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Berto Romero tiene 'Cinco minutos más' para dejar de mentir: «La hipocresía sostiene la vida en sociedad»

Abc.es 
La situación de partida es sencilla. Los que llegan a la casa son un matrimonio en crisis, enviado por su terapeuta a pasar un fin de semana de turismo rural para reconectar. Sin embargo, las maletas que acaban de sacar del maletero vuelven a estar dentro. Las llaves que uno había pasado al otro reaparecen en el bolsillo del primero. Nadie grita todavía. Acaban de llegar a una casa rural aislada en el campo, y el encargado de la agencia, un Javier Cámara de aire inquietante, les ha entregado las llaves. Ese es el instante en que el mundo entero entra en un bucle: los últimos cinco minutos se repiten una y otra vez, como si saltara la aguja de un tocadiscos. Con ese punto de partida, la primera pregunta de la película no admitía rodeos: qué queda de un ser humano cuando se le quita la promesa del futuro. La respuesta llega enseguida y sin adornos. «Un animal. Sin más», dice Berto Romero, que en esta película, además de protagonista, es guionista. «Un ser humano es un conjunto de esperanzas y de construcciones sofisticadas para vivir en sociedad. Cuando se le quita ese tipo de cosas, se convierte en una bestia». Lo interesante, matizan, es la especie. «La pregunta es en qué animal», se une así Javier Ruiz Cuesta, director del filme: «Cada persona puede convertirse en un tipo de animal: uno más feroz, otro más asustado, otro más aterrorizado». 'Cinco minutos más' pone a tres personajes ante la misma situación extrema y deja que cada uno la afronte a su manera. Lo que buscan es que el espectador, en la butaca, se descubra pensando: «Yo reaccionaría así», y que llegue a justificarse a sí mismo actos que en otro contexto jamás toleraría. Belén Cuesta y Berto Romero interpretan a esa pareja, que en lugar de reencontrarse se queda atrapada con un desconocido en un tramo de tiempo del que no se puede salir. Desde 'Atrapado en el tiempo' (1993), el bucle ha sido en el cine una escuela de mejora: el protagonista repite el día hasta convertirse en otra persona, del piano al altruismo. Lo han recorrido 'Al filo del mañana', 'Palm Springs' o la serie 'Muñeca rusa', y en España, 'Los cronocrímenes' demostró que el género cabía en una casa y cuatro personajes. En 'Cinco minutos más' no hay tiempo para aprender nada, solo para reaccionar. Insisten en que no hay gags. La situación es extrema y la exageración provoca la risa. «Lo que pasa es que a veces cometen actos que te sorprenden, te asustan, lo pasas mal y a la vez te puedes reír, que es lo que tiene el humor negro», clarifica Ruiz Cuesta. Hicieron la película, aseguran, con actuaciones y puesta en escena de tono realista. Lo cómico, según ellos, «se coló solo». No saben cómo va a reaccionar el público; hoy es el primer pase ante espectadores en el Festival de San Sebastián. «Igual a partir de hoy es la comedia del año», bromea Romero. El equipo se conoce bien. Ruiz Caldera y Romero llevan años trabajando juntos: 'Spanish Movie', 'Superlópez', 'Anacleto: agente secreto', 'Tres bodas de más' y 'Wolfgang', además de las series 'Mira lo que has hecho' y 'El otro lado'. Este es, sin embargo, el primer largometraje con guion de Romero. Cámara y Cuesta, ganadores del Goya (él por 'Vivir es fácil con los ojos cerrados' y 'Truman'; ella por 'La trinchera infinita'), completan un reparto en el que Romero, además de escribir, comparte cartel. El bucle, de hecho, puede entenderse menos como una tragedia que como una forma de alivio para el matrimonio. Cuando una pareja atraviesa una crisis, puede aparecer el deseo inconsciente de que algo externo irrumpa y decida por ellos: que pase algo lo bastante grande como para no tener que tomar la decisión de romper, cambiar de vida o reconocer que ya no pueden seguir como hasta entonces. «¿Es el mátame camión? ¿Que caiga un meteorito?», bromean. La idea toca, para ellos, el corazón de la historia: «A veces hace falta que ocurra algo extraordinario para que dos personas puedan empezar a hablar de lo que llevan demasiado tiempo evitando», dice Romero. ¿Y cuál es la máscara que cae cuando los personajes aceptan que el bucle no va a parar? Primero, cuentan, hay un momento de estupor, y ese estupor desbloquea. «Un momento donde todo puede pasar». La primera careta en caer, coinciden, es la de la terapia de pareja. Los personajes llevaban meses trabajando lo que no se decían, y en la situación en la que se han visto envueltos se acaba el trabajo y se dicen las verdades. «Ya hemos sido todo lo sinceros que hemos podido ser. ¿Para qué vamos a mentir más? Estábamos aquí fingiendo que nos respetamos con este señor que era evidente que nos caía mal, y lo primero es: oye, ahí te quedas, vamos a por nuestro hijo», alega Romero. La pareja deja de importar. Importa el vínculo con el hijo. «La hipocresía es el cemento que mantiene vivo el edificio de la vida en sociedad. En cuanto las cosas se tuercen, se quitan las caretas», finaliza el actor y guionista. «La honestidad en exceso no es buena» , dice Belén Cuesta. «La verdad de uno es la verdad de uno; seguramente no sea la tuya, ni la de él». Y explica lo que la diplomacia protege: hay cosas que te encantan de unas personas y otras que no soportas y normalmente no se las dices, porque sería hiriente y porque se acabaría la relación. Ruiz Caldera va más lejos y desconfía de quien presume de sinceridad. «Estas personas que dicen 'yo es que soy muy sincero y digo las cosas a la cara'... a mí esa persona ni siquiera me interesa como amigo. Yo creo que la educación es imprescindible». Y advierte de que vivimos en un mundo en el que se está perdiendo: cada vez se dicen las cosas sin ningún tipo de filtro. A los personajes, cuando el mundo se les para, les pasa igual. ¿Es la película una sátira de una cultura obsesionada con la prisa, la eficiencia y el presente? Javier Cámara, en parte, lo tiene claro: « Nunca pensamos en la muerte. Todos estamos corriendo todo el rato, intentando vivir y quemar etapas y cumplir no sé qué, y visitar países y ver sitios que todo el mundo tiene que ver, y hacer selfies, porque en el fondo nos vamos a morir». Hay una contradicción, señala, en una sociedad que da la espalda a lo importante y que, cuando lo importante le cae encima, reacciona sin preparación. No es una lectura que impongan. Reclaman lo contrario: que la película sea, en palabras de una de las voces, «un espacio abierto para que puedas reflexionar». Como es simbólica y metafórica, «le caben muchas interpretaciones». Habla de la prisa, de la pareja y de la muerte, y habla, añaden, de la incapacidad de reflexionar cuando estás obligado a reaccionar sin tomarte tiempo para superar la reacción. Es un tema que en el país tiene un eco reciente. Ninguno de los entrevistados mencionó el confinamiento de 2020, y sería injusto atribuirles esa intención, pero una comedia negra sobre una pareja encerrada en una casa, repitiendo los mismos minutos, encuentra ese terreno ya abonado. La esperanza que tienen para el estreno es modesta y precisa: que la película genere conversación. «Si la has visto con alguien, lo hablas», dice el director. «Hablar tiene que ser siempre, por supuesto, el último fin que tiene una película».

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