La última estación de Tolstói: la huida que desató el primer circo mediático
Era la madrugada del 27 al 28 de octubre de 1910 cuando uno de los maestros de la palabra escrita, León Tolstói , se dio a la fuga en la gélida Rusia. Abandonó su finca de Yásnaya Poliana como respuesta al cansancio de la vida señorial, la necesidad de autonomía y años de discusiones intensas sobre su testamento con su mujer , Sofía Behrs . Así, fue en la remota estación de tren de Astápovo donde el escritor respiró su último aliento. Alberto Cavallari detalla minuciosamente este suceso histórico en un ensayo narrativo: 'La fuga de Tolstói' (Rosita y Amparo Editores), reeditado este verano. El periodista y novelista italiano, que fue director de 'Corriere della sera' y corresponsal en París, lo describe así: «La huida de la muerte, la huida entendida como rebeldía, la huida entendida como libertad. Interesaba saber cómo huyó Tolstói, no cómo murió». Por eso mismo, Cavallari quiso analizarlo no solo como una especie de biografía histórica, sino como el primer gran circo mediático moderno de la historia. Inspirado en los diarios y cartas del autor de 'Anna Karenina', testimonios y narraciones preexistentes, Cavallari desarma, en apenas 120 páginas, la figura del mito o 'santo', debido a su transformación espiritual en sus últimos años. El motor de la fuga no fue un arrebato repentino, sino el desenlace de una tormenta familiar que llevaba años gestándose, pues las continuas y numerosas discusiones hicieron mella en el matrimonio. «En los cuarenta y ocho años de matrimonio lo había amado con pasión, lo había detestado, había sido generosa y despótica; pero todavía lo quería, y le imponía su amor obsesivo hasta acosarlo». En sus últimos años, el escritor abandonó los lujos y se dio a la vida austera en el campo, en su casa de Yásnaia Poliana . La intención de deshacerse de sus bienes chocó fuertemente con Sofía, que lo impidió, ya que esto representaba la ruina económica de la familia y el despojo del legado de sus hijos. Además, su mujer tenía una mala costumbre de cotillear sus escritos: «Últimamente tenía tres: uno oficial, uno secreto, que escondí en las botas para que mi mujer no lo leyese, y uno desordenado en cuadernos y hojas sueltas». La tensión había alcanzado un punto de no retorno debido a la decisión del escritor de renunciar a los derechos de autor de sus grandes obras para cederlos al dominio público, con lo que hizo su testament o en Crimea a escondidas de Sofía . Solo les quedaría la casa, el terreno y los derechos de la producción previa a 1881 aunque, un mes antes de fugarse, le dio a dos de sus hijos unos diarios secretos que escondía en el forro de la chaqueta. Una noche, descubrió a su mujer fisgoneando entre sus papeles en su estudio y leyendo su diario secreto. Esa fue la gota que colmó el vaso, la decisión ya estaba tomada. Le escribió una carta: «Se me ha hecho insoportable mi situación, la de un hombre que tiene conciencia de lo que le pesa la vida [de los ricos entre los miserables…] y sin embargo sigue viviendo en estas criminales condiciones de lujo insensato en medio de la miseria de todos los que le rodean». Su aventura implicó a su médico, que le acompañó, Dusán Makovicki , y a su hija Sasha , quien se unió más tarde. En su trayecto ferroviario, cayó enfermo de neumonía, con lo que tuvo que parar y descansar en la estación de tren de Astápovo , pero su recuperación no llegó. La noticia de la huida del famoso escritor ruso se filtró casi de inmediato. Periodistas de todo el mundo, fotógrafos y telegrafistas viajaron hasta la remota estación para cubrir la agonía de Tolstói hora a hora. Fue uno de los primeros eventos mediáticos globales de la historia moderna. Allí, el escritor de 'Guerra y paz' murió el 7 de noviembre de 1910 . Cavallari reconstruye con maestría cómo este remoto punto ferroviario se convirtió de la noche a la mañana en el centro del mundo. «Vinieron todos a verlo morir; vinieron los hijos, los médicos famosos, los representantes del gobierno, los amigos tolstoianos, los sacerdotes para reconciliarlo con la Iglesia, los periodistas para describir el acontecimiento. Vino incluso Sofía en un tren especial, pero la familia decidió que no viese a su marido por consejo de los médicos; él supo que estaba y no la hizo llamar». La gran paradoja del ensayo de Cavallari radica en la ironía final del destino de su protagonista . Tolstói emprendió el viaje más solitario de su vida con el fin de escapar de la fama y de los materialismos, y terminó pasando sus últimos días rodeado de flashes, protagonizando el primer acoso mediático global de la era contemporánea.