Crítica de 'Tiempos de ilusión' (***): Tribulaciones y exploraciones de un adolescente de los años ochenta
Los directores franceses Olivier Nakache y Eric Toledano son siempre un valor seguro para echar una tarde de cine con ellos; juntos han hecho películas como 'Intocable', 'Samba', 'C'est la vie', 'Especiales' o 'Un año difícil' y ahora estrenan 'Tiempos de ilusión', una suave comedia que sirve como medio de transporte a dos tiempos irrecuperables, el de la preadolescencia y el de aquellos años ochenta tan provistos de música y encanto y desprovistos de materiales aislantes como teléfonos móviles, tablets y demás. El ojo guasón de los directores se fija en una familia judía y especialmente en su hijo menor, Vincent, de 13 años y que pisa todos los charcos posibles de esa edad. Forman un grupo muy discutidor, el padre con la madre, el hijo menor con el mayor y todos con todos, pero la cámara nos dice que, a pesar de ello, hay buen ambiente. Hay varias pequeñas tramas, la laboral del padre y la madre y sus dificultades económicas, y las del pujante Vincent, al que le asaltan dudas existenciales y religiosas y empieza a vislumbrar los escollos y conflictos que ocasionan las cosillas del corazón cuando se enamora de una niña de su clase y tiene que fabricarse una personalidad más atractiva. Y funciona muy bien en la película y en su historia ese estofado de los dramas adultos que se inclinan hacia la comedia (la pérdida del trabajo, la posibilidad de un ascenso, la fiesta judía del Bar Mitzvá) y los dilemas graciosos de la adolescencia que se vuelcan hacia el drama. Como también funcionan muy bien los intérpretes, en especial el niño Simon Boubil, que debuta en la pantalla con mucha personalidad, seriedad y gracia; pero están magníficos Louis Garrel y Camille Cottin, padre y madre, con una extraordinaria pinta de ochenteros atribulados. Y el indetectable, como siempre, Pierre Lottin, un actor que parece transportar el humor sin proponérselo y que interpreta al portero habilidoso y listillo de su bloque de pisos con su habitual cara de 'y a mí, qué'. La música, la fotografía, el vestuario y la atmósfera le añaden su cuota de nostalgia al argumento, y la intención de Nakache y Toledano, más entrañable y menos cínica que en otras ocasiones, envuelve la película de un buen e higiénico rollo.