Paco León rescata el fenómeno "Aída": "Cada chiste es hijo de su tiempo"
Existían muchas formas previsiblemente fallidas de hacer «la película» de una serie que estuvo nueve años en antena instalándose en el imaginario colectivo de toda una generación y logró institucionalizarse como la comedia costumbrista española por antonomasia a comienzos de los dos mil. La escogida por Paco León no sólo no se acerca –para alivio de los paladares exigentes y presuponemos que también de las expectativas de los fans– a ninguna de ellas, sino que constituye sin peros, apostillamientos, ni matices, la mejor de todas las posibles.
Y es que «Aída y vuelta», además de dialogar con los debates culturales del presente desde la ligereza expectorante del humor, ejemplifica con inteligencia y estratégica autoconsciencia la efectividad de una propuesta divertida, aireada y tierna que ante la clásica pregunta que surge cada vez que nos encontramos frente a la supuesta prolongación de una serie que se ha dilatado mucho en el tiempo como «¿hacía falta una película?», puede responder «sí» de forma desacomplejada. O al menos una como la dirigida por el polifacético sevillano que sin dejarse arrastrar por el imantado componente melodramático que deriva de la nostalgia pero contagiándose de ella en muy pequeñas dosis –sobre todo en el tercio final de la cinta–, contribuye paradójicamente a reavivar el universo del fenómeno «Aída» para regalarle un digno cierre de la manera más armada y consistente posible en términos cinematográficos en forma de renovado homenaje tanto a los espectadores, como a los actores y actrices, guionistas, técnicos, directivos y equipo que formaron parte de ella.
Contar otras cosas
Lejos de tratarse de una prolongación capitular de la serie o de ofrecer una visión actualizada de las distintas derivas vitales de los protagonistas diez años después del final del último episodio, la película, que vuelve a contar con todo el elenco completo a excepción de Ana Polvorosa («La Lore») y que aterriza en salas el próximo viernes 30 de enero, ubica su acción «y no de manera casual», tal y como explica el propio Paco en entrevista con este periódico, en pleno 2018 bajo la premisa de qué hubiera pasado si «Aída» hubiera durado cuatro años más (la serie dejó de emitirse en junio de 2014) y el reparto se hubiera visto inevitablemente atravesado por las diferentes sensibilidades sociales y políticas que en aquel momento empezaban a vibrar con una frecuencia mayor como el movimiento del #MeToo o la conciencia antirracista.
Esta vez no hay papeles ni casi pareciera que máscaras, sino un ejercicio metanarrativo de los actores interpretándose a ellos mismos en el rodaje del que será el último capítulo de la serie: compartiendo lecturas de guion, complicaciones, líos, confesándose miedos y necesidades, perspectivas de futuro, inquietudes profesionales (enorme una vez más una imperial Carmen Machi y esa asfixia nada metafórica del calzado que aprieta y huele a pobre) y jugando de manera brillante con la inversión de esa deslenguada incorrección política que barnizaba todos y cada uno de sus diálogos y que incluso ha suscitado críticas y señalamientos recientes que tildaban la serie de misógina, racista, homófoba e intolerante. Si los códigos humorísticos fundacionales de la serie generaron grupúsculos de ofendidos, es posible que la película los triplique.
León explica que tenía muchas ganas de «darle la vuelta a la cámara, contar otras cosas, aprovechar esa nostalgia generada por la serie también para contar un poco cómo ha cambiado el mundo, cómo han cambiado las miradas y reflexionar sobre los límites del humor» y también «cómo vivimos nosotros ese éxito, cómo es el trabajo del cómico, del actor y otras cosas que me parecían más actuales e interesantes que simplemente volver a ver al Luisma otra vez haciéndose más viejo».
Cuenta además el director de «Arde Madrid» o «Carmina o revienta» que la indagación retrospectiva de ese cambio de miradas entra en contacto directo con esos revisionismos contemporáneos que dictaminan los temas elegidos para hacer humor y los que voluntaria o involuntariamente escogemos para reírnos. «Creo que el humor es muy subjetivo y que los límites del humor siempre dependen de la direccionalidad, del timing, de la época donde se dice, del contexto en el que se propicia. No es lo mismo hacer un chiste en televisión, en prime time, que hacerlo entre amigos con una cerveza, no tiene nada que ver. Cada chiste es hijo de su tiempo», señala antes de añadir: «En 2018 el mundo empezó a tomar conciencia de las cosas sobre las que nos reíamos y también de que hacer ficción implicaba tener una responsabilidad con los valores transmitidos, cosa que me parece importante. A mí hace 10 años con «Kiki el amor se hace» me hacía mucha gracia que un señor drogara a su mujer y la violara todas las noches. Ahora no. El humor evoluciona y yo con él. Eso es sano». Y hasta necesario.