Crítica de "Turno de guardia": una enfermera en apuros ★★★
Así como en muchas series médicas el ‘walking and talking’ es un recurso narrativo habitual, en “Turno de guardia” brilla por su ausencia, sencillamente porque Floria, la enfermera protagonista, solo tiene tiempo de caminar, no de hablar, y menos con ninguna compañera: hoy son solo dos, más una estudiante, para atender a toda la planta, y la actividad es frenética. El objetivo de la película es demostrar con hechos por qué en Suiza, un país no precisamente caracterizado por la precariedad de las condiciones laborales, el 36 por ciento de las enfermeras abandonan sus empleos a los cuatro años.
Hablamos de “hechos” en el sentido en que lo hacía el teórico André Bazin, como un estado previo a la abstracción del plano, como un fragmento de realidad en bruto. El interés de parte de la propuesta de la cineasta Petra Volpe es ceñirse a los hechos, comprobar cómo se acumulan en el tiempo y el espacio concretos de una planta de hospital en la que cada habitación es un conflicto potencial, y un oficio encuentra su razón de ser en cuidar y resolver, en entrar y salir constantemente de realidades múltiples que le pueden estallar en la cara procurando que nada le afecte lo suficiente para dañar su empatía.
En la primera hora de metraje “Turno de guardia” consigue contagiarnos la angustia del ‘multitask’, cuando atender a pacientes oncológicos que necesitan medicación o esperan un diagnóstico, familiares que exigen explicaciones, enfermos con seguro privado que se comportan como clientes de un hotel de lujo o enfermeras novatas que no saben cómo afrontar sus tareas, son el pan nuestro de cada día. La cámara persigue a Floria captando su esfuerzo por mantener la calma (excelente Leonie “Sala de profesores” Benesch) a pesar de que su rictus cambia sutilmente a medida que avanza la jornada. Es una pena que una película que ha sido tan cuidadosa en ceñirse a la realidad laboral de la protagonista sin forzar la catarsis, reduciendo las circunstancias personales de Floria a la mínima expresión, incurra en la excesiva (melo)dramatización de su periplo en la última media hora.
Lo mejor:
Consigue transmitir el estrés cotidiano de las enfermeras sin cargar las tintas, simplemente pegándose a la espalda de su heroína.
Lo peor:
En la última media hora acumula dramas que desacreditan el austero realismo de lo anterior.