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Crítica de "Si pudiera, te daría una patada": la maternidad es un agujero negro ★★★★

¡Cuántos agujeros hay en “Si pudiera, te daría una patada”! Por lo menos dos son suficientes para establecer una teoría sobre la maternidad como herida que supura: el agujero que se abre en el techo de un hogar en estado de demolición, y que obliga a Linda (Byrne) y a su hija a trasladarse provisionalmente a un motel, y el agujero que se abre en el estómago de esa hija enferma, un cordón umbilical que hay que alimentar con el dolor y la angustia de quien cree más en los puentes que ha derribado que en los que faltan por construir. Mary Bronstein no teme pensar en esos agujeros como puertas del sentido hacia ese cuerpo vulnerable, frágil pero tenso, en permanente estado de alerta, que una extraordinaria Rose Byrne encarna al borde de la locura.

Como “Salve María”, con la que haría un excelente programa doble, “Si pudiera, te daría una patada” es una película de terror sobre una madre agujereada, y su protagonista, una mujer-actriz poseída por sus demonios. Todo en el filme depende del rostro de Byrne, en la medida en que Bronstein decide centrar la puesta en escena en registrarlo en primer plano, como si la obsesiva presencia de esta terapeuta en crisis estuviera anulando el rostro de su hija, que solo vemos en una ocasión, siempre condenada al fuera de campo, a una voz que se queja en la retaguardia, a un cuerpo que percibimos a retazos.

Ese es tal vez el recurso formal más llamativo de una película que se obstina en resultar antipática, y que convierte a su heroína en un agujero más, rodeada de figuras masculinas ausentes (el marido que la increpa al otro lado del teléfono) u hostiles (el psicólogo hierático que interpreta Conan O’Brien), y que siempre nos coloca en un lugar incómodo, incluso cuando se supone que la situación que retrata oscila entre lo trágico y lo cómico (la secuencia del hámster). Bronstein reivindica, pues, la maternidad como agujero donde perderse en un filme valiente, agresivo, que abre la posibilidad de reinventar la experiencia de ser madre desde el descenso a lo innombrable.

Lo mejor:

Rose Byrne se merece el Oscar a la mejor actriz por entregarse a una propuesta que entiende la maternidad como una pesadilla sin fin.

Lo peor:

Su frontal antipatía no es apta para todos los públicos.

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