo. Ahora, no pagar 75 millones de euros por Rodri, con los ojos cerrados, es un delirio. Y yo me pregunto: ¿qué ilusiona ahora a los chavales de quince años?