Roberto Espinosa, físico: «La luz roja no es una solución milagrosa, pero tampoco una moda sin fundamento»
«Mucha luz durante el día, poca luz durante la noche y oscuridad para dormir». La luz roja está de moda. Paneles, mascarillas y dispositivos prometen más energía, mejor piel, menos dolor y una recuperación más rápida. Pero, entre tanto entusiasmo, ¿qué dice realmente la ciencia? El físico y divulgador Roberto Espinosa, cofundador de Mitofit-X y experto en fotobiomodulación, intenta responderlo en 'La revolución de la luz roja' (Alienta), el libro que acaba de publicar junto a Rafa Espinosa y Gema Casado. «La fotobiomodulación no es una solución milagrosa, pero tampoco una moda sin fundamento». Su mensaje principal es contundente y deja claro que hemos convertido en una amenaza aquello que permitió que existiéramos. «Durante millones de años, la vida ha evolucionado bajo la influencia del sol, y en apenas unas décadas hemos transformado radicalmente nuestra relación con la luz», explica el experto en una entrevista con ABC. Mejorar la relación con la luz no exige grandes cambios ni dispositivos caros. El experto propone una rutina sencilla: salir a la calle entre 15 y 30 minutos por la mañana -sin mirar directamente al sol ni renunciar a la fotoprotección- para dar una señal clara al reloj biológico; aprovechar la luz natural durante el día y reducir por la noche la intensidad de la iluminación, optando por tonos cálidos y limitando las pantallas. Su consejo final es dormir en un entorno lo más oscuro posible. Y es que vivimos cada vez más tiempo en interiores, bajo luz artificial, mientras recibimos mensajes que vinculan el sol casi exclusivamente con el cáncer de piel. El divulgador no minimiza el riesgo. La radiación ultravioleta puede dañar el ADN y contribuir al fotoenvejecimiento y al cáncer cutáneo. Pero advierte de que el error está en confundir los peligros de una exposición excesiva con la idea de que la luz solar es dañina por naturaleza. «No defendemos tomar el sol indiscriminadamente ni renunciar a la fotoprotección», aclara en la entrevista, en la que ahonda que «defendemos comprender cómo interactúan las distintas longitudes de onda con nuestro organismo y aprender a aprovechar sus beneficios minimizando los riesgos». Para el físico, la luz es mucho más que lo que nos permite ver: es una señal biológica. Al llegar a la retina, activa el núcleo supraquiasmático del cerebro, nuestro reloj maestro, y regula el sueño, las hormonas, la temperatura corporal y parte del metabolismo. Además, la luz roja y el infrarrojo cercano pueden influir en la actividad mitocondrial, la producción de energía celular y la señalización de las células. Así, el experto habla de una «carencia lumínica» para describir un problema cotidiano: pasamos el día con poca luz natural y la noche con demasiada luz artificial. La diferencia, advierte, es enorme: «una oficina puede ofrecer unos pocos cientos de lux, mientras que en la calle hay varios miles incluso en un día nublado. Nuestro cerebro necesita señales luminosas suficientemente intensas durante el día para sincronizar correctamente el reloj biológico», señala. Otra de las ideas que deja es que «una exposición diurna insuficiente puede debilitar los ritmos circadianos, favorecer la somnolencia, dificultar el sueño y alterar el estado de ánimo». Por la noche ocurre lo contrario, algo que advierten otros muchos expertos sobre el dormir. «La iluminación intensa, especialmente si contiene mucha luz azul, envía al cerebro una señal contradictoria: puede retrasar el reloj biológico, interferir con la melatonina y complicar el descanso». Pese a todo, el experto desmonta un mito extendido: «La luz azul no es nuestra enemiga. Forma parte del espectro solar». El problema no es eliminar un color, sino recuperar luz natural de día y reducir la estimulación circadiana por la noche. «La naturaleza nos ofrece un entorno luminoso extraordinariamente complejo. La tecnología nos permite reproducir y aprovechar algunas de sus propiedades, pero no debemos confundir una parte del espectro con el conjunto», sostiene. En fotobiomodulación, Espinosa pide distinguir ciencia de marketing. La luz roja, entre 630 y 670 nanómetros, y el infrarrojo cercano, entre 810 y 850, se estudian por su capacidad de modular la citocromo c oxidasa, una enzima clave de las mitocondrias. En condiciones experimentales se han observado incrementos de ATP, cambios en el óxido nítrico y respuestas celulares que dependen de la dosis y del tejido. «No podemos afirmar que cualquier exposición a luz roja aumente automáticamente el ATP de todo el organismo», advierte, mientras añade que las aplicaciones con mayor respaldo incluyen el dolor musculoesquelético, la artrosis de rodilla, la cicatrización, la alopecia androgenética y la prevención de la mucositis oral en pacientes oncológicos. «En deporte hay resultados prometedores en recuperación de fuerza y molestias tras el ejercicio, y la investigación sobre función cognitiva avanza, aunque aún necesita estudios más amplios», admite Espinosa, que ante la avalancha de paneles domésticos, su consejo es exigir datos: «longitud de onda, irradiancia, dosis y distancia. Un dispositivo más potente, más caro o con más longitudes de onda no es necesariamente mejor», concluye el experto, que tiene claro que la luz roja no hace milagros contra el envejecimiento pero puede ser un excelente aliado celular si se combina con ejercicio, buena dieta, descanso y prevención.