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Europa prepara un despliegue militar en Groenlandia para frenar el pulso de Trump

Groenlandia ha pasado en cuestión de días de ser un territorio remoto del Ártico a convertirse en el epicentro de la mayor crisis estratégica dentro de la OTAN en una generación. La amenaza de Donald Trump de apoderarse de la isla —aliada y bajo soberanía danesa— ha obligado a los gobiernos europeos a activar planes militares de emergencia para proteger un territorio no de Rusia ni de China, sino del propio presidente de Estados Unidos.

Los aliados europeos han comenzado a diseñar una operación en el Ártico destinada a blindar Groenlandia y, al mismo tiempo, a desactivar la justificación estratégica que Trump utiliza para presionar a Dinamarca, miembro de la OTAN. Bajo liderazgo británico y con el apoyo de Alemania y Francia, se estudia ya el envío de tropas, buques de guerra y aviones para reforzar la presencia aliada en el extremo norte del Atlántico

Las conversaciones, aun en una fase temprana, se desarrollan entre Downing Street, el cuartel general de la OTAN en Bruselas y los principales ministerios de Defensa europeos. El Cuartel General Supremo de las Potencias Aliadas en Europa (SHAPE), con sede en Bélgica, ha recibido el encargo de evaluar qué capacidades adicionales pueden movilizarse: desde patrullas navales y aéreas permanentes hasta intercambio de inteligencia, ejercicios conjuntos y posibles rotaciones de tropas en la propia isla.

El objetivo político es tan claro como delicado: demostrarle a Trump que Groenlandia ya está protegida por la OTAN y que no existe ninguna necesidad estratégica para una anexión estadounidense que haría estallar la alianza.

Para el Reino Unido, esta crisis es una prueba decisiva de su papel como principal potencia de defensa europea y aliado histórico de Washington. El gobierno de Keir Starmer ha llegado a la conclusión de que la amenaza del inquilino de la Casa Blanca no puede ser gestionada únicamente con diplomacia. Londres cree que solo una presencia militar visible y creíble en el Ártico puede convencer al norteamericano de que el problema de la seguridad ya está resuelto.

Una zona de disuasión permanente

Por eso las Fuerzas Armadas británicas llevan meses reforzando su actividad en el Alto Norte. La Royal Navy y unidades de comandos participaron el año pasado en el ejercicio conjunto de la OTAN "Joint Viking" en Noruega, y este año unos 1.500 Royal Marines se desplegarán en Noruega, Finlandia y Suecia para el ejercicio "Cold Response", centrado en operaciones en condiciones extremas. Estos movimientos, presentados como entrenamiento rutinario, encajan ahora en una estrategia más amplia para convertir el Ártico en una zona de disuasión permanente.

Trump ha justificado su ofensiva alegando que Groenlandia corre el riesgo de caer bajo el control de Rusia o China. Ha llegado a afirmar que la isla está "cubierta de barcos rusos y chinos" y que solo Estados Unidos puede impedirlo. Sin embargo, gobiernos y servicios de inteligencia aliados discrepan de esa versión. Noruega, que vigila de cerca la región, ha confirmado que no existe una actividad significativa de Moscú o Pekín en torno a Groenlandia, aunque sí en otras áreas del Ártico.

Esa discrepancia ha llevado a muchos aliados a concluir que el interés real de Trump es mucho más amplio, el control de una isla rica en tierras raras, cobre y níquel —recursos críticos para la industria tecnológica— y situada en una posición estratégica entre América del Norte y Europa. Para Washington, Groenlandia es una pieza clave en la competición con China. Para Europa, permitir que Estados Unidos se la apropie por la fuerza sería un precedente devastador.

De ahí que la estrategia europea no sea de confrontación directa, sino de neutralización. Si la OTAN despliega una presencia robusta en Groenlandia, Trump podrá presentar el resultado como una victoria política —más gasto europeo, más vigilancia del Ártico, menos carga para el contribuyente estadounidense— sin necesidad de cruzar la línea roja de la anexión.

La presión no se limita al plano militar. La Unión Europea estudia posibles sanciones contra empresas estadounidenses si Trump persiste en su amenaza. Grandes tecnológicas como Meta, Google, Microsoft o X podrían ver restringidas sus operaciones en el continente, al igual que bancos y entidades financieras. En el escenario más extremo, algunos gobiernos incluso barajan limitar el acceso del ejército estadounidense a sus bases europeas, lo que privaría a Washington de plataformas clave para operaciones en Oriente Medio y África.

Londres como intermediario

En ese juego de alto riesgo, Londres actúa como intermediario. El Reino Unido necesita a Estados Unidos para sostener a Ucrania y para mantener la arquitectura de seguridad occidental, pero también sabe que una OTAN fracturada sería un desastre estratégico. Por eso apuesta por una solución militar multilateral que salve la alianza sin humillar a Trump.

La próxima semana, el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, se reunirá con representantes de Dinamarca y Groenlandia para intentar rebajar las tensiones. Pero el verdadero pulso se libra en los despachos militares de la OTAN y en las capitales europeas, donde se decide hasta qué punto están dispuestos a desplegar fuerzas para impedir una crisis sin precedentes.

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