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Xi Jinping recompone el mando con generales de cuatro estrellas para blindar Taiwán y Pekín

Xi Jinping ha sellado dos ascensos que reordenan la cúspide del Ejército Popular de Liberación. Yang Zhibin quedó confirmado al frente del Teatro Oriental y Han Shengyan asumió el Teatro Central, ambos con el grado de general de cuatro estrellas.

Los dos puestos concentran la responsabilidad sobre los sectores más críticos del despliegue chino, el eje del Estrecho de Taiwán y el anillo defensivo de la capital. Cubrirlos de forma simultánea, con oficiales del máximo rango operativo, equivale a asegurar la línea de mando donde una disfunción tendría consecuencias estratégicas inmediatas. Se trata de otra acción de estabilización del comando y control tras un periodo prolongado de fricción interna con purgas, silencios o desapariciones incómodas.

El nombramiento de Yang sitúa al frente del dispositivo más sensible del gigante asiático a un oficial con perfil operativo. El Teatro Oriental, con sede en Nankín, gestiona la presión permanente sobre Taiwán y articula los planes de contingencia en el Estrecho y el mar de China Oriental. Desde ahí se coordinan incursiones, maniobras conjuntas y escenarios de bloqueo que forman parte del pulso estratégico con Washington.

La confirmación de su nuevo jefe llega tras meses de incertidumbre, desde que su antecesor, Lin Xiangyang, fuera expulsado del Partido en octubre bajo acusaciones de corrupción y violaciones disciplinarias. Así se rompe una inercia histórica. Es el primer comandante del Teatro Oriental procedente del Ejército del Aire, una elección que responde a una lectura precisa del campo de batalla contemporáneo. La doctrina china ha girado hacia el dominio del espacio aéreo, la guerra electrónica y la neutralización temprana de sistemas enemigos. En ese marco, un oficial formado en unidades desplegadas frente a Taiwán, curtido en operaciones conjuntas y con experiencia en mandos regionales, encaja con la necesidad de restaurar credibilidad tras el vacío dejado por la intensa criba.

La segunda decisión afecta al núcleo del régimen. Han Shengyan se eleva a nuevo responsable del Teatro Central, encargado de la protección militar de Pekín y de varios corredores estratégicos del norte del país. Su llegada formaliza una rotación que se venía gestando desde hace meses, cuando Wang Qiang, su predecesor, se esfumó de la vida pública sin explicación. En el sistema chino, la ausencia prolongada es una señal de caída en desgracia.

Han ya había asumido un papel central en septiembre, durante la gran parada militar celebrada en la icónica plaza de Tiananmén con motivo del aniversario de la victoria china en la Segunda Guerra Mundial. Presidido por Xi desde la tribuna, con la cúpula del Partido y la Comisión Militar Central alineadas a su alrededor, la parada fue concebida como una demostración interna y externa de control tras meses de turbulencias. Bajo el escrutinio del líder, desfilaron los activos más sensibles del arsenal chino, como enjambres de drones de combate, nuevas variantes del caza furtivo J‑20, plataformas estratégicas de misiles y sistemas de mando y control de última generación.

La ausencia de Wang Qiang en un despliegue de esa magnitud resultó tan elocuente como la presencia de Han al frente del dispositivo. Fue este ultimo quien dirigió la secuencia, dio las órdenes y asumió la responsabilidad operativa para mostrar cohesión, disciplina y continuidad. En la liturgia del poder chino, mandar una parada de ese calibre equivale a recibir una investidura no escrita.

Ambos ascensos se producen tras la mayor reordenación interna del aparato militar desde el final de la era maoísta. Desde 2023 han sido apartados dos ministros de Defensa, Wei Fenghe y Li Shangfu; el vicepresidente de la Comisión Militar Central, He Weidong; y el responsable del control político de las Fuerzas Armadas, Miao Hua. En octubre, nueve generales fueron expulsados del Partido simultáneamente, una cifra inédita en tiempos modernos.

El detonante oficial ha sido la corrupción, especialmente en el ámbito de la adquisición de material militar. La revisión ha puesto el foco en contratos inflados, cadenas de suministro contaminadas y sistemas cuya fiabilidad real no se correspondía con los informes. La Fuerza de Cohetes, pilar de la disuasión nuclear y convencional, ha sido uno de los más azotados, con implicaciones directas para la credibilidad estratégica de Pekín.

La reacción ha sido severa. Se han reexaminado procesos de compra con efecto retroactivo hasta 2017, se ha vetado a proveedores y evaluadores, y, por primera vez, una rama de las Fuerzas Armadas ha solicitado denuncias públicas sobre irregularidades en sus licitaciones. Ese gesto, protagonizado por el Ejército del Aire, supone un reconocimiento implícito de que el problema era estructural y no anecdótico.

Pero la depuración no se explica solo en términos económicos. Ha desmantelado, por fases, los principales entramados de lealtad que sostenían el control personal de Xi dentro del estamento militar. Primero cayó el grupo vinculado a Shaanxi, su provincia natal; después, el círculo de Fujian, formado por cuadros que ascendieron junto a él en su etapa como dirigente regional. Incluso figuras consideradas afines han sido sacrificadas en el proceso.

En paralelo, el Régimen Comunista ha reforzado mecanismos clásicos de supervisión. Nuevas normas obligan a los órganos decisorios a rendir cuentas ante el Comité Central, limitando el margen de actuación de circuitos informales que concentraron poder en la última década. En la prensa castrense reaparecen referencias al liderazgo colectivo y a la disciplina institucional, señales de un ajuste interno de calado.

Los nombramientos sugieren una apuesta por perfiles técnicos, con menor carga política y mayor orientación operativa, para recomponer una estructura dañada. El objetivo inmediato es restaurar la funcionalidad del mando y evitar que la lucha interna degrade la capacidad de respuesta en un entorno estratégico volátil.

El resultado es una fuerza armada más fiscalizada y técnica. La incógnita es si también será más eficaz en combate. Con Taiwán como foco de riesgo permanente y Estados Unidos como referencia estratégica, esa duda pesa. En China las respuestas no se anuncian, se ejecutan.

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