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Trump salta a Groenlandia sin soltar Venezuela

Poco después de la captura de Nicolás Maduro, el presidente estadounidense, Donald Trump, mencionó a Groenlandia como parte de una posible "siguiente fase" de su política expansionista para asegurar el dominio de Estados Unidos en el hemisferio occidental. Los eventos en Venezuela marcan un punto de inflexión en la política exterior de Washington, que ha enviado la señal de que, cuando le plazca, "la Casa Blanca está dispuesta a usar la fuerza militar", según la CBS. "Necesitamos Groenlandia por razones de seguridad nacional", explicó el magnate desde el Air Force One, porque considera que el territorio groenlandés es crucial para asegurar las rutas comerciales árticas y contrarrestar la presencia de Rusia y China.

¿Cuán plausible es la conquista? ¿Trump tiene pensado presionar más allá de lo económico? ¿Existe un plan para descabezar al Gobierno de Groenlandia como sucedió en Caracas? ¿Cuáles son los pros y los contras políticos, militares y económicos de una invasión? ¿Cómo se podría llevar a cabo? Las respuestas a estas cuestiones contienen una idea a aproximada al dilema en la mente de medio mundo: ¿el inquilino de la Casa Blanca atacará, o sus amenazas son parte de su conocida bravuconería? A esta hay que añadirle su imprevisibilidad e improvisación, motivo por el que jugar a la quiniela política de Trump es como hacerlo a la ruleta rusa.

De momento, no ha trascendido ningún plan u orden oficial para preparar una eventual invasión, aunque el aumento de la retórica agresiva y las amenazas de Trump podrían sugerir acciones futuras en ese sentido. Sin embargo, imaginemos por un momento que se saliera con la suya por la vía diplomática y Groenlandia pasase a ser un territorio asociado, como Puerto Rico.

Su imagen de estratega geopolítico pasaría a la de visionario, que es como posiblemente el magnate se ve a sí mismo. De conseguirlo, sería el presidente que entendió antes que nadie la importancia del ártico, cosa que encaja con su narrativa de "solo yo veo el tablero completo". Sería un golpe simbólico de poder mayúsculo, puesto que significaría el mayor cambio territorial occidental desde la Guerra Fría, comparable a la compra de Alaska. Además, aparte de reforzar su ego y marca personal, sus grandes obsesiones, una victoria en Groenlandia le ayudaría a controlar el relato en casa y sofocar los debates incómodos sobre economía, tribunales y polarización.

En este escenario, el botín valdría un potosí: Estados Unidos tendría una gran ventaja estratégica en el Ártico, el control de las rutas marítimas emergentes gracias al deshielo, y un espacio aéreo clave entre su territorio, Europa y Rusia, donde podría reforzar la defensa antimisiles e intensificar la vigilancia global. La guinda: el acceso directo a los recursos naturales en suelo groenlandés, que contiene grandes reservas de tierras raras y minerales estratégicos fundamentales para reducir su dependencia de China. Sin embargo, ese escenario no es el camino de baldosas amarillas que conduce al Mago de Oz que viven en la mente de Donald Trump. Si Europa y Groenlandia no ceden, ¿cuál es el peor escenario de una eventual invasión estadounidense?

Una aliada traicionada

Desde el inicio de las aspiraciones del magnate, las autoridades danesas y groenlandesas han rechazado tajantemente cualquier amenaza, intento de transacción o anexión. Lo que empezó como una broma de Trump se podría convertir en una grave crisis diplomática con Europa, que ya mira atónita e incrédula hacia un Estados Unidos transformado en una amenaza para el concepto de soberanía nacional. Una América hambrienta de territorios, neocolonial, que en Venezuela ha dejado la legalidad internacional para juguetear con el absolutismo. En favor de la isla helada juega que, hasta hoy, las declaraciones del presidente han sido más una apuesta de prestigio, que una necesidad política inmediata.

Groenlandia es un país pequeño, apenas poblado a pesar de su vastedad, pero tiene una fuerte identidad nacional que le hace rechazar explícitamente ser controlada. Por ello, la opción diplomática es la más lógica, en caso de llevar a cabo una especie de anexión, teniendo en cuenta que los beneficios estratégicos ya existen sin necesidad de invadir el país. Apropiarse de la isla por la vía militar sería una estrategia autodestructiva que conduciría Estados Unidos a un choque frontal con sus aliados. Guerrear contra un miembro de la OTAN, en este caso uno de sus fundadores, saltándose el Artículo 5 no es como hacerlo contra un régimen aislado como el venezolano.

Si lo hiciera, Washington perdería toda credibilidad al destruir el derecho internacional y el Tratado de Defensa que tiene con Dinamarca, así como se enfrentaría a una ruptura de relaciones con Europa, y Trump pasaría de ser un líder democrático (el hombre no hace al cargo y América sigue siendo una democracia) a un megalómano rupturista del orden occidental. Una situación en la que quedaría aislado personal y políticamente, incluso dentro de sus fronteras, donde el votante estadounidense se preguntaría: ¿Por qué estamos combatiendo en el hielo? No obstante, el marco internacional hace que una invasión física sea altamente improbable.

Pero, si Trump salta al vacío y se decanta por un escenario destinado a evitar una confrontación militar a gran escala, pero con el que obtenga una conquista rápida y medianamente limpia, como lo fue la de Panamá contra Manuel Noriega, estas son las tres fases que podrían definir un escenario de conflicto en Groenlandia a través de la presión, la disuasión, una pequeña intervención militar y una gran crisis diplomática.

Tres fases

El objetivo estratégico de la primera fase sería aumentar la presencia estadounidense en el Ártico, vinculándola con el presunto aumento de la actividad naval de Rusia y China en la región, sea o no cierto. La respuesta internacional, y sobre todo la europea, sería inmediata y eso daría paso a la segunda fase, caracterizada por pequeñas acciones militares intensivas, designar un enviado especial para Groenlandia, y empezar una negociación bilateral sobre seguridad y proyectos de infraestructura conjunta, todo ello bajo la presión militar como palanca, o, amenaza.

La tercera fase, la cual sucedería en un escenario de intensa crisis política internacional, tendría como objetivo aumentar la presión política a través de sanciones económicas, o amenazas de retirar la cooperación en seguridad, cosa que seguramente llevaría a Dinamarca a reforzar sus lazos militares con la Unión Europea y la OTAN para contrarrestar la embestida de Washington, así como buscar acuerdos con los países nórdicos vecinos, o incluso Canadá, para fortalecer su defensa y capacidad comercial y reducir la dependencia estadounidense.

Lo que vendría después de la tercera fase sería un escenario de pesadilla, en el que Donald Trump podría ordenar una invasión militar a gran escala para controlar toda la isla helada, a través del uso de las fuerzas aéreas, y el asalto anfibio y terrestre para conquistar bases clave como la de Pituffik, la cual es una herencia de la guerra fría. En términos de combate y ocupación, una operación en Groenlandia seguramente sería rápida y con pocas bajas. Sin embargo, además de las graves consecuencias políticas y legales a las que Washington se enfrentaría, la luz y los pilares del experimento democrático que Estados Unidos empezó en 1776 dejarían de existir para siempre.

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