Setenta años de la Universidad Laboral de Sevilla, llamada a «forjar hombres al servicio de Dios y de España»
El 3 de noviembre de 1956 abrió sus puertas la Universidad Laboral José Antonio Primo de Rivera . Para miles de sevillanos jubilados o en puertas del retiro laboral supuso abrirse a un mundo de oportunidades profesionales que ni los más recalcitrantes se atreven a cuestionar. En sus 22 años de existencia, miles de jóvenes obtuvieron una cualificación envidiable que les permitió entrar en el mercado laboral. Las universidades laborales habían nacido de la idea franquista de abolir la lucha de clases mediante la profesionalización del proletariado . Con la retórica hinchada de la época, el ministro de Trabajo, José Antonio Girón de Velasco , falangista de camisa vieja al que apodaban el León de Fuengirola, lo dejó dicho en un mensaje grabado que se emitió por los altavoces de la Laboral con el alumnado formado en el patio. Fernando Coca de la Piñera, ex gobernador civil, lo representaba en el acto como director general de Previsión. El ideario de la revolución nacional-sindicalista estaba claro en la soflama del ministro: «Cuando salgáis de aquí, investidos con la túnica del hombre nuevo, no habrá nadie que trate de arrebataros vuestra victoria. Con martillo de oro, con el dinero de vuestra revolución, habréis roto las cadenas de vuestra esclavitud y no habrá nadie que se oponga al paso triunfante de vuestra personalidad rescatada de hombres libres. Aquí, camaradas, queda de retén permanente la espada de la Justicia, blandida por las manos del trabajador». Con anterioridad, el rector, Luis Ortiz Muñoz, se había remitido al lema fundacional de la Universidad Laboral -«Forjar hombres que sirvan a Dios y a España»-, aunque a renglón seguido pasó de las musas al teatro: «Hemos de forjar trabajadores capacitados en la esfera de la cultura y de la técnica. España reclama brazos útiles y cerebros fecundos para acrecentar su riqueza agrícola e industrial. La juventud demanda horizontes de estudio y de trabajo, donde desarrollar su vocación y donde insertar la vida profesional de su porvenir». Aquel día se inauguraron cuatro de los pabellones. La crónica de ABC lo pormenorizaba: «De los siete grandes cuerpos o edificios que figurarán en el recinto de este centro, cuatro fueron terminados recientemente y, en el acto de ayer, puestos en marcha. Funcionarán en ellos los colegios de San Fernando, San Isidoro, Alfonso el Sabio y Miguel de Mañara. En el primero, los alumnos cursarán un periodo conjunto para la reafirmación de la primera enseñanza; el segundo estará destinado a formación profesional; el tercero, a bachillerato laboral, y el cuarto a capacitación social». Los pabellones se habían levantado en cuatro años, desde que se compraron los terrenos en Fuentequintillo por cinco millones de pesetas. La traza arquitectónica, de impagable vanguardia en el desolador panorama artístico del franquismo, lleva la firma de Otaisa, el estudio de Luis Gómez Estern, Alfonso Toro Buiza y los hermanos Felipe y Rodrigo Medina Benjumea. La unidad de estilo de todo el programa arquitectónico sólo empezó a perderse con la transformación en aularios de la Universidad Pablo de Olavide a finales de los años 80. La torre que domina la silueta de la UPO estaba destinada a ser el campanario de la iglesia que nunca llegó a levantarse. El propio arzobispo Bueno Monreal, entonces administrador apostólico de la sede, hizo alguna insinuación sobre la monumentalidad del conjunto en su discurso de bendición, como recogía el cronista: «Acto seguido, refiriéndose al escándalo que en ciertas personas pueda producir la grandiosidad de las universidades laborales, afirmó que la finalidad de las mismas justifica de manera cumplida cuento se emplee en tal sentido, hasta la construcción de palacios maravillosos». La de Sevilla no fue la única que se puso en marcha aquel noviembre de 1956. También entraron en funcionamiento la de Córdoba , bautizada Onésimo Redondo , y la de Tarragona, a la que se le dio el nombre de Francisco Franco. La primera de las universidades laborales había sido la de Gijón, en servicio desde el curso anterior, dedicada a quien había lanzado la idea, Girón de Velasco. A estas cuatro primeras universidades se unieron, ya a partir de la década de los 60, hasta otros 17 centros formativos repartidos por todo el territorio nacional.