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La escuela y la jauría, por Diego Alonso Sánchez

El caso del Liceo Naval ha reavivado una preocupación que trasciende a esta comunidad educativa. La denuncia de una presunta agresión sexual contra un estudiante por parte de varios compañeros nos enfrenta a una realidad incómoda: la violencia entre escolares existe, adopta diversas formas y con frecuencia permanece invisibilizada. Más allá de las responsabilidades que las investigaciones deberán determinar, este hecho nos obliga a reflexionar sobre el acoso, las dinámicas de poder y la normalización de ciertas conductas dentro de nuestras escuelas.

La violencia se ha convertido en uno de los problemas sociales más graves del país y los colegios no son ajenos a esta realidad. Según la plataforma SíSeVe, del Ministerio de Educación, durante 2025 se registraron más de 19600 casos de violencia escolar en el Perú. Lejos de disminuir, la tendencia se agravó durante 2026: entre enero y agosto se reportaron 11805 casos, la cifra más alta para ese período desde que existen registros.

Lo más preocupante es que más de ocho mil de estos reportes corresponden a agresiones entre estudiantes y que la violencia sexual es la modalidad que más ha crecido, con un incremento superior al 35 % respecto al año anterior. Detrás de cada cifra hay historias de abuso, intimidación, ciberacoso y humillaciones que afectan el bienestar físico y emocional de niños y adolescentes.

 

Cuando la violencia no es ficción

En 1963, Mario Vargas Llosa publicó La ciudad y los perros, y muchos lectores interpretaron sesgadamente que la violencia retratada en el colegio militar era una realidad exclusiva de los internados castrenses. Sin embargo, más de seis décadas después, la novela conserva una inquietante vigencia. Aunque los modelos educativos han evolucionado, aún no hemos logrado construir una cultura escolar donde el respeto, la empatía y el cuidado mutuo ocupen un lugar central.

En la novela, los alumnos más vulnerables son objeto de burlas, humillaciones y agresiones constantes. Quienes no encajan en los códigos de rudeza impuestos por el grupo dominante son aislados y convertidos en blancos fáciles del abuso. La violencia no surge únicamente de individuos agresivos, sino también de una cultura que premia la intimidación, el silencio y la demostración de poder. Quizá estas dinámicas han saltado de la ficción a la realidad.

Debemos entender que estas formas de violencia no solo ocurren en los patios y salones, sino también en los espacios virtuales que acompañan la vida cotidiana de los estudiantes. Muchas veces creemos que nuestros hijos no las sufren porque simplemente no las cuentan. Por ello, el desafío sigue siendo el mismo: reconocer la violencia antes de que se normalice, denunciarla y construir comunidades donde el respeto tenga más fuerza que el miedo.

 

Frenando a la jauría

Si bien los manuales docentes establecen orientaciones claras para prevenir situaciones de violencia, resulta fundamental fortalecer la educación socioemocional y la empatía. Asimismo, es necesario implementar mecanismos eficaces para detectar e intervenir tempranamente ante cualquier forma de violencia, promoviendo una cultura basada en la solidaridad, el respeto y la inclusión. Sin embargo, uno de los aspectos más importantes es garantizar que los estudiantes sepan que pueden denunciar de manera segura y sin temor a represalias.

Desde esta perspectiva, es indispensable promover una cultura de la denuncia y del cuidado mutuo dentro de la comunidad educativa. En ese sentido, el Programa Integral para la Prevención de la Violencia en los Entornos Escolares (PREVI), orientado a fortalecer el autocuidado, la protección entre pares y la construcción de entornos seguros, debe implementarse de manera efectiva para consolidar espacios donde prevalezcan el bienestar colectivo, el respeto y una convivencia saludable.

De igual manera, la Educación Sexual Integral (ESI) constituye una herramienta clave, ya que ayuda a reconocer situaciones de violencia, comprender la importancia del consentimiento y los límites personales, cuestionar estereotipos de género y actuar adecuadamente frente a situaciones de riesgo. Más que reducir su presencia en las escuelas, es necesario fortalecer su implementación como parte de una estrategia integral para construir comunidades educativas más seguras y respetuosas.

No obstante, estos esfuerzos no bastan por sí solos. Aún queda mucho por hacer para prevenir la violencia de manera efectiva y garantizar que las escuelas sean espacios donde todos los estudiantes puedan desarrollarse con seguridad, dignidad y confianza.

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