El dolor nunca debe usarse como arma
Adamuz nos dio una lección de vida, de solidaridad y de humildad. Ningún pueblo está preparado para una tragedia de esta magnitud. Esa tarde fría de enero, el escalofrío recorrió el cuerpo de sus apenas poco más de 4000 habitantes. Un tren Iryo camino de Madrid descarrila, invade el carril contiguo y choca con el Alvia que transitaba hacia Huelva. En esa colisión fallecieron 45 víctimas, 9 segundos que rompen familias, quiebran sueños y arrastrarán el dolor durante años a quienes de manera directa o por acudir en su auxilio contemplaron horribles imágenes que les acompañaran durante demasiado tiempo.
Sus vecinos fueron los primeros en llegar junto a su policía local y su alcalde, Rafa. Un hombre sencillo, honesto y buena persona que sabe el ejemplo que nos han dado sus vecinos a todas las instituciones, a los políticos y a la sociedad en su conjunto. Dieron cuanto tenían y más.
Dieron mantas, comida, calor y cariño. Abrieron sus puertas, sus casas, sus vehículos y sus manos para socorrer a quienes lo necesitaban y solo perseguían salvar vidas y ayudarlos. No sabían a quiénes acompañaban, ni de dónde venían, tan solo pretendían ofrecer su solidaridad y hacerlo de manera silenciosa y entregada.
Los vecinos de Adamuz abrieron los bares del pueblo, la farmacia, el ayuntamiento habilitó la caseta municipal y el hogar del pensionista. Y crearon el clima de colaboración y empatía que contagió a cuantas administraciones y cuerpos de emergencia se dieron cita en esta tragedia. Adamuz actuaba con dignidad y entrega y las administraciones y los gobiernos debían tomar ejemplo.
Así fue. Todos los responsables que se dirigieron a la población lo hicieron con la prudencia y el respeto que debían. No hubo ataques velados ni insinuaciones, solo la voluntad de cooperar y colaborar entre ellos. La confrontación y el ruido no se abrieron paso en esas horas cruciales, a pesar de estar inmersos en un carrusel de campañas electorales ya convocadas. Tan solo la búsqueda de trasladar información veraz y auxiliar a las víctimas fue la prioridad. Lo fácil habría sido entrar en bronca, lo difícil era respetarse y así lo hicieron.
Quienes en alguna ocasión hemos ostentado responsabilidad en momentos de catástrofe sabemos que nuestra tarea es ayudar a los profesionales de emergencias y cuerpos de seguridad y nunca estorbar.
En una tragedia lo primero es auxiliar a las víctimas y acompañarlas, después se procede a la investigación de las causas del siniestro y, al conocerlas, se pasa a la fase de responsabilidades. En caso de que las hubiese se tendría que actuar con respuestas que eviten que vuelva a suceder.
En los primeros días todo el mundo se ha volcado con las víctimas y el trabajo de los medios de comunicación también ha sido ejemplar en el trato que mayoritariamente han dado a la tragedia. Entre los políticos no había prisas por señalarse ni enzarzarse en cuitas a destiempo.
Ahora estamos en el momento de la investigación. Y por primera vez en mucho tiempo el conocimiento de las circunstancias que envuelven al trágico accidente se están conociendo a una velocidad no esperable. Eso va a contribuir, o al menos debe hacerlo, a generar seguridad en los ciudadanos respecto a nuestro sistema ferroviario. Generar también seguridad en la tripulación y los trabajadores que desarrollan su trabajo en nuestras operadoras ferroviarias y recuperar el prestigio internacional de nuestra alta velocidad.
Junto a las respuestas llegará el momento de las responsabilidades. Nunca debemos olvidar el ejemplo que Adamuz le dio a un país entero. El dolor no debe usarse como arma ni el duelo como un campo de batalla.
El comportamiento de un pequeño municipio en la puerta de Sierra Morena ha sido ejemplar y merece el reconocimiento al mérito civil por su civismo, la medalla de Andalucía o cuanto se considere por el ejercicio de patriotismo y humanidad que mostraron.
La tragedia al mismo tiempo nos exige decisiones y respuestas contundentes que ayuden a recuperar la confianza en en nuestro sistema ferroviario. Hace meses en esta tribuna me preguntaba si quizás no debíamos replantear el objetivo loable de llegar a más puntos geográficos del país y reforzar las líneas que usan el nueve de cada diez españoles, los cercanías. Y apostar decididamente por el mantenimiento y la modernización de las líneas más longevas. Hoy me ratifico aún más en ello.
Quizás sea mucho pedir, pero creo que si la política es capaz de acompañar a las víctimas, ayudar a investigar las causas, depurar responsabilidades y garantizar la seguridad del sistema ferroviario sin politizar el dolor ni enfrascarse en batallas en canalladas será el mejor reconocimiento que podemos hacer al ejemplo que nos dio un pequeño y generoso pueblo cordobés. El respeto y la humanidad es el legado que nos dejaron este fatídico 18 de enero de 2026. Actuemos como debemos, es nuestra obligación y nuestra mayor responsabilidad.