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Anatomía triste del posado de María Jesús Montero

La Casa Real ha retirado de web una de las fotografías de conjunto que se realizaron durante la visita de los monarcas a la zona cero de los accidentes de Adamuz. El primer aspecto desafortunado de la imagen es el contraste entre la mitad izquierda –en la que posan las autoridades– y la derecha –en la que se observa, tumbada, la locomotora del tren Iryo–. Quien aconsejó a los presentes posar delante de uno de los elementos de la catástrofe no estuvo muy afortunado. El segundo factor que llama poderosamente la atención es la distribución de las autoridades dentro del grupo: el Rey, en el centro; a su izquierda, el ministro Óscar Puente y Moreno Bonilla; y, a su derecha, la ministra Montero, un guardia civil y –en el extremo– la Reina Letizia. Esta, incluso, aparece ligeramente inclinada hacia derecha, como empujada por la fuerza centrífuga del resto de cargos, que maniobran para acercarse lo máximo posible a Felipe VI. La anomalía que destaca en esta distribución es la permuta de los lugares que, por protocolo, deberían ocupar María Jesús Montero y la Reina. Y este «desplazamiento» de Letizia por parte de la ministra se revela como un indicador no solo de una circunstancial subversión de la jerarquía sino de una sintomatología política harto interesante.

En realidad, la colocación de Montero en el posado de grupo no revela una voluntad de sustitución –investirse con las prerrogativas de la Reina–, sino de aproximación al eje de legitimidad en un momento de debilidad política. Este hecho sitúa la fotografía en una tradición visual muy concreta: la de quienes, careciendo de legitimidad propia suficiente, se arriman al símbolo que todavía la concentra. Desde este punto de vista, el paralelismo con algunas obras de la historia del arte se convierte en un ejercicio de ricas consecuencias.

Partamos, en este sentido, de una de las piezas más emblemáticas de Delacroix: «La libertad guiando al pueblo» (1830). La alegoría femenina ocupa el centro y arrastra al pueblo. No necesita legitimidad externa porque ella misma produce sentido histórico. La actual situación de la izquierda contemporánea, en cambio, ya no se representa desde una figura alegórica ni desde un horizonte utópico claro. Es este el motivo por el que el gesto de la ministra, más que mostrarse como revolucionario, se perfila como defensivo: en lugar de fundar un relato nuevo, prefiere buscar cobijo en uno que proviene de la tradición –la monarquía–.

Legitimación por proximidad

Otra correspondencia muy pertinente es la ofrecida por la pintura «Virgen del canciller Rolin» (1435), de Jan Van Eyck. Rolin, en este caso, no es rey, pero se hace retratar junto a la Virgen entronizada. No pretende ocupar su lugar, sino aparecer legitimado por proximidad. El poder político se coloca visualmente bajo la protección de un orden superior que no controla. La lógica es idéntica a la de la fotografía de Adamuz: cuando la autoridad propia no basta, se busca el amparo del símbolo que todavía organiza el mundo.

En esta misma línea hermenéutica, también podríamos pensar en una obra como «La consagración de Napoleón» (1805-1809), de Jacques-Louis David. El papa Pío VII asiste a esta ceremonia, legitimando así un acto que en realidad no controla. Napoleón se apropia del símbolo religioso para estabilizar un poder nacido de la ruptura revolucionaria. La paradoja es clara: la revolución necesita del viejo orden para consolidarse. Del mismo modo, y como se colige de la fotografía que ahora nos incumbe, una izquierda institucional debilitada necesita hoy del soporte simbólico de la monarquía para no aparecer como poder precario.

En suma, el mensaje profundo que esta imagen de Adamuz transmite es el de una izquierda históricamente republicana que busca legitimidad en la monarquía. Esto no quiere decir que Montero esté traicionando los principios del partido al que representa; más bien, pone de manifiesto que, en la actualidad, la legitimidad política no se produce: se administra visualmente. El gesto de Montero no dice «somos monárquicos», sino algo, quizás, de mayor calado: «Necesitamos todavía este símbolo porque no tenemos otro que funcione».

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