2026: grandes inversiones militares, sin objetivos estratégicos
Estamos en un mundo cada vez más convulso. El nuevo orden multipolar está desgarrando las estructuras levantadas desde el final de la Guerra Fría. Washington, Pekín y Moscú buscan llevar a cabo y completar sus agendas para mantener o conquistar nuevas áreas de poder en la esfera mundial. Por otro lado, actores secundarios como son Bruselas, Tel Aviv y Rabat intentan ir a la zaga de esas grandes potencias y proyectos para lograr sus propias agendas de cara a establecer mejores posiciones que favorezcan sus objetivos estratégicos de cara (al menos) a la próxima década.
En este escenario tan cambiante, y delicado, la política española para reforzar su posición y aprovechar oportunidades brilla por su ausencia. No solo eso, también se unen las malas decisiones que se han tomado por parte del Gobierno de Pedro Sánchez, el cual ha dado un vuelco respecto a las inversiones en materia de defensa, pero sin tener claro qué debe conseguirse con esos contratos mil millonarios cedidos a la industria militar nacional e internacional. Antes de que acabara el año, nuestro compañero Esteban García Marcos afirmaba que el balance al cerrar el ejercicio de 2025 «es agridulce, tendiendo al gris oscuro». ¿Por qué esta opinión? La respuesta la encontramos en el cruce de datos y de intenciones por parte del Gobierno.
Desde 2024 y comienzos de 2025, la OTAN empezó a exigir a sus miembros un mayor gasto en defensa. El 2,1 % del PIB nacional ha sido uno de los elementos clave, pero este porcentaje se ha ido quedando pequeño, sobre todo tras la llegada de Donald Trump a su segunda presidencia en Estados Unidos. La reinstaurada administración republicana ha pedido que la OTAN exija un mínimo del 5 %, cifra que hizo que en los países europeos (después de la alarma inicial) se pusieran manos a la obra. Todo ello en un panorama aliñado con el recrudecimiento de la guerra en Ucrania y de los movimientos chinos-estadounidenses en el frente Indo-Pacífico.
España, reticente al principio a tales gastos, decidió poco después dar los pasos necesarios que incrementaran el porcentaje base. A mediados de abril, Pedro Sánchez realizó una comparecencia por sorpresa donde informó que destinaría 10.471 millones de euros a ese objetivo. A partir de ahí las fuentes oficiales, analizadas en esta sección y otros medios especializados, han dado buena cuenta de que las arcas estatales están firmando los mencionados contratos multimillonarios con la industria militar. Una búsqueda rápida puede dar a cualquier interesado datos en este sentido. Por ejemplo, los 1.000 millones para la adquisición de camiones medios y pesados, los 432 millones extras añadidos al programa de submarinos S-80, el contrato de 1.700 millones para recibir un gran paquete de unidades de lanzamiento para los misiles Patriot o los 4.516 millones para el programa de la nueva artillería autopropulsada sobre cadenas. Eso sin contar el caso de los 2.000 millones del programa para abastecer al Ejército de Tierra con el nuevo vehículo blindado 8x8 Dragón.
En resumen, el Gobierno ha regado con millones el trabajo del Ministerio de Defensa. De ahí la parte «dulce», pero la «agria» y la que «tiende al gris oscuro» se halla en la falta de visión geopolítica del país ibérico. España, situada en la periferia de Europa, se siente alejada de las grandes cuestiones que atañen al continente y al planeta. Es por ello que ha desarrollado por desgracia un pensamiento «bastante naif» respecto a su proyección estratégica. Comentario lanzado por Pablo del Amo, analista de defensa y miembro de Descifra la Guerra. Tal es así que, a pesar del giro en las inversiones, ese caudal monetario no tiene como propósito aumentar su presencia, defender sus intereses, ni tampoco su soberanía frente actores externos. Del Amo, que publicó hace poco «La defensa española» (Catarata) entiende que «la estrategia debe guiar la acción militar. Sin una acción diplomática y una visión estratégica, la defensa va a ciegas».
Esta última afirmación es muy sugerente, pues contiene entre líneas la clave para una buena inversión en defensa: planes a largo plazo. Es verdad que se puede valorar positivamente que España esté intentando dotar a sus fuerzas armadas la última tecnología disponible y modernizar los sistemas existentes. Sin embargo, el dar millones sin una planificación no es la política eficaz que algunos piensan. Teniendo esto presente, queda patente que España inicia un 2026 con un gasto militar in crescendo, pero sin ninguna pauta que vertebre esa financiación de proyectos.
Aparte de la llegada de esos contratos millonarios, que es evidente que continuarán, en este nuevo año que empieza el Ministerio de Defensa tendrá que lidiar con asuntos de gran calado. En el ámbito nacional veremos si se busca solución al estancamiento del programa 8x8 Dragón, a la sustitución gradual de aviones de combate por los Eurofighter y ante todo a la evolución de la crisis abierta entre los responsables ministeriales y las asociaciones de militares. Estas últimas solicitaron a 29 de diciembre la «dimisión inmediata» de Margarita Robles. La ministra despreció las peticiones de mejora salarial de las tropas hechas por las asociaciones AUME, UMT y Afaspro. Aunque la disputa parece no haber trascendido, todo indica que el tema es un torpedo directo a la línea de flotación de las actuales políticas de defensa del Gobierno de Sánchez. Unas políticas que, como subrayó el presidente de UMT, Francisco José Durán, se basan en «comprar hierro» y dejar de lado lo que más importa: las personas que conforman las fuerzas armadas.
A nivel internacional, no hay duda de que veremos una intensificación en las exigencias de Donald Trump hacia sus «aliados» europeos, el deterioro de las relaciones con África, las tensiones en el flanco oriental de la UE en medio de unas conversaciones de paz que no parecen estar llevando a buen puerto, así como la cada vez mayor trascendencia de China en el globo. Desde ahí no se pueden pasar por alto otros problemas como las ofensivas israelíes que desestabilizan Oriente Medio, así como el empeño de Estados Unidos en socavar el régimen de Nicolás Maduro, objetivo ya iniciado. Sea como sea, España entra de este modo en el segundo cuarto del siglo XXI con un panorama poco halagüeño que no auspicia nada bueno para ella.